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Reflexiones de fin de año

Tengo sentimientos contradictorios sobre la navidad. Me gusta el cambio de atmósfera, y no sólo la atmósfera en el sentido denotativo de la palabra, es decir, la brisa que trae alivio a las altas temperaturas de verano, sino también el cambio en la atmósfera general de la ciudad, con sus decoraciones en parques y casas y con un cierto ambiente de camaradería que trae esta época del año.

Pero como el adulto de hoy es producto del niño que una vez fue, la navidad tiene para mí un cierto dejo de melancolía y tristeza que subyace allí, agazapado en mi subconsciente al recordar las muchas navidades solitarias que pasé en mi niñez desposeída y a veces hambrienta durante la cual no conocí nunca lo que fue una cena de navidad y que fue un período marcado por ciertas penurias económicas cuya memoria todavía está en mí. Ya he hecho referencia en otro lugar a aquella nochebuena que pasé solo en el palco del ya desaparecido Cine Rex en mi natal Puerto Plata viendo a un joven Robert Mitchun protagonizar ´´La hija de Ryan´´, y como la sucesión de imágenes en la pantalla, me sometió a una especie de trance hipnótico que suprimió en mí el hambre y la consciencia del mundo exterior. Cuando salí de la sala de cine sentí que había despertado de un sueño y durante varios segundos contemplé las calles solitarias de la ciudad experimentando una agudeza de los sentidos que sólo producen en mi las películas que me sacuden intensamente.

Es por eso que recibo siempre las navidades con un cierto dejo de tristeza. Porque pienso en el derroche excesivo de una clase política que ha usado los recursos del gobierno para su propio enriquecimiento excesivo, y en las migajas miserables de las cajas navideñas que les lanzarán a los pobres como mera propaganda política con la cual intentarán granjearse votos. Pienso que el humilde origen del Cristo se contrapone con el despliegue humillante de riquezas que ostenta la elite insaciable de poder que controla este país, mientras miles de desposeídos sufrirán no sólo hambre, sino también enfermedad y miseria.

Preferiría pasar este período en un lugar bastante alejado del ruido, del bacanal y la fanfarria que trae esta época del año. Porque para muchos no será éste un período de tranquila reflexión sobre lo que significó la vida de un hombre que cambió el curso de la historia de la humanidad. Tampoco la quieta celebración en familia conversando sobre los temas trascendentes que atañen al país y a la humanidad. Será, en cambio, un período de excesos gastronómicos, de ruido insoportable, de maratones de alcohol con los que muchos pretenderán olvidar las frustraciones que resultan de vivir en un estado cuasi totalitario subyugado por un clan político depredador y corrupto.

En realidad tenemos poco que celebrar como nación. La llamada revolución educativa ha sido un verdadero fiasco, como lo indican los resultados de la prueba PISA. El costo de la canasta familiar ha subido a niveles inalcanzables para muchas familias, a pesar de las mal llamadas ´´visitas sorpresas´´. Nos hemos convertido en un país extremadamente violento y peligroso, no sólo por los robos en plena luz del día y a cualquier hora, sino por la frenética y alocada manera de conducir que año tras año ha venido arrojando más de dos mil muertos al año en accidentes automovilísticos, como si en cada conductor existiera un instinto suicida que lo lleva a la autodestrucción. Los feminicidios son ya una epidemia, otra vertiente de ese carácter violento que caracteriza al dominicano común, que de inmediato quiere resolver cualquier disputa con un pistoletazo o con una puñalada. Estos y otros hechos y estadísticas que cualquier observador de la escena nacional conoce nos convierten en una sociedad patológica y enfermiza.

Los hechos anteriores invitarían a que cada dominicano reflexione en lo que nos hemos convertido como nación. Las estadísticas de muerte por violencia, los frecuentes actos de corrupción, la justicia comprada y amañada, el sicariato y otros males que nos arropan indican que como país nos acercamos a la autodestrucción. Y la respuesta de muchos en esta navidad y el resto del año será mirar hacia el otro lado, negar la existencia de todos estos problemas y remojarlos en alcohol y glotonería.

Mi forma de sociabilidad excluye toda forma de estridencia. Por eso, dada la proclividad del dominicano común al ruido y al escándalo, quiero alejarme en estos días de las calles que arderán con las bocinas llameantes de música a un volumen ensordecedor, y refugiado en un lugar tranquilo y bien iluminado refrescarme en el poder terapéutico del silencio y la quieta contemplación.

Pienso que es la mejor manera de hacerle honor a la memoria del Cristo y lo que significó su esfuerzo revolucionario de cambiar un sistema de inequitativo y opresor.

Por: Felipe Kemp

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