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Como resultado de la pandemia, el planeta se de pura

Después de una semana de encerramiento realicé una breve incursión en la ciudad para llevar a los niños donde sus abuelos. Sentí el placer, ¿por qué no decirlo? de ver las calles desérticas, excepto por unos pocos transeúntes que transitaban cubiertos, aunque no todos, por mascarillas, pañuelos, y hasta trapos amarrados alrededor de la cara que le daban a algunos de ellos el aspecto de los forajidos que tantas veces vi de niño en películas de vaqueros.

Nadie quería que esta pandemia se abalanzara sobre nosotros ni sobre el mundo causando esa interrupción repentina en la rutina de nuestras vidas y haciendo de nuestras casas especies de prisión en las que tenemos que permanecer durante el toque de queda hasta las seis de mañana, hora a partir de la cual se nos ha venido concediendo una especie de libertad condicional que de vez en cuando violan unos cuantos arrojados que no resisten esa tentación tan irresistible que ofrece la noche.

Este domingo no ha sido tan distinto a los días previos que, en conjunto, han formado una larga cadena de días en los que el encerramiento se ha convertido en una especie de movimiento perpetuo que, a este escribidor anónimo, le ha hecho perder la noción del tiempo. En realidad no hemos tenido cuarentena ni estado de emergencia; a lo más hemos tenido una restricción nocturna de nuestra libertad de tránsito que se rompe al día siguiente cuando la circulación en las calles ha ido retornando a la normalidad antes de que el gobierno declare oficialmente, si es que lo hace, el levantamiento del estado de emergencia.

Aunque no me considero un recluso ni un misántropo, sí confieso que he desarrollado una aversión a las grandes concentraciones de personas y que existe en mi un cierto carácter vampiresco por mi amor a la noche, mi proclividad a solitarios paseos nocturnos y una cierta contemplación a la que me entrego cuando siento que la marejada humana ha desaparecido de las calles y uno se da el gusto de caminar libremente por ellas oliendo esencias y fragancias que trae la brisa nocturna liberada de tanta contaminación humana durante el día. Después de unos cuantos día de decretado el estado de emergencia, el aire, tanto de día como de noche, me parecía más limpio y el cielo más despejado; pero descarté estas sensaciones como un mero engaño de mis sentidos causado por mi tendencia a la contemplación. ¿Estará el planeta, me pregunté, haciéndose una purga, una profilaxis, aprovechando la aparición de este virus para liberarse un poco de la toxicidad y la contaminación a que lo ha sometido tan brutalmente la irrupción de la industrialización y la tecnología? No, me dije y descarté mis disquisiciones como meras elucubraciones producto del encerramiento y de la quieta contemplación a la que me he entregado al subirme a contemplar el cielo ancho y dilatado del crepúsculo en el cual las nubes inician su lento peregrinaje antes de la llegada de la noche.

Sin embargo una noticia aparecida en periódico El Diario Libre me confirmó que mi intuición no estaba tan alejada de la realidad. La noticia en cuestión decía que técnicos del Ministerio de Medio ambiente han confirmado que la ´´disminución de las operaciones industriales y comerciales ha contribuido a una mejoría en la calidad de las aguas de diversos ríos en el país´´.

----¿Cómo pude tener un atisbo de esta vaina a distancia?--- me pregunté, y continué leyendo como quien confirma una corazonada.

El siguiente párrafo decía que ´´desde que muchas empresas no están laborando se ha registrado una mejoría en la calidad de las aguas de los ríos Ozama, Isabela, Haina, Camú, Yaque del Norte, Sur y Yuna.

---¡Mierda!---Me dije--- ´´Un bicho microscópico ha logrado lo que muchos ambientalistas no han podido conseguir en años de lucha en este y en otros países.

La limpieza que había sentido en el aire fue ratificada por el párrafo que afirmaba que ´´ también ha disminuido el smog foto-químico, que es la contaminación (que ocurre) como resultado de la combinación de niebla con humo y otras partículas presentes en la atmósfera.´´

´´Entonces es verdad que el planeta se está deshaciendo de toda esa contaminación causada por la intervención brutal del hombre´´, concluí finalmente. Pensé que, en nuestra arrogancia, causada por nuestro avance tecnológico, no nos hemos visto como parte integral de la naturaleza, sino como todo lo contrario: la naturaleza, de donde viene todo lo que consumimos, ha sido vista como algo separado de nosotros, algo para ser explotado, violado y subyugado inmisericordemente.

Esta pandemia nos está enseñando cómo se acrecienta nuestra verdadera riqueza, que son nuestros recursos naturales, cuando la intervención del hombre en la naturaleza es mínima, cuando aprende, como los animales inferiores, a tomar de lo natural solamente lo que necesita para su supervivencia y a dejar el resto intacto.

No sé si hemos asimilado la revelación. De no hacerlo aceleraremos aún más la ya iniciada carrera hacia nuestra extinción como especie.

Por: Felipe Kemp

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