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La enfermedad de Trump o Trump como enfermedad


Trump enfermó de coronavirus. Como era de esperar. A pesar de la supuesta alta protección de que goza un jefe de Estado, y si es el del Estado más poderoso de la tierra, más aún. Pero Trump no es un jefe de Estado normal. Es más que atípico. Es disfuncional. Lo ha sido, y con exceso, durante el desarrollo de la pandemia y lo fue antes. En estos últimos días, cuando su enfermedad ha sido pública (el inicio de su infección aún no ha sido esclarecido) se ha mostrado más de lo mismo (1). Y todo indica que seguirá en esa línea. 

La enfermedad de Trump es el reverso de Trump como enfermedad del sistema político norteamericano. No es sólo la extravagancia, deshonestidad y peligrosidad de su liderazgo lo que se ha manifestado con la crisis sanitaria. La pandemia Trump ha desnudado las contradicciones de la convivencia social y política de Estados Unidos. Desde los servicios de inteligencia hasta la judicatura, pasando por cuerpos y fuerzas de seguridad, o los medios de comunicación en su papel de reflejo y encuadramiento de los comportamientos sociales, todos se han visto contaminados. Estados Unidos está enfermo de trumpismo. Algunos agentes, colaboradores necesarios; otros, victimas más o menos pasivas o complacientes. 

A cuatro semanas de las elecciones más inciertas, inquietantes y peligrosas de la era moderna, el país se ha visto sacudido por la eventualidad de una desaparición física de su líder, enfermo de un mal que se ha empeñado en negar, minimizar o despreciar. Ha desautorizado a médicos y científicos, ha puesto en duda investigaciones y datos probados, ha alentado una estúpida e inútil desobediencia civil, ha retado a la pandemia como si se tratara de un rival en un videojuego. En su absurda cruzada no ha estado solo. Lo han secundado, por acción o por omisión (silencio cómplice) políticos, jueces, policías, periodistas, abogados, militares, algún que otro médico, propagandistas y selectos dirigentes extranjeros que han practicado una forma local del trumpismo, algunos con resultado cercano a la calamidad (Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Alexander Lukashenko, Silvio Berlusconi, Jeanine Áñez, etc.) 

Trump ya está de nuevo en la Casa Blanca, no sin antes haberse desprendido de la mascarilla (que lleva en el bolsillo y la saca de vez en cuando para asegurar que se la pone “cuando la necesita”). Atiborrado de esteroides, dopado hasta el límite y poseído por la euforia que sólo tal combinado de fármacos explica, ofrece la impresión segura de volver donde solía, como si no hubiera aprendido nada de la experiencia, salvo que él es “quizás inmune” (2). Los demás, todo el personal de su staff (más de un centenar de personas), poco o nada importan. Son servidores suyos. Si él desafía al mal, sus peones están condenados a hacer lo mismo. Ahora que ha vencido al COVID-19, resulta irrelevante que lo pueda transmitir (3). En una ultra medicalizada Casa Blanca, Trump será jaleado como un héroe. La solemnización de la falsedad. 

Trump puede haber superado el virus, pero Estados Unidos se encuentra ahora más grave del 'trumpismo' que hace una semana 

Esa es la única lección personal que Trump parece dispuesto a extraer de un fin de semana sombrío: la convicción de que es un tipo providencial, único. Capaz de resolver los problemas en lo que otros fallan. De arreglar lo que lleva tanto tiempo sin funcionar. De “hacer en 47 meses más de lo que tú has hecho en 47 años, Joe”, como le dijo a su rival demócrata en el reciente debate perdulario. De reparar, en fin, esa “carnicería” que denunció en su discurso de inauguración. Trump puede haber superado el virus (asunción tan tempranera como arriesgada), pero Estados Unidos se encuentra ahora más grave del trumpismo que hace una semana. Lo ha dicho con sencillez y claridad Kristin Urquiza, la hija de un fallecido por Covid y participante en la convención demócrata: “en este momento, a lo único que debemos tener miedo es a usted, señor presidente”(4). Primera indicación: ha interrumpido las negociaciones con los demócratas sobre un nuevo paquete de estímulo económico. Confrontación dura. 

Si se confirma la recuperación del presidente de las más de veinte mil mentiras, habrá que afrontar una recta final de campaña completamente febril, con furiosos accesos de falsedades, agresividad y demagogia. Con o sin debates. Con o sin mascarilla. 

UN MANDATO POBRÍSIMO 

Dicen los analistas que el COVID-19, en todas sus facetas y ángulos, será el factor decisivo de las elecciones del 3 de noviembre. Puede ser. Pero quizás lo sea tanto o más la otra pandemia, la que genera el propio Trump, la que él ha inoculado al resto del cuerpo político y social americano. Esa enfermedad debilita profundamente la verdad hasta convertirla en irreconocible. Invierte la realidad para amoldarla no ya su discurso (carece de ello), sino a un impulso, a un capricho, o a una acumulación de caprichos. 

Trump ha conseguido muy poco o nada de lo que prometió, tanto en materia social, económica como internacional. Sus logros son muy escasos, y los pocos que pueden admitirse como tales durante estos cuatro años difícilmente pueden considerarse suyos. Esa población masculina blanca desclasada que lo votó ha recibido poco o nada de él, salvo el rancho indigesto de un racismo ramplón o la admiración impostada por el reaccionario supremacismo blanco. Pretende ahora, in extremis, reforzar la orientación conservadora en la interpretación de las leyes, incorporando al Supremo a una juez antiabortista y ferozmente tradicionalista. 

El mundo no soportará cuatro años más de Trump, decía hace poco un alto diplomático europeo 

En el exterior, ha socavado la arquitectura internacional sin poner los cimientos de una alternativa. Ha vituperado los acuerdos comerciales y alentados guerras que de nada han servido. Ha denigrado las alianzas sin resolver sus carencias. Ha reforzado a los enemigos autoritarios a base de emular sus comportamientos. Ha acelerado los riesgos de desprotección del planeta sin por ello recuperar las viejas industrias extractivas altamente contaminantes. El mundo no soportará cuatro años más de Trump, decía hace poco un alto diplomático europeo. Y Estados Unidos tendrá un presidente seriamente sospechoso de ser un delincuente fiscal, a tenor de las recientes revelaciones del New York Times (5). 

ELECCIONES: TODO SOBRE TRUMP 

Pero este año Estados Unidos no vota según balances, ya sean económicos, sociales, morales, institucionales o internacionales. De lo único que se trata es de Trump sí o Trump no. De “basta de Trump” o “más Trump”. Todo gira en torno a él: para bien o para mal. Incluso quienes pretenden o pretendemos escapar de esa lógica, nos vemos incapaces de hacerlo. Todo gira en torno a él. Incluso los resultados electorales, que él puede aceptar o no, basándose en un fraude irreal (6), lo que abriría una crisis institucional sin precedentes. 

Sus rivales políticos oficiales, los demócratas, han elegido para intentar desbancarlo a un hombre, Joe Biden, cuya mejor baza parece ser la de ser el mejor anti-Trump. Pero no por exceso, sino por defecto. Su gran virtud política es consiste en no despertar apenas recelos de parte alguna del electorado. Biden no es demasiado conservador para que no le voten los progresistas, ni es demasiado elitista para que lo rechacen aquellos que desean renovar el sistema. No se le puede considerar un activo centrista, que, en el argot de Washington, es un demócrata tibio y refractario a cambios profundos o auténticos. No concita entusiasmos pero tampoco provoca fobias. Ni es como Obama, ni como Hillary. No mancha. No eclipsa. Molesta poco y resulta muy correcto. Aburridamente correcto. Indoloro. Biden es la antítesis de todo lo que Trump representa, pero sólo en el plano formal. Un tipo demasiado corriente. Un antídoto contra la demasía. 

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