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Irán: el vértigo de la venganza



JUAN ANTONIO SACALUGA

Desde que el pasado 3 de enero Estados Unidos asesinara Qassem Soleimani, el líder militar iraní más emblemático, se hacen todo tipo de especulaciones sobre la respuesta de los ayatollahs. No tardó mucho en confirmarse lo que casi todo el mundo esperaba: Teherán anunció que dejará de someterse al acuerdo internacional sobre el uso de la energía nuclear. De hecho, tras la ruptura norteamericana, los iraníes habían incumplido provisiones menores del pacto. El Plan amplio y conjunto de Acción (JCPOA, por sus siglas en inglés) era ya casi papel mojado; hoy es historia. Este miércoles, misiles balísticos iraníes impactaron en dos bases norteamericanas en Irak, sin que, se sepan los efectos personales. 

EL FUTURO DE IRAK 

Precisamente desde el lado iraquí resulta muy relevante la decisión del Parlamento nacional de demandar la retirada de las fuerzas militares norteamericanas. Conviene señalar, no obstante, que en la votación no estuvieron presentes los diputados kurdos y muchos sunníes. La mayoría parlamentaria está formada por fuerzas chiíes que se han venido resistiendo a la presencia de Estados Unidos en Irak desde 2003: son partidos creados a partir de milicias y sectores del chiismo inspirados, organizados, financiados y armados por Irán. 

Irán ha ganado la batalla de Irak y lo mejor que puede hacer Estados Unidos es admitirlo y retirarse, cuanto antes mejor 

El consultor del Instituto de Washington para el Cercano Oriente Michael Knights, con tres lustros de experiencia en Irak, considera que Washington debe mantenerse firme en la consecución de tres objetivos fundamentales en aquel país: garantizar su soberanía frente a amenazas exteriores, asegurar su estabilidad y afianzar la democracia (1) La académica de Harvard y antigua consejera de G.W. Bush, Megan O’Sullivan, propone que EE.UU. renueve su compromiso con Iraq y, entre otras cosas, comparta con ese país sus redes de inteligencia, como paso para la restauración de la confianza (2). 

Disiente de este optimismo otro analista con amplia experiencia en la zona, Steven Cook (miembro de la administración Obama, ahora consultor senior en el influyente Consejo de Relaciones exteriores). En su opinión, Irán ha ganado la batalla de Irak y lo mejor que puede hacer Estados Unidos es admitirlo y retirarse, cuanto antes mejor (3). 

ESCENARIOS DE LA ESCALADA 

Aparte de estas contingencias previstas (acuerdo nuclear, Irak y ataques limitados), se multiplican análisis sobre la espiral de las represalias. Los expertos contemplan un abanico desde el optimismo voluntarista al pesimismo extremo, según una graduación de la gravedad, que he condensado así: 

- Grado 0: el martirio de Soleimani no sería antesala de la catástrofe sino un aliciente para reconducir las negociaciones bilaterales entre Washington y Teherán, con el apoyo instrumental de países muleta o intermediarios (Suiza, Orán). Es una tesis defendida por el director del Instituto de Washington para el Cercano Oriente, Robert Satloff (4), quien cita el antecedente del derribo accidental de un avión civil iraní de pasajeros en 1988 por un misil norteamericano; aquella tragedia no provocó represalias del régimen islámico, enfangado en una guerra de desgaste con Irak, sino el inicio de una negociación para concluir el conflicto. El tiempo es muy distinto, pero el riesgo de conflagración regional es tan amplio que puede servir de acicate para replantear el actual clima de tensión, sostiene la investigadora del Centro para el Progreso americano, Kelly Magsamen (5). Dennis Ross, veterano negociador de los planes de paz en la región, propone involucrar a Rusia y China para contener a Irán (6). 

- Grado 1: Irán responde con acciones de baja intensidad (ciberataques), o como las de este miércoles, que pueden o no provocar respuestas proporcionales de Estados Unidos. Sería una réplica de lo ocurrido la pasada primavera; es decir, boicot de petroleros en el Golfo Pérsico o en instalaciones energéticas de Arabia Saudí y otras monarquías de la zona aliadas de EE.UU. El Pentágono podría responder con ataques limitados a instalaciones militares iraníes. 

- Grado 2: Irán se cobra sangre en sus represalias. De forma directa o mediante sus proxys (colaboradores) regionales, ataca bases militares y objetivos civiles de Estados Unidos o de sus aliados (Israel, Arabia, etc). Es un menú amplio que desgranan casi todos los analistas aquí citados. Ilan Goldenberg, director del programa para Oriente Medio del Centro para una Nueva Seguridad Americana, publicó hace semanas cómo sería una guerra entre Estados Unidos e Irán, y ahora ha intentado describir los rasgos de una escalada (7). 

- Grado 3: como parte de la anterior secuencia, pero con intensidad desestabilizadora mayor, el propio Goldenberg, Knights y otros plantean un eventual atentado terrorista en el interior de Estados Unidos o contra una personalidad de rango similar a Soleimani. Washington elevaría el nivel de respuesta y sería difícil mantener el control. Pero varios expertos admiten que Irán no ha demostrado mucha pericia precisamente en acciones fuera de Oriente Medio. 

- Grado 4: resolución de la escalada en una guerra abierta, más o menos convencional, con implicación del resto de actores regionales e incierto y muy peligroso resultado. 

LO QUE CONVENDRÍA A IRÁN 

El régimen puede alentar la cólera popular (Soleimani era un dirigente admirado, no así otros), para aplacar el actual clima de malestar social por las duras condiciones de vida. Esta desviación de la protesta hacia el enemigo externo, que no ha sido posible con la culpabilización de las sanciones, podría resultar factible en este caso 

Más allá de estos war games, resulta más útil razonar sobre lo conveniente para ambas partes. Una de las principales especialistas occidentales en Irán, Suzanne Maloney, de la Brookings Institution, considera que la respuesta iraní no será “ciega ni impulsiva”(8). Se basa en la experiencia de la conducta exhibida por los dirigentes de la República Islámica, para señalar que, en ocasiones anteriores, ante situaciones similares, Teherán se ha demorado “meses o incluso años” en responder. Esta tesis es respaldada por Michael Knights. A su juicio, habrá venganza, porque el asesinato de Soleimani es una afrenta “personal” para el Guía Supremo Jamenei, pero no será rápida ni arriesgada, porque es superior el deseo de preservar la República Islámica, que peligraría con una escalada militar (9). 

Entretanto, el régimen puede alentar la cólera popular (Soleimani era un dirigente admirado, no así otros), para aplacar el actual clima de malestar social por las duras condiciones de vida. Esta desviación de la protesta hacia el enemigo externo, que no ha sido posible con la culpabilización de las sanciones, podría resultar factible en este caso. En este enfoque profundiza Daniel Byman, vicedecano de la escuela de estudios internacionales de la Universidad de Georgetown (10). No obstante, Maloney cita una reciente encuesta sobre la temperatura social en Irán poco favorable para el régimen: más de la mitad de los ciudadanos desean continuar manifestándose, dos terceras partes no tienen intención de votar en las elecciones parlamentarias del mes que viene y ocho de cada diez se declaran insatisfechos con las condiciones de vida en el país. 

Byman, Knights y Maloney coinciden en otro argumento que anticipa una reacción prudente de Teherán: los ayatollahs han admitido su “debilidad militar frente a Estados Unidos” y tienen asumido que “sólo perderían, en caso de una confrontación abierta”. Sería más inteligente no exponer una fortaleza que ha costado tanto tiempo edificar. Al Qods, la unidad de élite que lideraba Soleimani, cuenta con una fuerza de entre diez y veinte mil hombres muy bien instruidos y armados. El nuevo jefe, Ismail Qaani, no es un amateur (11). 

EL RIESGO TRUMP 

En otro tiempo Estados Unidos sería más previsible. Ahora, no. El riesgo no consiste en domesticar una reacción vengativa de la otra parte, sino en frenar a la propia Casa Blanca. Cada día resulta más evidente que el asesinato de Soleimani era, por así decirlo, innecesario. Ni respondía a una necesidad de seguridad, ni se evaluaron de forma sensata la opciones de riesgo/oportunidad. Trump actuó de nuevo guiado por sus impulsos, escocido como estaba por los reproches de indecisión cuando abortó a última hora una acción militar que él mismo había aprobado horas antes, en respuesta al derribo de un dron norteamericano. Otra motivación en la liquidación del dirigente iraní puede haber sido la neutralización de la atención pública sobre el impeachment. 

La confusión que reina estos días en Washington abona esta impresión. Se filtra un documento en el que se anuncia la retirada militar completa de Irak después de la decisión del Parlamento iraquí y luego el jefe del Pentágono lo desmienta aludiendo que se trataba de un borrador. Trump asegura que entre los 52 objetivos seleccionados para ataques, en caso de que haya represalias iraníes, se encuentran centros culturales, lo que provoca un comprensible revuelo que obliga al Secretario de Defensa a desmentirlo. Todos los expertos citados en este análisis coinciden en que la actual administración carece de una estrategia coherente sobre Irán, porque el Number One no encaja en esas complejidades. 

El director de Investigaciones del Instituto Brookings, Michael O’Hanlon, pergeña un mapa de prioridades para Washington a corto, medio y largo plazo. Lo inmediato sería reforzar la seguridad en instalaciones civiles y militares. Finalmente, propone una estrategia a largo plazo para negociar con Irán, basada en la siguiente secuencia: ofertar el levantamiento de las sanciones si las restricciones del programa nuclear se convierten en definitivas y no en temporales; un pacto de no agresión con Israel; renuncia al programa de misiles balísticos intercontinentales; diálogo sobre los distintos conflictos actuales en Oriente Medio (12).

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