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Crónica de una noche buena


Me interné desde temprano en el vientre a bestia, en el torbellino citadino en plena efervescencia en este veinticuatro de diciembre en el que el ambiente navideño estuvo, en general, un poco de capa caída. La ciudad, de ordinario inmersa en el caos, estuvo hoy aún más presa del desorden que la caracteriza, con sus calles convertidas en remolinos de automóviles en desenfrenada carrera desde las primeras horas de la mañana. En la tarde me dirigí a comprar una botella de vino al supermercado José Luis. Al llegar, en el interior del supermercado se apelotonaba desesperadamente la gente comprando los ingredientes, supongo, de la cena de navidad y me di cuenta que esperaría paralizado en una larga fila para pagar una sola mercancía mientras delante de mí habría gente con carritos abarrotados de cosas que me dilatarían demasiado. Entonces me di la vuelta y salí. 

Cuando sacaba mi carro del área de estacionamiento se paró frente a mí un enorme autobús de pasajeros y me di cuenta que si avanzaba podía chocar con él. Entonces decidí dar reversa para cederle el paso. En eso estaba cuando al mirar por el espejo retrovisor descubro que casi topo a un individuo que cruzaba detrás de mí. El hombre-hombros anchos, piel canela, vientre protuberante- me lanzó una mirada amenazadora y fijó en mi sus ojos llameantes de ira. (En este país un accidente no se ve nunca como tal, sino como un acto premeditado con la deliberada intención de agredir al otro). Por unos segundos me sentí amenazado. Por suerte, el individuo siguió su camino y yo pude proseguir el mío. 


Regresé a casa de mi suegra donde cenaría con mi familia. La tarde todavía clareaba con un sol opaco y en algunas esquinas, sobre mesas embarradas con grasa de cerdo asado, con el polvo de los carros que pasaban cubriendo la carne, y largo cuchillo a un lado para cortar los trozos, se veía al tradicional vendedor de carne de cerdo, esperando a clientes que pasaban a comprarle el ingrediente que esa noche estaría en casi todas las mesas en las que se serviría la cena navideña. Al ver la carne de la que tanto gusta la gente aquí, vi al mismo tiempo las gastritis, las indigestiones, los taponamientos de colon, las posibles diarreas, las peritonitis y otras enfermedades que puede producir el consumo de ésta y otras carnes. 

Sentado en el colmado Irvis, en el barrio Montemar, contemplaba la caída de la tarde. Por las ramas de un frondoso árbol frente se colaba un sol cálido que dilataba la llegada de la noche que, no tenía prisa en llegar Parados en una de las esquinas frente a mí, con la arrogancia típica del nuevo chulo caribeño, dos ninis se pavoneaban orgullosamente lanzando al aire el humo de sus hookas. A pesar de la agitación que se sentía en toda la ciudad, con el desplazamiento febril de automovilistas y pasoleros, había una melancólica atmósfera de desgano. 

Regresé a casa con mi familia y después de vestirnos regresamos a cenar en la noche a la casa de mi suegra. Reinaba en la ciudad ese silencio tan refrescante que se produce cuando de las calles desparecen las turbas que a diario se agolpan en ellas acortando el espacio y dificultando la circulación. Subí por la Eugenio Kunhard y la sentí libre del hormiguero despreciable de la los martes y los miércoles cuando se crea el taponamiento del insufrible mercado de la Pulga que dos días a la semana hace casi imposible la circulación de vehículos en esta parte de la ciudad. Sentí deseos de caminar a paso suelto por esas calles ahora vacías, y aspirar el aire limpio de la noche, libre ya de la estridencia de bocinas producidas por los conductores rudos que todos los días, y especialmente los martes y los miércoles, crean el insufrible hormiguero humano en esta área de la ciudad. Nada más refrescante que un paseo solitario a esa hora de la noche cuando ha desparecido de la ciudad la hojarasca que todos los días la puebla. Pero tenía que cumplir con obligaciones familiares. 

Al llegar a casa de mi suegra en el barrio Montemar pensaba en la recepción estridente que me darían los bullosos del barrio con el volumen intolerable de su música. Pero la noche transcurrió tranquila. Los bullangueros, que no conciben otra forma de entretenimiento que el producido por la música que brota de una gigantesca bocina, parecían haberse tomado una tregua. Producida tal vez por el decaimiento general que existe en la mayoría de la gente en el país. Tal vez por la falta de dinero. 

Desde la loma Isabel de Torres descendía una brisa refrescante. Compartiendo con familiares y amigos, pensé en mi relativa buena fortuna y, al mismo tiempo, en los miles de estómagos hambrientos a los que no llegó el extraordinario crecimiento económico sobre el que tanto cacarea, entre otros, el gobernador del Banco Central. Por supuesto, su fortuna crece cada día más mientras en el resto del país muchos dominicanos se fueron a la cama sin cenar.

Por: Felipe Kemp

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