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¿Y después de las primarias, qué?



El 6 de octubre del año 2019 será recordado más por sus sombras que por sus luces. El poder venció y se impuso, sin ánimos de enarbolar bajo ninguna circunstancia aquella famosa frase del presidente de la República luego de sufrir los embates que emanaban del control absoluto de Leonel Fernández para imponerse en las primarias celebradas en el 2007. Luego de 12 años, algunos espíritus del pasado que fueron condenados en su momento, vuelven a apoderarse de la opinión pública y publicada en nuestro país; con eventos similares pero esta vez con una víctima distinta. 

Conocer que el proceso de primarias simultáneas iba a ser organizado y administrado por la Junta Central Electoral significó un aliento para algunos y un miedo aterrador para otros. El nivel de abstención por parte de los ciudadanos habilitados para comparecer a votar el 6 de octubre dentro de las tantas aristas y lecturas que podamos darle, revela una cuestión que lleva arrastrando a los dominicanos desde hace ya varias décadas en los procesos electorales: desconfianza. 

La gente ya no cree en las instituciones. Los precedentes funestos en la historia denotan una realidad que todos sabemos y a veces tememos en pronunciar: crisis institucional. En ocasiones las personas suelen pensar que solo pueden constituirse una crisis ante un conflicto nacional o internacional que afecte los principales ejes fundamentales del Estado: Político, social, económico o cultural. Sin embargo, la carencia de instituciones que puedan dar respuesta y garanticen los derechos de la gente es, sin lugar a dudas, una retranca al progreso y desarrollo integral de los dominicanos. 

El cambio de método de votación para instaurar el voto automatizado en un lapso tan breve solo produjo descontento, intrigas y desorden. Todos fuimos afectados de un proceso novedoso que perjudicó generalmente a aquellas personas que tienen poco contacto con dispositivos electrónicos. La constante e infame estrategia del PLD prevaleció, desde las artimañas para engañar a la gente diciéndoles que solo era posible votar por un partido, lo cual concitó una indignación generalizada hasta la manipulación de los resultados expuestos, muchos que no coinciden con el total de los votos inscritos en las mesas. 

Una especie de gatopardismo sentó las bases de un laboratorio electoral que nos intima a mirar con inquietud los próximos torneos celebrados por la JCE: “debemos cambiarlo todo, para que todo siga igual”. Los ciudadanos, los que en especial procuran un cambio real y sistémico, sobretodo la oposición, debe aunar todos los esfuerzos para no caer una vez más en el laberinto con el minotauro, un minotauro que ha embargado el futuro y proyecto de vida de una generación y amenaza en hacerlo con las futuras. 

Hoy comienza una nueva batalla por el sentido: la que para algunos representa una relegitimación y una vía para no caer en las garras de la extinción, para otros que con grandes lastres pretenden perpetuar un sórdido proyecto de nación que no puede sustentarse y, finalmente, para los que entendemos que es necesario una nueva concertación social, un nuevo pacto que sustituya uno que se terminó de romper con la consagración del Peledeísmo. Está prohibido olvidar los males del pasado, no podemos asumir una guerra de intereses que no es nuestra. Esta nueva clase política tiene que impedir que los humildes sirvan de sacrificio y tributo para una tierra prometida que nunca estuvo en gestación.


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