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Chile y la revolución de los necesitados



Decía Victor Hugo que “las revoluciones no nacen del azar, sino de la necesidad”, y su apreciación no podría ser más contemporánea. De este a oeste, de norte a sur, las mismas marchas, las mismas hogueras, las mismas barricadas, los mismos rencores y la misma represión policial alimentan revoluciones alumbradas por la pura necesidad y por la desconfianza hacia sistemas cuyas fallas son ensanchadas por una gestión política al servicio de unos pocos. 

Uniformados por las mismas máscaras -Dalí, Guy Fawkes de V de Vendetta-, los chilenos son indistinguibles de los catalanes o los hongkoneses. La globalización en la que vivimos replica movimientos sociales que ven reflejados en otros sus propios descontentos, con las mismas tácticas, casi los mismos lemas –Las ideas están a prueba de balas, reza una pancarta que se puede ver en las calles de Santiago y también en las de Hong Kong- y la misma desesperada y estéril respuesta armada que suele traducirse en muertes. 

Cada víctima mortal será seguida de un funeral que se transformará en una nueva expresión de ira social aún más rabiosa, más desesperada que la anterior, sobre la que volverán a llover balas para dispersar el tumulto. En Oriente Próximo, en 2011, lo llamábamos la estrategia del manual del dictador idiota porque la represión sobre los manifestantes equivalía a apagar fuego con gasolina. La no negociación, la inflexibilidad hacia las demandas legítimas, es una apuesta segura para provocar un conflicto civil, propiciar un golpe de Estado -la mano dura que tantos añoran en estos tiempos desmemoriados- o al menos conatos de violencia que lastran la economía y recortan un poco más los derechos y libertades. Pero de las dictaduras árabes no cabía esperar mucho más: lo que sorprende es que Estados de derecho se escuden en las mismas tácticas para tratar de desactivar un descontento cargado de razones. 

Chile se precipita a los abismos con 20 muertes y 2.500 personas heridas en casi 20 días de enfrentamientos urbanos, cada vez más enconados y con una creciente impunidad entre quienes ejercen la violencia, sin y sobre todo con uniforme. Las denuncias de violaciones, de torturas y otros flagrantes abusos de Derechos Humanos no evitan que sus dirigentes se enroquen: lo hizo el presidente Sebastián Piñera cuando consideró que las demandas sociales constituían un mero problema de desorden público y sacó a los militares a la calle por primera vez desde la dictadura militar. Cuando quiso rectificar -anunció ayudas sociales y modificó su equipo de ministros- ya era tarde, porque los chilenos no se lo creen. Demasiados años escuchando promesas vanas y demasiada desigualdad social. Y él lo sabe. “Es verdad que los problemas no se han producido en los últimos días. Se venían acumulando hacía décadas. Es verdad también que los distintos gobiernos no fueron y no fuimos capaces de reconocer esta situación en toda su magnitud”, reconoció. 

Según las últimas encuestas, su popularidad ha descendido a apenas un 14%. Lo más preocupante es que el resto de formaciones políticas chilenas tienen índices muy similares: la decepción hacia la clase política es el gran detonante de las protestas, porque la población intuye que la oposición rentabiliza electoralmente su descontento para, una vez en el poder, incidir en los desaciertos políticos para satisfacer sus propios intereses. La maquinaria ya no está al servicio de todos, o al menos esa es la percepción de cada vez más poblaciones. Lo demuestra la encuesta Auditoría a la Democracia publicada en 2016 por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, según la cual solo un 12% de los chilenos considera que la democracia funciona bien o muy bien, la cifra más baja desde 2008: el 46% considera que funciona regular y un 40% mal o muy mal. El informe señala que en solo ocho años, el número de ciudadanos que no se identifican con los partidos de izquierda, centro o derecha ha pasado del 34% al 68%. Un 83% no se siente identificado con ninguna formación, una cifra que en 2008 ya se situaba en el 53% de los ciudadanos. 

La decepción, la desafección, los abusos políticos, la desigualdad y la sensación de ser usados es el verdadero motor de las protestas. Ocurre en el Líbano, donde las manifestaciones persisten pese a haber logrado la dimisión del primer ministro Saad Hariri porque los libaneses saben que están siendo engañados: Hariri sigue en funciones y el presidente Michael Aoun ni siquiera ha convocado aún a los partidos para estudiar quién podría sustituirle en el cargo, una típica jugada política libanesa para ganar tiempo y aguardar a que la extenuación o el aburrimiento vacíe las calles. En Iraq, ni los 266 muertos y 12.000 heridos ni las promesas políticas han desactivado las marchas masivas en las principales ciudades que exigen democracia, servicios públicos decentes y una investigación de todos los políticos corruptos -cabría decir, de todos los políticos iraquíes- que llevan saqueando el país desde la caída de la dictadura, en 2003. 

La cuestión de fondo es la creciente sensación de orfandad de sociedades democráticas que han dejado de sentirse representadas por dirigentes sumisos a un orden económico o geopolítico que no responde a las necesidades de sus votantes, sino a sus deudas con el poder y a su ilimitada ambición. Pueblos insatisfechos, hartos de ser tutelados, negados, ignorados y engañados por una clase política que no privilegia la visión del Estado ni la mejora de las condiciones de vida. 

En Chile, como en Líbano o Iraq, la población toma las calles porque las urnas han dejado de ser un canal válido para expresar sus demandas, dado que la alternativa política no implica soluciones para sus problemas. En medio mundo los manifestantes exigen medidas que frenen el cambio climático tras constatar que la visión cortoplacista de sus ambiciosos dirigentes no contempla más allá de sus pocos años en el poder. El desarrollo económico que promete el sistema solo repercute en la minoría de siempre, la misma que se reparte el poder. Estas son revoluciones de descontentos, que han descubierto que su verdadero poder no está en las urnas, sino en las calles. 





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