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Los cacerolazos, la censura moral de todo un pueblo

En casi todo el país, o en sus grandes centros urbanos, a excepción de las áreas rurales, siguen ocurriendo los cacerolazos, la manera en que la gente común está expresando su repudio a lo que, hasta que no se dé otra explicación, parece haber sido un intento frustrado de sabotaje electoral. Pero estas protestas revelan más. Revelan, al mismo tiempo, el cansancio de un pueblo que le está diciendo en voz alta muchos de los funcionarios de este gobierno que ya está cansado de sus trapacerías, de sus abiertas deshonestidades, y de su intento descarado de monopolizar, a como dé lugar, la política dominicana.

Una de las características de la presente administración ha sido el férreo control sobre los medios de comunicación y la persecución abierta contra todo aquellos periodistas no ortodoxos que han expuesto la falta de transparencia con la que se han ejecutado algunas de las obras de la presente administración. El control de los medios de comunicación es vital para crear las media verdades que el actual gobierno machaca diariamente a través de un bombardeo constante de anuncios en los que la presente administración gasta cifras astronómicas de dinero. Añádase a este injusto y nada equitativo intento de lavado de cerebro, la prédica diaria de los mercenarios de la palabra que practican un periodismo como forma de ascenso social y quienes, como sacerdotes desde sus púlpitos, predican como innegables los dogmas propagandísticos del gobierno.

Frente a un control tan monopolizado de la comunicación, ¿qué opción le quedaba a la gente sino buscar otros medios de expresión? Y el pueblo, apelando a su derecho constitucional a la libre expresión, empezó a abuchear a los más altos funcionarios del actual gobierno, a aquellos que se han creído hasta ahora intocables, a los degustan suculentos almuerzos acompañados de exquisitos licores y vinos con el dinero de este pueblo tan hambreado; a los que apenas trabajando, se han creído merecedores de injustos privilegios de los que no goza este pueblo que ahora los está avergonzando públicamente.

El desprecio popular empezó con abucheos esporádicos en lugares públicos a algunos de los ministros del presidente hasta escalar, formando una gran masa crítica, a los actuales cacerolazos. Esta manifestación de cólera popular, que los defensores del gobierno han querido desacreditar diciendo que está instigada por sectores opositores que ellos no han identificado, no puede verse sino como la expresión de un gran salto cualitativo en la gente, como una gran transformación de la conciencia nacional que ya ha alcanzado el límite del hartazgo al verse victimizada con tantas mentiras, dobles verdades, engaños, corruptelas de todo tipo y tratamiento preferencial a funcionarios acusados de corrupción, y a una justicia maniatada encarnada en un procurador que no es sino un muchacho de mandado del presidente de la república.

Frente a tal avalancha de repudio popular, escenificada por un pueblo actuando al unísono, uno de los trogloditas del PLD, el director del CEA, ha afirmado, en un video que está circulando en las redes sociales que los jóvenes que participan en las protestas ´´no tienen conocimiento de lo que es la política´´ y añadió, con palabras en las que puede leerse una amenaza implícita que ´´somos nosotros (los peledeístas) los que tenemos que defender a nuestro partido de la manera que sea.´´

Otro de los grandes pontífices de la ortodoxia gubernamental, Danny Alcántara, para quien ser periodista es ser portavoz de la élite política y empresarial de este país, pero no de la gente común, al enterarse de que el procurador está siendo asediado por cacerolazos constantes durante la noche advirtió, de acuerdo a lo reportado por el periódico Listín Diario ´´sobre la posibilidad de un estado de caos o de asedio a figuras del gobierno´´, el cual, según su sapientísima lectura de estas protestas, ´´es peligroso para la institucionalidad´´ del país.

Danny Alcántara utiliza la vieja falacia del temor exagerado para tratar de crear peligros que sólo existen en su mente. ¿Qué grandes peligros representan miles de gente protestando pacíficamente en el interior de sus hogares? Pero para Danny Alcántara las cucharas o cacerolas de pronto se convierten en misiles y en sofisticadas armas con la que la gente acudirá a asaltar el palacio de gobierno.

El director del CEA, por su parte, omite o no recuerda las mismas palabras de Danilo Medina quien en una ocasión dijo que el que está haciendo cosas inescrupulosas mientras está en el poder no debe alarmarse ´´cuando la sociedad lo quiere castigar´´. En esas mismas declaraciones afirmó que los países nórdicos ´´tienen un código de ética´´ que no permite que ocurran actos de corrupción por parte de funcionarios del gobierno, mientras que aquí, en República Dominicana, por el contrario ´´no hay una cultura de honestidad.´´ 

Utilizando como paradigma de transparencia a los países nórdicos, Danilo Medina dijo que en esos países cuando alguien que se ha corrompido ´´va a los lugares públicos…. La gente se para y se va´´.

Si Danilo Medina utilizó como parangón de honestidad y pulcritud a los países nórdicos; si, colegimos, alabó el desprecio público que la gente en esos países les expresa a funcionarios gubernamentales corruptos, ¿por qué el director del CEA ha de censurar, y peor aún, amenazar, a la gente que aquí les está enrostrando a algunos de los ministros del gobierno su falta de transparencia? ¿Por qué ha de salir Danny Alcántara a censurar también a la gente que desprecia a funcionarios de este gobierno sospechosos y acusados de corrupción cuando fue el mismo presidente el que dijo que aquí debemos imitar a la gente de los países nórdicos en su desprecio público a gente corrupta?

Recientemente el senador Felix Bautista fue obligado a salir de un restaurante en el que se encontraba cuando, de manera espontánea, un grupo de ciudadanos empezó a lanzarle toda clase de insultos e improperios. Felix Bautista fue absuelto en un juicio en su contra por jueces de confesada filiación peledeista. Ahora él, como muchos de sus compañeros de partido están recibiendo el peor veredicto que puede recibir un funcionario público: el desprecio abierto de casi todo un pueblo.

Justo castigo a los que se han burlado por tanto tiempo de este pueblo que ya perdió el miedo.

Por: Felipe Kemp



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