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La migración de libertos a Santo Domingo en 1824


Si algo caracteriza a todas las sociedades caribeñas, es la influencia que los procesos migratorios tuvieron en la conformación de sus sociedades. Las migraciones europeas y asiáticas han concentrado la mayor parte de los esfuerzos de los estudiosos del pasado de la región; aunque también existen numerosos estudios de las migraciones intra regionales asociadas a la construcción del canal de Panamá y la expansión de las bananeras, se produjeron otras migraciones asociadas a procesos políticos que crearon interesantes situaciones de asimilación y rechazo que han llamado menos la atención de los historiadores, pero que sin duda son historias fascinantes en una región de encuentros, desencuentros y mestizajes. A raíz de la lectura de un interesante trabajo de Denis. R. Hidalgo en un seminario del doctorado de Historia del Caribe dedicado a la migración de afrodescendientes, presentamos unos comentarios de esta desconocida historia. 

En 1824, la isla de Santo Domingo acogió una numerosa inmigración de negros libertos provenientes de Norteamérica. Llegaron más de 6 mil y se designaban libres. Por aquella época, al igual que en el presente, Estados Unidos aparecía frente al mundo como un país libre que se jactaba de disfrutar leyes que promovían las libertades civiles y la inclusión social, pero sin reconocer a los afrodescendientes como ciudadanos respetables, como sucede en el presente, dos siglos después. Estos hombres y mujeres sufrían una opresión diaria que agobiaba sus vidas y en cierta manera, fueron empujados a salir del país por ser considerados elementos no deseados en una presunta sociedad igualitaria que los invitaba al retorno a África. 

Muchos aceptaron entonces la invitación de Jean Pierre Boyer para establecer asentamientos en Haití y probar con ello, que el racismo estaba equivocado y podía enfrentarse al imperialismo europeo y norteamericano, con un proyecto de nación independiente que debía empoderar a los esclavizados y libertos del Caribe para reclamar sus derechos naturales de libertad. 

Cuando en 1871 llegó la comisión científica estadounidense de la anexión, los miembros de estas comunidades mantenían en su recuerdo el proceso migratorio vivido 43 años atrás, y aún usaban la lengua inglesa. Esta migración se concentró en Puerto Plata y Santo Domingo en la parte española de la isla, pero un pequeño grupo se arraigó en Samaná, donde se concentró en torno a la labor misionera de los Wesleyanos británicos. 

Todos padecieron los mismos avatares que los dominicanos comunes, incluso pusieron su sangre en los conflictos civiles internos, aun cuando fueron objeto de discriminación religiosa y exclusión racial. En 1871, unos testimonios de los inmigrantes samanenses enfatizaron los duros tiempos que vivieron entre 1861-65 con la ocupación española, pero explicaban con orgullo cómo sus hijos hablaban y escribían en inglés, francés y español, al tiempo que se sentían una comunidad más avanzada que la nativa. El líder, Jacob James, enfatizaba en la identidad americana para diferenciarse de los otros, pero afirmando que se sentían más felices en la isla que en Estados Unidos. Era entonces una comunidad bien consciente de su historia, sus esfuerzos y su identidad. 

En realidad, fue una inmigración auspiciada por líderes negros que ofrecía una oportunidad de salida a hombres y mujeres que nunca iban a ser aceptados en un proyecto de nación blanca y excluyente. La empresa retaba el esquema de la inferioridad de que los hombres negros no podían tomar decisiones por su cuenta. Los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y España estaban entre aquellos que buscaban ignorar y debilitar a Haití, aunque los haitianos mantuvieron una terca disposición a existir como proyecto político independiente que buscaba sobrevivir y una de sus estrategias fue reclutar libertos de Estados Unidos. 

Si bien los migrantes de Samaná, instalados en el mundo rural se aglutinaron en torno a la Iglesia protestante, los que vivían en Puerto Plata no respondieron tan fácilmente al llamado de los pastores y se resistieron a aceptar una cultura que en el nuevo entorno no beneficiaba. La inserción de Puerto Plata en el mundo atlántico y su cultura cosmopólita, facilitó esa actitud. 

Esta comunidad llegada a la isla fue una anomalía. Su razón de ser vino aparentemente por motivos contradictorios. Primero, tuvo lugar gracias a la labor de organizaciones filantrópicas que tenían como objetivo ayudar a hombres y mujeres que vivían sin derechos y sometidos al cruel nacionalismo blanco protestante.
Segundo, tuvieron muchos que ver los esfuerzos de Boyer por ayudar a sus hermanos de sangre, decisión política tomada para controlar problemas internos y no enfrentar a las potencias imperiales. Tercero, se debió a la iniciativa de los inmigrantes, quienes arriesgaron sus vidas para comenzar en un país de lengua y religión distinta, que les ofrecía una oportunidad por sus destrezas sin importar el color de la piel. Para la mayoría, este fue el principal motivo para abandonar la sociedad europea–americana. 

El grupo más numeroso de estos inmigrantes se asentó cerca de ciudades como Puerto Plata, Cabo Haitiano, Santo Domingo y Puerto Príncipe y terminó dejando el trabajo en el campo para trasladarse a las ciudades. Muchos intentaron mantener su lengua y religión, pero en el mundo urbano fue complicado y la segunda generación fue absorbida por la cultura isleña, como bien dejó descrito en sus informes la expedición de la anexión.

Fuente Externa

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