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De Marcha Verde a Plaza de la Bandera: un ciclo que no termina



Con la elección de Joaquín Balaguer en 1966 hemos ido construyendo una democracia que nos da como favor lo que nos toca como derecho. 

En su repertorio de los 12 años, incluyó la masacre de una parte de la juventud llena de sueños e ideales pero desprovista de amparo. La corrupción, el crimen de Estado, el asalto a las urnas,”La Banda Colorá”, militares en campaña con paños coloraos en sus bayonetas, el “gacetazo”, el fallo histórico, los 300 millonarios y los abusos de poder en un contexto de absoluta impunidad. 

Vino el cambio de 1978 con el PRD, tuvimos progreso en los derechos humanos, pero jamás los esperados por la sociedad. Una crisis económica que venía gestándose desde 1976 hizo trizas con las aspiraciones de nuestro pueblo. El PRD gobernante fue incapaz de concertar a lo interno, permitiendo el regreso de Balaguer en 1986. Ese regreso al poder del neo trujillismo provocó la frustración de la generación que estuvo en las luchas patrióticas desde el 1950, participó activamente en la Revolución de Abril de 1965, sacó presos políticos en los 70 y luchó por el regreso de los exiliados. 

Me consta que, a partir de 1986, algunos de ellos terminaron aislados, viviendo una vida privada con austeridad e hidalguía personal, pero con vergüenza generacional. 

Vinieron los triunfos de Juan Bosch en 1990 y Peña Gómez en 1994 escamoteados por la corrupción, la impunidad y el abuso de poder del balaguerismo. Vino el Pacto por la Democracia y nuevas elecciones nacionales en 1996 y con ello accede al poder Leonel Fernández y el PLD. Mas adelante, viene el interregno de Hipólito Mejía en el 2000, quien volvió a sufrir una crisis económica provocada por un fraude bancario que venía gestándose una década antes. Su intento de reelegirse en medio de la gravísima inflación, modificando la Constitución para esos fines, fue peor que un error, otro abuso de poder. 

Finalmente vuelve a la presidencia Leonel Fernández y el PLD en el 2004, quien gobierna consecutivamente su segundo y tercer mandato. Ahora bien, quien primero llamó la atención respecto a Fernández desde 1997 lo fue el sacerdote jesuita, Jorge Cela, quien lo diagnosticó: “más de lo mismo”. 

En efecto, la gestión corrupta y personalista del poder no se hizo esperar, construyendo a su alrededor un régimen de impunidad que le permitiera campear la inmensa corrupción de su gobierno. Hace una reforma constitucional con sus luces, pero con una visión caudillista respecto a su retorno al poder 4 años más tarde de su entrega. Es su propio compañero de partido, Danilo Medina, quien le detiene en su camino, y son miembros del Comité Político del PLD que le dicen al presidente Medina, “tu creaste ese monstruo, ahora te toca destruirlo”. 

Sin embargo, la corrupción y la impunidad no cejaron en los dos gobiernos de Medina. Dejando fuera de su agenda lo mas importante y urgente que espera la sociedad dominicana y el avance de nuestra democracia para concluir exitosamente el ciclo que comenzó en 1966. Ahora bien, a diferencia de Fernández, los gobiernos de Medina implementaron políticas públicas con más compromiso social que los gobiernos anteriores, mientras los agentes económicos mantenían la confianza en los mercados. No reconocerlo sería una mezquindad. 

Hoy la República Dominicana está inmersa en una crisis política que se viene acumulando desde 1966, por eso y otras razones es estructural, cultural e histórica. La situación actual de la JCE no es más que la última gota que derramó la indignación y el hastío provocando que salga a la luz esta profunda carencia y anomia institucional de varias décadas. 

Desde los Tucanos hasta Odebrecht, desde Marcha Verde hasta Plaza de la Bandera es el mismo clamor con otras consignas, el mismo hastío, la misma indignación contra un sistema que en 1966 nació viejo, obsoleto, caduco encabezado por una criatura del trujillismo. Ambos, Fernández y Medina, son igual de responsables de la crisis estructural y coyuntural que vivimos. Les tocaba a ellos, cambiar el rumbo de nuestra historia política. 

El balaguerismo, en su más descarada y sistemática versión de corrupción e impunidad, profundamente clientelista y rentista, sigue siendo el modelo de gobernar los destinos nacionales, otorgando como favor, lo que nos toca como derecho.


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