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Las Primarias del 6 de octubre y la democracia

Durante los meses de agosto, septiembre y octubre de 2019, las y los dominicanos hemos vivido un febril proceso de elección de las y los candidatos a la Presidencia de la República por parte de los dos partidos políticos que tienen las mayores cuotas de representación en las entidades del Gobierno, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), y el Partido Revolucionario Moderno (PRM).

Esas elecciones primarias han funcionado como el escaparate de cristal de una tienda, pero no para exhibir las prendas del momento de los modistos de moda, sino para dejar ver las desgastadas, obsoletas y falsas piezas y mecanismos en que se sostiene el sistema político y electoral dominicano. 

Lo primero que se pudo apreciar es que el sistema electoral dominicano es antidemocrático y eminentemente inequitativo. Está sustentado en una ley electoral y tiene una estructura que favorecen a los partidos hegemónicos, en particular al partido que controla la rama Legislativa y Ejecutiva del Gobierno, mecanismos a través de los cuales puede disponer de los recursos del Estado para financiar las actividades clientelares de su campaña electoral, como muy bien fue identificado por numerosos observadores formales e informales de las Primarias recién concluidas. 

Además, el sistema electoral está administrado por un equipo de hombres y mujeres que fueron escogidos por su afinidad ideológica con el sistema y su afección al partido gobernante y a sus dirigentes, lo que les anula el menor atisbo de independencia en el caso de que tengan que juzgar cualquier actuación de la gestión del propio sistema. 

Con respecto a lo antidemocrático del sistema político y electoral dominicano cabe destacar lo siguiente: En su libro, La democracia una guía para los ciudadanos, Robert Dahl se pregunta ¿qué es la democracia?, y el mismo se responde: 

La democracia es participación efectiva, lo que implica que antes de que se adopte una decisión por el grupo, la asociación, el sindicato o el partido, todos deben tener oportunidades iguales y efectivas para hacer que sus puntos de vistas sean conocidos y valorados por los demás. 
Es igualdad de voto cuando llega el momento de tomar la decisión. 
Es comprensión ilustrada, es decir, que todos deben tener oportunidades iguales y efectivas para instruirse sobre opciones alternativas relevantes. 

Es control de la agenda, o sea, que todos deben tener iguales oportunidades de decidir que asuntos son incorporados a la agenda o discusión. 

Creo que el criterio más adecuado para definir la democracia es, precisamente, la participación. En la medida se define la democracia en función de la participación, una sociedad, un grupo, una organización o un partido político será más o menos democrático según facilite la participación en la toma de decisiones a aquellos a quienes tales decisiones afectan o involucran. 

En relación con los principios que establece Robert Dahl, está claro que la democracia dominicana tiene limitaciones y precariedades jurídicas, normativas, políticas, económicas y administrativas que inciden negativamente en la capacidad del Estado y los gobiernos para garantizar a toda la ciudadanía el ejercicio pleno de sus derechos, en el caso particular que nos ocupa el derecho a votar y escoger el o la candidata de su preferencia. 

No se puede hablar de democracia si las y los ciudadanos no gozan de libertad para decidir entre diversas opciones políticas compitiendo en igualdad de condiciones no solo jurídicas sino también de comunicación, promoción y publicidad. 

No hay democracia allí donde un partido o varios partidos imponen a los electores opciones políticas a través de la movilización de recursos públicos para fines clientelistas (compras de votos, nombramientos en empleos públicos, inscripción en nóminas y nominillas para cobrar sin trabajar, y otras acciones irregulares). 

Una gran limitación del sistema político dominicano es el de la limitación de la edad para poder ejercer determinados derechos, como por ejemplo el de elegir y ser electo. Excluir de la participación política a menores de 18 años e impedir que jóvenes menores de 25 puedan ser legisladores, convierte el sistema político y electoral dominicano en adulto-céntrico, una de las peores y más extendida forma de exclusión social que aun arrastran las sociedades. 

Si agregamos a las limitaciones anteriores la excesiva centralización del Estado en torno a la Presidencia y en los demás órganos del Poder Ejecutivo; la limitada participación ciudadana en los mecanismos públicos de toma de decisiones; el privilegio que tienen en el sistema los partidos políticos para nominar candidatos a cargos electivos, entre otras limitaciones, podemos concluir que no hay democracia en el país. 

Dado todo lo anterior, me embarga un alto grado de pesimismo en el sentido de que las organizaciones progresistas y de izquierda tengan mínimas posibilidades de cambiar ese estado de situación antes de 2020 y realizar un papel decoroso en las próximas elecciones. 

En virtud de ese pesimismo, en el marco de las elecciones venideras, no veo a las organizaciones progresistas y de izquierda en otro rol que no sea el de utilizar las elecciones como un medio único para entrar en contacto con las masas del pueblo allí donde están todavía lejos de nosotros, para obligar a todos los partidos a defender ante el pueblo, frente a nuestros ataques, sus ideas y sus actos; y, además, para tratar de obtener representantes en el parlamento, una tribuna desde lo alto de la cual pueden hablar a sus adversarios en la Cámara y a las masas fuera de ella con una autoridad y una libertad muy distintas de las que se tienen en la prensa y en los mítines (Federico Engels. Introducción al texto sobre Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850). 

Aceptar lo anterior es estar de acuerdo con Rosa Luxemburgo en el sentido de que elecciones y revolución “no son distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el Polo Norte y el Polo Sur o la burguesía y el proletariado (Fundación Federico Engels. Rosa Luxemburgo: Reforma o revolución. Madrid, España. Septiembre 2002). 

En el marco anterior una perspectiva táctica pudiera ser que las organizaciones progresistas y de izquierda negocien con el principal partido de oposición (PRM) para votar por sus candidatos a la Presidencia de la República y al Senado, a cambio de un pliego de reformas políticas y de candidaturas a diputados, a alcaldes y a regidores. 

La perspectiva táctica anterior significaría algo así como: reconociendo que no tengo posibilidad de ganar la Presidencia, aprovecho el escenario electoral para promover las posiciones de izquierda, ganar cuotas en el Poder Legislativo y los gobiernos municipales, y reemplazar del Poder Ejecutivo a los peores por los menos malos, por lo menos en la coyuntura actual. 

En un próximo artículo describiré un conjunto de medidas sociales, económicas, políticas y culturales que las organizaciones progresistas y de izquierda podrían negociar con el PRM.

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