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Sanky panky crónica a ritmo de sol, mar y arena

                      

Un mundo que posee sus propias reglas y cuyo territorio es definido por ellos, si es necesario con violencia. Las playas son su segunda casa, su centro de operaciones.
En estas socializan y realizan el motivo de su existencia: la conquista de algún turista, mujeres y en menor medida hombres que han venido atraídos por el sol caribeño, las playas, el sexo fácil y la prostitución en todas sus dimensiones. 

Los sanky pankies son los encargados de proporcionalo. Es como si tuvieran incluidos en un «paquete turístico». 

Por sus rasgos exóticos y habilidades amatorias ganan el acceso a restaurantes de lujo, discotecas, casinos, habitaciones de hoteles confortables, dólares, euros, ropa, y hasta drogas, y tal vez irse del país con alguna extranjera que se haya prendada de sus encantos. 

Es común encontrarlos en toda la costa de RD, sobre todo en las zonas que poseen infraestructuras hoteleras, como Sosúa, Cabarete, Puerto Plata, Juan Dolio, Boca Chica y Las Terrenas. 

La palabra sanky panky, al igual que otras de nuestro idioma, es producto de la variación hecha a una pronunciación. Su génesis proviene de hanky, indicativo en inglés de turbio, escamoteo, manipuleo o enredo. Con el tiempo, esta acepción llegó a ser sinónimo de los “beach boys” o muchachos de la playa. 

El hanky evolucionó a sanky, como una construcción lingüística que coloca la «s» del artículo «los», como prefijo de la frase hanky pankies. Como tal, los hanky pankies se convierten en sanky pankies. 

La International Development Research Centre (IDRC), Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, es una corporación federal canadiense de la corona, en un estudio social, indica que: «Como una especie de sotto voce (voz baja) se habla de lo cuestionable y arraigada que está la filosofía de vida de este grupo poblacional, y la imagen de sexo fácil o putaísmo (amor de o oportunidad) que se ha vendido en República Dominicana». 

Los sanky pankies se convierten en gigolos y seductores, son musculosos o atléticos, bailan los ritmos afrolatinos, norteamericanos y europeos; con sus movimientos lascivos llevan a la mujer a un nivel de excitación total que reclama el contacto íntimo. 

Su psicología es «viajar», y su olfato puede distinguir a las francesas, españolas, norteamericanas, canadienses, etcétera. Es tal su visión, que hasta pueden conocer la ascendencia, descendencia u origen de las turistas. 

El «affair» con las extranjeras puede comenzar en la playa, continuar en los cafés, tabernas, pubs, discotecas y restaurantes estilo europeo. 

Con su base de supervivencia logran aprender idiomas, dialectos o frases oídas que comunican con habilidad única. 

El escenario más estrecho entre los empleados de los hoteles de las costas son las áreas de trabajo, entre las que están los departamentos de animación, alimentos y bebidas para los visitantes. 

Estos encuentros son fundamentales, porque se da una relación cercana entre hombre-turista y mujer-turista. Sin embargo, el tipo de trabajador sexual es el más «profesional», a juzgar por la manera en que lleva la relación. 

Es propiamente al que le cabe el término sanky panky, porque no se dedica a otra cosa que no sea seducir a las turistas. 

Estos actores de la playa, no se ligan sentimentalmente con la mujer, sino que ven la relación como una especie de oficio o labor cotidiana. Se empeñan en descifrar la idiosincrasia de cada mujer, para así saber cuál es la manera más certera de abordarlas bajo la poesía de sol, la arena, y como testigo el mudo mar. 

El turismo también nos ha traído el Síndrome de lnmuno Deficiencia Adquirida (SIDA) y otras enfermedades infectocontagiosas. Según estudios, alarma el contagio de esta enfermedad en Puerto Plata. 

Es terrible el hecho, pero el negocio de compra y venta de sexo sigue debido a los niveles de pobreza, provocando que la enfermedad siga su cauce en la población. 

Los sanky pankies viven un mundo de aventuras y fantasías, sueñan con una turista que lo ponga «bien». Por desgracia, el SIDA y las adicciones psicotrópicas o narco dependientes no se ven en la cara, y al despertar se encuentran con una realidad, en muchos de manera tardía.

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