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Yaneisy Rodríguez o la inmersion en la perversidad

                       

Una vez más, cuando todavía muchos no nos hemos recobrado totalmente del espanto causado por los crímenes de Carla Massiel y Emely Peguero, el país es de nuevo sacudido por un crimen cuya perversidad es difícil de asimilar. Es uno de esos crímenes que deja un desagradable sabor amargo en el espíritu ya que la víctima es, en este caso, otra niña cuya floreciente vida fue brutalmente cercenada por dos presuntos asesinos, un adolescente y un adulto, cuya monstruosidad, de ser ellos los culpables, sólo puede ser comparada a la de las bestias más salvajes.

Los detalles del crimen, ofrecidos por los mismos acusados, no sólo sugieren la culpabilidad de ambos en la comisión de este hecho abominable, sino que causan repulsión por su vileza y malignidad. El adulto, Franklin Fernández Cruz, declaró que bajo los efectos del alcohol intentó penetrar sexualmente a la niña, en cuyo intento fracasó porque, de acuerdo a sus propias palabras, ´´no me entró´´. El adolescente, por su lado, ha confesado que condujo a la menor, fácilmente seducida por su inocencia, a la casa de Fernández Cruz y que los dos ´´abusaron sexualmente´´ de la menor ´´y luego la golpearon de forma contusa hasta provocarle la muerte´´.


De acuerdo a declaraciones ofrecidas por la Policía Nacional, el adolescente, que supuestamente participó en el horroroso crimen, está vinculado familiarmente a la niña por ser sobrino del esposo de la abuela de la menor, y tiene un proceso judicial abierto por abuso sexual contra otra menor, estudiante en una escuela de la comunidad a la que al parecer asistía el menor acusado de asesinar a Yaneisy Rodríguez. Los informes indican que el adolescente visitaba la familia de la niña, la cual no sospechaba que estaba recibiendo en su hogar a un individuo que albergaba en su interior tendencias criminales.


De confirmarse la veracidad de sus declaraciones, el menor acusado de este crimen era una bestia sedienta de sangre que esperaba satisfacer sus instintos bestiales cuando se le presentara otra oportunidad. Y esa oportunidad le llegó fácilmente cuando la madre de la menor, en un acto supremo de irresponsabilidad parental, la envió a comprar algo a un colmado cercano al hogar. La niña no trajo el cambio exacto. La madre, molesta, la reenvió a reclamarlo. Y como una bestia al acecho, uno de los criminales interceptó a la niña y la llevó, según lo declarado por él mismo a la casa donde en compañía del otro, la golpeó, la violó y posteriormente le quitó la vida.


Varias conclusiones se derivan de este horrendo crimen. Por un lado el mismo epitomiza la irresponsabilidad de miles de padres cuya negligencia y falta de adecuada supervisión pone en peligro la vida de sus hijos. Ya es un lugar común ver a niños en avenidas de alto tráfico cruzando completamente solos en bicicletas o calibrando motores sin que sus padres sepan dónde están. La ausencia, en muchos casos, de una estricta supervisión parental y la falta de un efectivo patrullaje policial crean las condiciones para que muchos menores sean abandonados a su suerte.


Este asesinato espeluznante se inserta en la lista de crímenes horrendos cometidos por sicópatas con un desprecio patológico por la vida y quienes parecen querer superarse unos a otros en su grado de perversidad. El asesinato de Emely Peguero sacudió la conciencia nacional porque su autor no tuvo el suficiente freno moral que lo disuadiera del acto monstruoso que cometió. Hace apenas unos meses unos jóvenes, después de asesinar a una joven, no satisfechos con haberle quitado la vida, procedieron a desmembrar su cadáver y luego a quemarlo. Y cuando no nos habíamos recuperado totalmente del horror causado por estos asesinatos, dos antisociales que no merecen estar entre seres humanos se lanzaron como lobos sobre una niña regodeándose, primero en su tortura y luego en el despojo vil de su vida.


Me inclino a pensar que los autores de este crimen espantoso, que reverberará por largo tiempo en muchas conciencias y espíritus, son producto de una sociedad inmersa en la perversidad, en la falta de un respeto por la vida y en un culto enfermizo a la violencia. Este crimen que ahora nos sacude a todos por la magnitud de su monstruosidad no es sino una vertiente de esa violencia que produce al feminicida, al asaltante que sin empacho despoja de su vida a alguien para robarle un celular, y al individuo que asesina impulsivamente a otro por el mero roce de su vehículo.


Este crimen que ahora enluta a una familia debería ser motivo de una seria discusión sobre la necesidad de reformar un código penal obsoleto que es demasiado benigno hacia criminales de esta laya. Si tuviéramos verdaderos legisladores, y no leguleyos politizados pensando en enriquecerse, se estuviera discutiendo ya la necesidad de introducir en la legislación de este país sino la pena de muerte por lo menos la cadena perpetua para crímenes de esta magnitud. Los asesinos de Yaneisy Rodríguez no merecerían disfrutar jamás de libertad. Deberían pasar el resto de su vida en prisión para que, tal vez, reciban el peor castigo que pueda recibir un ser humano: el torturador sentimiento de culpa al darse cuenta de la atrocidad del acto que acaban de cometer.


Escribo esta crónica hoy, enero nueve, del presente año, al final del día cuando las brumas de invierno precipitaron prematuramente la noche y cuando una triste lluvia moja las calles de la ciudad. Y se me ocurre que el sonido tenue de esa lluvia es una especie de réquiem por el alma inocente de Yaneisy, quien, espero, esté en esa región divina donde pueda recibir la protección que no tienen muchos menores en esta selva llena de depredarores.



Por: Felipe Kemp 




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