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La salud debe ser un motor económico en la etapa poscoronavirus


La crisis del coronavirus, por su tremenda incidencia en la salud de la población y sus consecuencias económicas derivadas, ha puesto de manifiesto que la “buena salud” es un activo social y económico prioritario. 

Es importante que esto, evidente para los observadores del sector sanitario, sea entendido por ciudadanos y políticos. Estos últimos, hasta ahora, percibían el dinero dedicado a la atención sanitaria y de la salud como un pozo insaciable de gasto, y no como un centro de beneficio social y económico. 

La buena salud de la población no es solo una consecuencia del desarrollo: también es una causa del mismo. Por eso la atención a la salud no debe verse solo como un generador de gasto, sino como un sector de actividad que afecta a otros sectores y a la economía. 

Esta visión es una oportunidad para priorizar e implantar medidas muy reclamadas para que el sector sanitario sea más equitativo y eficiente. No solo para estar preparados ante futuras crisis, sino para la atención diaria de los ciudadanos. Así lo han puesto de relieve algunas de las comparecientes ante la Comisión de Trabajo, Sanidad y Salud del Comité de Reestructuración del Congreso de los Diputados. 

Es la primera vez en la historia en la que se ha puesto de manifiesto que la buena salud es una condición necesaria para desarrollar la economía y alcanzar la sociedad del bienestar. Ha tenido que venir una pandemia de gran magnitud la que haga ver a nuestros responsables políticos esta realidad. 
Los determinantes de la salud 

El mayor esfuerzo económico en nuestro país está dedicado a sostener un sistema sanitario del que nos sentimos orgullosos. Este representó, según los últimos datos de 2018, 109 858 millones de euros, el 9,1 % del PIB

Sin embargo, no aporta más del 20 % en la mejora de nuestra salud. 

El 80 % de los determinantes de nuestra salud corresponden a otros factores como el estilo de vida, la educación, la riqueza, la situación socioeconómica, las condiciones laborales y ambientales, la edad, el sexo y la herencia. Por ello, no basta con tener un sistema sanitario que cure las patologías agudas y crónicas de los ciudadanos. Debemos priorizar esas otras variables que inciden de una forma mayoritaria en nuestra salud. 

· Estilo de vida sana. Controlar el alcohol, el tabaco y demás drogas; llevar una dieta sana con ejercicio físico diario y relaciones humanas gratificantes. Esto aporta alrededor del 30 % de los determinantes de nuestra salud. 

· Factores socioeconómicos. Además de la renta familiar, incluimos la educación, el puesto de trabajo, el soporte familiar y social y la seguridad comunitaria. Suponen el 40 % de los determinantes de la salud. 

Es probable que la renta per cápita sea la variable más determinante de la buena salud, ya que influye indirectamente en otros factores como educación y vivienda. Así ha ocurrido en esta pandemia, en la que el ratio de infección en las familias en zonas de rentas bajas es muy superior al de aquellas con rentas altas. Además, la situación económica de los padres condiciona la de los hijos, con todas las consecuencias laborales y sociales que esto conlleva

· Las condiciones ambientales y el entorno físico, cómo la calidad del agua y del aire, tipo de vivienda y transportes, representan alrededor del 10 % de los determinantes de nuestra salud. 
La salud como impulsora de la economía y la sociedad del bienestar 

Se ha considerado el gasto en salud como un pozo incontrolable de gasto, cuando el dinero dedicado a mejorar la salud es una inversión que contribuye a activar la economía y el desarrollo de los países. Esto genera un círculo virtuoso que mejora la sociedad del bienestar a la que todos debemos aspirar. 

La economía generada por el sistema sanitario emplea a casi un millón de trabajadores, además de los sueldos generados en las empresas de tecnología, farmacéuticas y de servicios que los suministran. 

Nos centraremos ahora en la economía extrínseca que la atención de la salud genera, en sectores sin una relación directa con esta. 

En el anterior diagrama podemos ver en la parte izquierda del mismo los determinantes de la salud que ya hemos comentado. En la derecha, aquellos factores sobre los que actúan para mejorar la economía

· La mejora de la productividad de las empresas. Gracias al aumento de salarios e ingresos, inducido por la estabilidad de los puestos de trabajo y proyectos a medio y largo plazo. 

· Aumento y estabilidad de la población laboral activa. Por la disminución de las bajas laborales, permanencia en los puestos de trabajo, mejor formación de los trabajadores y horizonte de jubilación satisfactorios. 

· La educación, tanto en la niñez y juventud como en la edad laboral. Mucho más eficaz en una población sana, en la que se reduce el absentismo laboral y permite acceder a puestos de trabajo más cualificados. 

· La formación de capital. Tanto de los ciudadanos, a través de sus ahorros y consumos, cómo de las propias empresas internas y foráneas. 

La mejora de los resultados económicos que se generan a través de estos cuatro vectores retroalimentan los determinantes de la salud. Así se genera un círculo virtuoso y se muestra la salud como un predictor robusto del crecimiento económico y la mejora de nuestra sociedad del bienestar. 

A nivel macroeconómico estos resultados son mejores en aquellos países con niveles iniciales de salud más bajos y con un menor nivel de renta. A nivel microeconómico la buena salud tiene un mayor efecto sobre la productividad en los niveles salariales inferiores, por lo que el gasto público en salud contribuiría a reducir las desigualdades en renta y a aumentar la equidad social
Los cambios necesarios para mejorar nuestra salud 

Los cambios necesarios requerirán notables inversiones que habrá que extraer de otras partidas presupuestarias. Creemos que la riqueza social y económica que puede generar la buena salud de la población puede compensar ese aumento del gasto. 

Por otra parte, la mayoría de las medidas, dada su complejidad y flexibilidad, se tendrán que llevar a cabo a medio y largo plazo, lejos del cortoplacismo de las elecciones. Por ello es necesario que exista un proyecto de Estado sobre la Atención a la Salud entre todos los partidos que lo independice de ellos mismos. 

Aunque los cambios que proponemos afectan a los principales actores involucrados: políticos, gestores, profesionales y ciudadanos, nos centraremos en los cambios macro, cuya responsabilidad corresponde a los políticos. 

1. Priorizar la atención a la salud y no solo a la curación de las enfermedades. Decidir qué porcentaje del PIB dedicaremos a ello. 

2. Crear un Ministerio de Salud potente, con capacidad para poder coordinar todos los determinantes de la salud e integrar los sistemas de información en sus tres dimensiones: sanitaria, territorial y sectorial. 

3. Revisar la Ley General de Sanidad de 1986, obsoleta en muchos aspectos. Por ejemplo, en la evaluación y revisión de las transferencias sanitarias a las CCAA, los solapes, las inequidades y las ineficiencias que se puedan generar, así como la evaluación y selección de los modelos de gestión más eficientes implantados. 

4. Definir una cartera de servicios, en función de la medicina y la gestión basada en la evidencia, compatible con la sostenibilidad económica. Priorizar, en este sentido, la prevención y la salud pública. 

5. Redefinir la participación de las entidades privadas, tanto en el marco del aseguramiento como en el de la atención a la salud. 

6. Integrar niveles desde atención especializada a primaria y entorno sociosanitario. 

7. Flexibilizar la relación laboral de los profesionales sanitarios. Huir de la rigidez estatutaria actual y permitir una mayor diferenciación en función del valor aportado por cada uno a su organización. 

8. Colocar a los ciudadanos como centro del sistema de salud, como agentes activos del mismo. 

9. El nuevo modelo de atención a la salud debe incorporar las nuevas tecnologías para mejorar la prevención, diagnóstico, tratamiento, seguimiento y gestión de la salud con la persona como objetivo central del mismo. 
Conclusiones 

1. Hay que centrar los esfuerzos en mejorar los determinantes de la salud y no solo en curar la enfermedad, medidas que debe coordinar un Ministerio de Salud potente. 

2. La salud es un predictor robusto del crecimiento económico, debido al aumento del ahorro, inversión en el capital humano, participación en el mercado laboral, inversiones foráneas, aumento de la productividad y mejora de la educación a todos los niveles. 

3. Para poder utilizar el poder de la buena salud en el desarrollo económico futuro hay que tomar muchas medidas complejas, disruptivas y a largo plazo, que requerirán un pacto por la salud, desvinculado de las veleidades políticas.

 

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