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Locura y cordura de los políticos dominicanos



Me refiero a los políticos y gobernantes de ayer. A los de hoy. A todos. Las “coincidencias” surgidas de este análisis deben tomarse muy en serio. Ser gobernado por personas maduras, bien enfocadas, capaces y honestas; con buena salud mental, por personas cuerdas, es un derecho del ciudadano. 

Es un derecho de la sociedad. Cuán necesario y promisorio es poder contar también con personas con buena salud mental; con personas cuerdas, capaces y honestas en las cámaras legislativas, ministerios, superintendencias y puestos de servicios públicos. Entre jueces, mandos militares y policiales, alcaldes y organismos electorales. 

Las patografías o estudios psicopatológicos particulares nos proporcionan una valiosa información sobre cómo la democracia, el desarrollo sostenible y el progreso de cada pueblo, dependen en mucho del equilibrio emocional y de los rasgos de personalidad de sus líderes políticos, candidatos y gobernantes. 

Resultan muy apropiadas las consideraciones del catedrático y psiquiatra Francisco Alonso Fernández de la Universidad Complutense de Madrid: “¿Cuántos políticos, llevados por factores personales, han cometido errores en sus gestiones? ¿Cuántas asambleas han fracasado a causa de algún participante con rasgos insanos, como la inseguridad de sí mismo, la susceptibilidad, desconfianza, la tozudez, el engreimiento, la ira, la rigidez y otros semejantes? Cuando un político –y un gobernante- no disfruta de un estado de salud mental suficientemente idóneo, su conducta se torna en peligrosidad”. 

El mismo especialista plantea un criterio, que sólo comparto parcialmente: “Entre los psicólogos y los psiquiatras va ganando cada vez más adeptos la necesidad de implantar la selección psicológica y psicohigiénica de los dirigentes y los políticos”. 

Considero que no somos los psicólogos y psiquiatras quienes debemos diagnosticarlos y seleccionarlos, sino principalmente los ciudadanos que votan y que depositan en ellos su confianza al elegirlos. Considero también que los políticos y gobernantes tienen derecho a enfermarse y a integrarse a la vida, una vez recuperada la salud, como todos los demás ciudadanos. 

En un régimen democrático el sistema rechaza a los desequilibrados mentales. Pero puede darse el caso de que cualquiera que ingresó al campo político muy sano, puede sufrir una crisis emocional o deterioro intelectual o emocional por experiencias y situaciones traumáticas o por cansancio, agotamiento o envejecimiento. ¡De ahí que la reelección no sea saludable para los pueblos! 

Las campañas pre-electorales y electorales, mítines, los discursos, las ruedas de prensa, la comparecencia a los medios, el lenguaje gestual; los gastos ostentosos y la tendencia a mentir o exagerar constituyen una especie de “test psicológico” que puede reflejar la psicopatología de cada candidato y de otros actores vinculados a los procesos eleccionarios y gubernamentales. 

También constituyen “un examen psicológico o psiquiátrico” todas las formas de favoritismos, apoyos y privilegios de que disfrutan los candidatos protegidos del gobierno. Así como la corrupción pública que implica el uso de los recursos del Estado Dominicano y el involucramiento de funcionarios públicos en campañas electorales particulares utilizando los recursos públicos como si fueran del partido en el poder. 

Las elecciones primarias del domingo 6 de este mes constituyen un escenario real para medir la salud mental y emocional de políticos, gobernantes y árbitros electorales. Pareciera que fueron planificadas y supervisadas por algunas “inteligencias enfermas”. Han causado daños políticos y sociales y deterioros propios de “locuras perversamente concebidas”. Diseñadas con “malicias patológicas” que afectan sensiblemente la democracia, la paz pública, la economía y el futuro político del país. Y que ponen a la vista de nacionales y extranjeros los grandes déficits democráticos, cívicos, éticos, de justicia y democracia electorales y de liderazgo de nuestro país. 

Estas primarias “experimentales” han generado un cúmulo de comportamientos evidentemente patológicos de partidos políticos, candidatos, árbitros electorales y votantes. El amplio material audiovisual y gráfico existente constituye un rico acervo documental para el análisis y diagnosis que, tarde o temprano, deberán realizar los especialistas. 

Para promover la toma de conciencia sobre los distintos tipos de patologías mentales y emocionales que pueden padecer los políticos dominicanos y de los graves daños derivados de las mismas, presentamos una breve descripción clínica de algunas de las manifestaciones sintomáticas de estas psicopatologías, siendo que una misma persona puede padecer varias simultáneamente. 

1. Políticos con Mal o Síndrome de Hubris: Tienen un ego desmedido. Se consideran más inteligentes que los demás Se presentan como «borrachos» de poder y de éxito. Se comportan como un mesías. Entran fácilmente en la «ideación megalomaníaca», cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituibles en el partido o en el gobierno. 

2. Políticos con Anomia moral o psicópatas. Son fríos, calculadores, cínicos, engreídos, tercos y ambiciosos. Padecen de embrutecimiento moral. No tienen noción del bien y del mal. Trafican con influencias y son corruptos. Muestran una morbosa ambición que los transforma en tiranos y dictadores. No sienten compasión ni amor, ni respeto por los demás. Utilizan la mentira, la falsa promesa, la oferta de cargos, la venalización y la compra de votos, el prebendarismo y el amiguismo como estilo de gobernar y hacer política y justicia. 

3. Políticos narcisistas. Padecen de “vedetismo” político. Se creen imprescindibles y únicos. Organizan actos de reconocimientos para ser incluidos en ellos. Con frecuencia exigen y usurpan privilegios especiales y recursos extras. Son presa de los corruptores que conocen sus debilidades exhibicionistas. Aman salir en la TV y conceder entrevistas y reportajes. Visten y calzan impecablemente y le fascina el “figureo” y dar entrevista a la radio y la TV. 

4. Políticos paranoicos. Padecen el Trastorno de Personalidad Paranoica (PPD, por sus siglas en inglés), que es una afección mental en la cual una persona tiene un patrón de desconfianza y recelos de los demás en forma prolongada. No dudan en acusar a sus propios compañeros de partido. Son rencorosos, vengativos, envidiosos e incapaces de tolerar las críticas. El paranoico parte de una falsa valoración de sí mismo y, a partir de ahí, comienza a construir el castillo de sus ‘verdades’ y proyectos. 

5. Políticos obsesivo-compulsivos. Son propensos a la ira. Padecen de Trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), un trastorno mental en el cual las personas tienen pensamientos, sentimientos, ideas, sensaciones (obsesiones) y comportamientos repetitivos e indeseables que los impulsan a actuar repetitivamente (compulsiones). Los antecedentes de abuso físico o sexual también parecen incrementar el riesgo de TOC. Suelen consumir alcohol, narcóticos y psicofármacos en exceso y sufrir de insomnio. 

6. Políticos fóbicos. Sufren de fobia social o agorafobia. Sienten ansiedad frente al temor de hacer un mal papel frente al público, cuando actúa frente a él, al decir un discurso. Temen que los vean como a un individuo ansioso, débil, “loco” o “estúpido”. Sufren de palpitaciones, molestias gastrointestinales, tensión muscular, o se quedan con la mente en blanco, sin saber qué responder. Le sudan la cara y las manos. 

7. Políticos histéricos. Son simuladores y actores por excelencia. Necesitan ser el centro de atención en todas las actividades. Son conversadores, seductores, dramáticos y adulones. Adoptan posturas demagógicas para que los crean tolerantes, compasivos y buenos. Lloran si es necesario. Tienen tendencia a falsificar la realidad, sin pudor, para obtener la aceptación y cautivar a sus amigos y enemigos. Practican el “gatopardismo”. 

8. Políticos con trastorno de ansiedad. Se preocupan demasiado por cosas que no son necesariamente importantes y no lo pueden controlar. Ceden su partido, su cargo o su puesto a otros que manejan mejor su ansiedad. Son propensos a alianzas fáciles, a la “compra-venta” de partidos, de votos y conciencias. Y también al transfuguismo. 

9. Políticos estresados. Viven en un estado estrés agudo que produce embotamiento, insomnio y falta o exceso de apetito. Siente desapego e indiferencia emocional, aturdimiento y despersonalización (no sabe quiénes son). 

10. Políticos hipomaníacos o bipolares. Padecen el Trastorno Bipolar, también conocido como trastorno afectivo bipolar (TAB). Es una enfermedad mental que causa cambios extremos en el estado de ánimo que comprenden altos emocionales (manía o hipomanía) y bajos emocionales (depresión). Se presentan ante el público llenos de energía, con gran autoestima y poca autocrítica, pero sin llegar a la megalomanía infantil del maníaco. Producen proyectos e iniciativas de leyes y políticas públicas que luego abandonan o incumplen. 

11. Políticos alcohólicos. La “caricatura” del político dominicano está casi siempre acompañada de un vaso de bebida alcohólica en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. El político que hace “mala bebida”, arruina las reuniones y los proyectos, tiene poco futuro, perjudica a su partido y avergüenza a sus compañeros de partido y al público decente. 

Cada sociedad necesita tolerar a sus locos para salvar el orden y practicar la inclusión. Pero los dominicanos no podemos poner el poder, la justicia, la seguridad nacional, la política, la democracia, las elecciones y la libertad en manos de gobernantes y políticos con visibles comportamientos de locos. 

Y mucho menos, dejar en sus manos la Constitución, la elaboración y aprobación de las leyes, el presupuesto nacional, economía, la educación, la salud, el turismo, la diplomacia, la judicatura, los mandos militares, la alimentación, la seguridad ciudadana, la energía eléctrica, el tránsito, la pobreza, la paz pública y la imagen del país. 

Dios y el pueblo nos libren de políticos, gobernantes y árbitros electorales con patologías emocionales y mentales. Los necesitamos y nos lo merecemos sanos y cuerdos. ¡Aquí y ahora! ¡Ahora y siempre!.

Por: Héctor Rodríguez Cruz


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