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La campaña política como espectaculo

La camioneta apareció súbitamente lanzando al aire un potentísimo ruido que se esparció por casi toda la avenida como una tormentosa fuerza demoníaca. Tras ella aparecieron otros vehículos que formaban una estridente caravana compuesta por hombres, mujeres y niños que se desplazaban a pie por la avenida bailando y tongoneándose al son de una música que brotaba de una enorme bocina, de la cual surgía un coro pregrabado que repetía rítmicamente el nombre de uno de los aspirantes a la alcaldía de Puerto Plata:
´´Roquelito´´….´´Roquelito´´…´´Roquelito.

La avenida se llenó de pronto de gente que caminaba agitando banderines blancos. La música era tan ensordecedora que uno podía sentir las vibraciones de la bocina en el pecho. Contemplando el espectáculo desde un colmado en la avenida Imbert Barreras, tuve que cubrirme los oídos para aminorar un poco el impacto de aquel ruido insufrible. Al verme, una de las integrantes de la caravana me hizo un gesto desdeñoso y burlón. Cuando la mayoría de los carros habían avanzado aparecieron entonces varios jóvenes caminando sobre zancos y de pronto tuve la impresión de que contemplaba un espectáculo de circo.

Mientras observaba aquel desfile populachero y de mal gusto recordé una vez más que las campañas políticas en nuestro país son, en esencia, un espectáculo que a veces se acerca mucho a la payasería. Las campañas políticas, tradicionalmente, no han sido una invitación al debate de los problemas que nos agobian como nación, ni de sus posibles soluciones, sino una invitación a la fiesta y a la bullanguería estridente, ya que los dominicanos sino habremos inventado el ruido, sí podemos contarnos entre sus mejores cultores. Y los políticos, que saben que el dominicano es bullanguero y festivo le dan lo que quieren.

Como el ser humano no es una criatura completamente racional sino también emotiva, los políticos dominicanos tratan de llegar más a las emociones de los posibles electores y no tanto a sus cerebros. Sería muy aburrido para un pueblo con un espíritu tan festivo como el nuestro ver a dos, tres o más candidatos enfrascados en una sesuda discusión ofreciendo argumentos para defender sus posiciones. Es por eso que en las campañas políticas en este país, a diferencia de otros, los candidatos no participan en debates televisivos. El mismo Danilo Medina le confesó a Alicia Ortega que en la anterior campaña en la que fue como candidato de su partido sus asesores le aconsejaron que no participara en un debate público con otro candidato. De ahí que las campañas políticas en nuestro país ofrezcan poca sustancia y mucho de banalidad.

En la antigua Grecia se esperaba que casi todo ciudadano ocupara una posición pública. Por eso la educación antigua incluía, entre otras materias, un riguroso entrenamiento en oratoria: el orador debía tener el suficiente poder de persuasión para convencer a su auditorio de sus argumentos. En un libro ya clásico en el canon occidental, La Retórica, Aristóteles habla de la retórica política como un tipo de oratoria que ve hacia adelante y no hacia atrás: el orador político debe diagnosticar con precisión los males del presente para decir cómo los solucionará en el futuro.

Lo que ha prevalecido hasta ahora, en cambio, es una ausencia de propuestas y mucha bufonería. De ahí que Gonzalo Castillo, que no ha articulado hasta ahora una sola idea que valga la pena, aparezca en camisa playera, pantalones cortos y zapatos deportivos cantando frente a un micrófono. Y, recientemente, acompañado de un grupo de mujeres en rolos. Consciente de sus limitaciones como orador y de su desconocimiento de cosas esenciales relativas al funcionamiento del estado trata de compensar su ineptitud con afirmaciones totalmente carentes de lógicas como la siguiente: ´´para hablar mucho, hay que hacer poco. Yo prefiero hablar poco y hacer mucho.´´

De nuestro lado, aquí en Puerto Plata, los dos principales contendores a la alcaldía, Roquelito García y Walter Musa esperan seducir a los electores con el reconocimiento de sus nombres, con llenar las calles de un ruido infernal, y con desplegar caravanas. Se esperaba que ambos candidatos participaran en un acto al que fue invitado el director de Participación Ciudadana y que hubiera sido un foro adecuado para que los dos articularan sus propuestas y programas de gobernabilidad municipal. Pero ambos brillaron por su ausencia y tal vez conscientes de su inhabilidad para articular una verdadera visión de ciudad ofrecieron excusas poco convincentes. No han explicado todavía cómo van a solucionar problemas apremiantes como el desorden del tráfico vehicular, la falta de señalización de calles y avenidas, la necesaria limpieza de una ciudad con áreas que lucen como estercoleros, la defensa de los espacios públicos y otros problemas que merecen una seria atención.

Un editorial aparecido en el periódico digital Acento. Com cita a la Conferencia del Episcopado Dominicano que, consciente de la teatralidad insulsa que tradicionalmente ha caracterizado las campañas políticas aquí ha dicho, y con sobrada razón, que ´´los votantes deben escoger las propuestas de los aspirantes a posiciones electivas y no las caras de los aspirantes.´´

Y eso resume, en esencia, la estrategia de algunos candidatos a puestos públicos tanto a nivel nacional como local: en el predominio de la imagen y no en la articulación de sólidos argumentos; en desplegar sus rostros en caravanas en las que la gente alza banderines con la imagen de los candidatos, o en costosas vallas financiadas con el dinero de los contribuyentes; en llenar las calles de un ruido infernal; y ,tal vez, en agenciarse lealtades con prebendas, y promesas que en la mayoría de los casos no se cumplirán.

Quien no quiera dar la cara y exponerse al escrutinio público no debería incursionar en el campo de la política. Porque en política el pueblo es el empleador y ese empleador merece ser convencido con argumentos, transparencia y explicaciones y no con espectáculos populacheros como los que hasta ahora hemos visto.

Por: Felipe Kemp

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