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América Latina se enciende otra vez



La ilusión de un neoliberalismo reeditado vuelve a apagarse entre fogonazos de indignación en América Latina. Es la segunda vez en un cuarto de siglo que un modelo tan discutido e injusto arde en las calles de las grandes ciudades del subcontinente. 

Aunque las razones de la protesta en Ecuador, Chile y Argentina (aquí con votos, no con piedras) tengan causas y motivaciones nacionales específicas, hay un factor común a todas ellas: el hartazgo y la indignación de las clases populares ante la desigualdad. 

Los gobiernos de centro-izquierda que llegaron con los primeros años del siglo, para mucho sorpresivamente, tomaron algunas medidas para corregir una tendencia abusiva de desigual reparto de la riqueza. Pero no fue suficiente (en algunos casos, demasiado insuficiente). Como suele ocurrir en América Latina, un periodo de vacas gordas genera optimismo, pero no suele ser lo más favorable para adoptar medidas de calado. Los gobiernos progresistas cedieron a la tentación de repartir los ingresos propiciados por el alza de las materias primas agrarias o minerales y apenas modificar estructuras. 

La derecha social, política, económica y mediática ha afinado todas sus armas para reactivar el conocido discurso del despilfarro, la burocratización y el populismo 

La recesión en los países occidentales provocó una caída de la demanda y los precios de las materias primas se derrumbaron. Muchos de los programas sociales que habían enmascarado la desigualdad sin corregir sus causas estructurales quedaron asfixiados por una coyuntura económica de nuevo en franca recesión. 

La derecha social, política, económica y mediática afinó todas sus armas para reactivar el conocido discurso del despilfarro, la burocratización y el populismo. Y se preparó para regresar, con menos fanfarrias que en décadas anteriores y cierto disimulo. 

El enquistamiento de la crisis venezolana y el monumental fraude que se perpetró en Brasil a cuenta de los escándalos manipulados en torno a la corrupción habían preparado aún más si cabe esta vuelta a viejas recetas con nuevos disfraces: alza de los precios de los productos y servicios básicos, rechazo de las reformas fiscales, dependencia exterior, crédito fácil. Se confiaba en que la desilusión por el fracaso izquierdista desalentara posibles protestas. 

CHILE: LA TRAMPA DE LA ENGAÑOSA PROSPERIDAD 

En Chile, Sebastián Piñera, un empresario y magnate mediático metido a presidente se encuentra desafiado en la calle por masas indignadas frente a la subida del precio del metro, un asunto en apariencia parcial, focal, pero en realidad reflejo de esa acostumbrada política de repercutir los costes del modelo en aquellos elementos que hacen más difícil la vida cotidiana de la gente humilde. Chile ha vivido durante tres décadas de su buena prensa internacional, de sus éxitos económicos, de esa especie de crédito de confianza. Pero, como cualquiera que haya visitado el país puede enseguida comprobar, el reparto de esa riqueza generada es cruelmente desigual. Resulta inaceptable que un 1% de la población siga atesorando el 25% de la renta nacional, en el país quizás más desarrollado de toda la región (1). 

Las protestas descolocaron a un frívolo presidente, remedo de Berlusconi con ribetes de Trump (por su tendencia a dejar suelta la lengua). En el inicio de la crisis declaró que “estábamos en guerra”, lo que equivale a considerar a su pueblo como enemigo. Puso a 9.000 soldados en la calle para intimidar a los revoltosos, provocación manifiesta en un país que todavía recuerda una dictadura militar sangrienta, a la que los ricos siguen distinguiendo con el rubro de la eficacia económica. Piñera ha tratado a la postre de parecer benigno prometiendo incremento de pensiones, salarios y beneficios sociales. 

LA RESPUESTA INDÍGENA EN ECUADOR 

En Ecuador, la experiencia izquierdista de Rafael Correa fue una de las más incómodas para las oligarquías regionales, precisamente porque afrontó algunas de las causas profundas de la desigualdad, pero también por su lucha contra los medios que las sustentaban. El bloque progresista se fracturó, el apoyo a Assange propició debates muy venenosos y, de aquel tronco salieron algunas astillas como la del actual presidente Lenin Moreno (nótese el patronímico tan poco convencional), que terminó convirtiéndose a esta revisión pseudo blanda del neoliberalismo y la dependencia. El componente indígena ha sido siempre decisivo en las movilizaciones populares ecuatorianas desde la revuelta que acabó con el mandato de Jamil Mahuad y su experiencia catastrófica de la dolarización en el cambio de siglo. Ahora, han sido de nuevo los líderes de la CONAIE quienes han desatado sus fuerzas para forzar la rendición política de Moreno y devolver al cajón parte de las recetas del FMI (2) 

ARGENTINA, A LA ESPERA 

Argentina es un buen ejemplo de esa recuperación de la economía vudú que los Reagan’s boys pusieron de moda en los ochenta. El empresario Macri quiso reflotar el modelo sin atrever a romper del todo con el entramado populista kirchnerista. El intento funcionó hasta que las dinámicas externas azotaron con la violencia habitual un entramado endeble. A falta de las esperadas inversiones extranjeras, el barco hizo agua y se acudió al salvavidas del FMI, tan enorme (57.000 millones de $) como exigente en materia fiscal y monetaria. 

Algunos se preguntan por qué Argentina, termómetro ultrasensible de América Latina, no ha estallado, mientras se propagan los incendios en otros lugares de la región. No es difícil de entender si atendemos a la explicación de un dirigente social: ¡ya se van! (3). En efecto, en agosto, las primarias de las presidenciales (una suerte de macroencuesta nacional, pero con votos reales, más que una selección de candidatos de cada partido) sentenciaron a Macri y redujeron a cenizas sus últimas esperanzas de reconducir el batacazo monetario de los meses anteriores, que volvió a pulverizar ahorros y pensiones, destruir empleos, crear angustia en la clase media y penurias en los más desfavorecidos. 

En vez de replicar la explosión social de 2001, que puso al sistema político al borde del abismo, pero sin que en esa ocasión los militares pudieran ofrecerse con alternativa, la gran mayoría de la población ha sabido esperar y tratar de enderezar la situación con un pilotaje electoral. Todo indica que Alberto Fernández, mano derecha de los Kirchner, se postula ahora como alternativa popular más templada, pero capaz de generar confianza en las masas, peronistas o no, escarmentadas del paraíso liberal del empresario futbolero. Fernández puede barrer a Macri sin necesidad de acudir a la segunda vuelta en noviembre, aunque siempre cabe cierta sorpresa, debido a las endémicas rencillas del peronismo. 

OTRAS DISCORDIAS POLÍTICAS 

En Perú, las protestas de primeros de mes fueron de orden político, entre familias rivales, sin una clara dimensión social. El fracaso de la segunda experiencia izquierdista (protagonizada por el exmilitar de raíces indígenas Ollanta Humala) y la descomposición de la socialdemocracia descafeinada, encarnada por el APRA de Alan García (un epítome trágico de toda una época), dejó el camino libre para una colección de políticos deudores de intereses comerciales y financieros, algunos de ellos atrapados en redes corruptas tentaculares como la de Odebrecht. El pueblo llano sólo ha sido comparsa en el reciente pulso por el control del ejecutivo, con dos jefes de Estado paralelos durante algunos días. 

Finalmente, en Bolivia, el anunciado triunfo de Evo Morales, el único superviviente de esa generación de dirigentes izquierdistas del albor del milenio, se ha terminado complicando con una farragosa gestión del escrutinio. Los líderes del MAS no contaban con tener que afrontar una segunda vuelta, siempre peligrosa en el ambiente de polarización irresoluble del país. Horas después de que el organismo judicial electoral anticipara la segunda ronda, se daban a conocer nuevos resultados que otorgaban al líder indígena aymara los votos suficientes para ser investido ya presidente por cuarta vez. En Bolivia, las clases medias suelen alinearse tácticamente con sectores oligárquicos, en parte por rechazo personal hacia Morales, pero sobre todo por algo que puede definirse como miedo de clase. El candidato de la oposición del centro-derecha, Carlos Mesa, vio su anterior mandato arruinado por los bloqueos, cortes de carretera e interrupción de servicios que sirvieron de antesala a la toma del poder por los dirigentes indígenas a mediados de la primera década secular.


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