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El triunfo de la pequeña política


En los Cuadernos de la cárcel, Gramsci establece una distinción entre dos tipos de política: la “gran política” (o “alta política”) y la “pequeña política”. La gran política comprende cuestiones relacionadas con “la fundación de nuevos Estados, con la lucha para la destrucción, la defensa, la conservación de determinadas estructuras orgánicas económico-sociales”. La pequeña política se ocupa de problemas, conflictos y luchas de poder dentro de una determinada estructura, como la corrupción del poder público, la burocracia y las dificultades de la herencia recibida. Se trata fundamentalmente de una política de tácticas y estrategias en el día a día definidas por reglas, juegos de intereses y compromisos de sobra conocidos: la maniobra parlamentaria, la transformación de la política en espectáculo mediático, las exigencias de sillones, los vetos, el hiperliderazgo, el aventurerismo electoral, etc. 

La diferencia principal entre ambas es que la gran política, como diría Castoriadis, implica un poder instituyente capaz de crear estructuras completamente nuevas, mientras que la pequeña política opera en el ámbito de estructuras ya establecidas. La gran política, en este sentido, es una actividad creativa, guiada por una visión del mundo y orientada a incidir en la práctica de acuerdo con los valores y los principios de los que es portadora. Desde esta perspectiva, Gramsci concibe la política esencialmente como una lucha que tiene lugar en el campo de las ideas, pero también como lucha por la conquista del poder. Sin embargo, esta no constituye un fin en sí misma, sino un medio para hacer prevalecer una determinada concepción de la vida. Este es el objetivo final que dignifica la política y justifica la conquista del poder. 

La incapacidad del PSOE y de Unidas Podemos para formar gobierno induce a pensar que el panorama político de la izquierda española contemporánea parece estar dominado por el modelo basado en la pequeña política. Un modelo que se sostiene sobre el interés partidista, la carrera política personal y la lucha por el poder como un fin en sí mismo, y en el que la política se confunde con un acto ocasional de votación para que las élites partidarias vencedoras administren lo existente. La apatía, la abstención y la crisis de representación se convierten, así, en fenómenos de masas de las democracias actuales, como puso de relieve el 15M, amplificados por el enorme peso e influencia que la globalización y la aceleración de los procesos de acumulación capitalista ejercen sobre ellas. Además, el modelo de la pequeña política crea obstáculos a la percepción social de la izquierda como espacio plural de construcción de coherencia y consenso a través del diálogo. 

Para Gramsci, la gran política es inseparable de la noción de hegemonía, la conducción “intelectual y moral” de la sociedad. No obstante, una cosa es cierta: ganar elecciones no significa necesariamente conquistar la hegemonía. La hegemonía se conquista cuando un conjunto de creencias y valores arraigan en el sentido común, siendo capaces de dirigir el pensamiento y la acción de la gente. El PSOE ganó con holgura las elecciones generales del pasado 28 de abril y, a pesar de ello, en el sentido común popular predominan ciertos valores que aseguran la reproducción social de formas de dominación antidemocráticas, como el capitalismo y el heteropatriarcado. 

El momento actual muestra a las fuerzas de izquierdas que la disgregación y la depredación competitiva es abandonar a cada una a su propia suerte. La construcción de una hegemonía progresista más allá de las urnas solo es posible mediante la unidad de las izquierdas en su diversidad, como vienen clamando referentes de la izquierda mundial como Boaventura de Sousa Santos. No se trata de renunciar a los diferentes proyectos de sociedad, ni de borrar la diversidad interna de las izquierdas, sino de buscar un terreno común, una hegemonía de mínimos que bien podría articularse en torno a la defensa de la democracia y la derrota del proyecto neoliberal y conservador de la triderecha. Una hegemonía consciente de que las divergencias entre el PSOE y Unidas Podemos son inferiores respecto a la unidad programática o de gobierno que el panorama político exige. El Partido Democrático italiano parece haber entendido este mensaje tras el estrepitoso fracaso del Gobierno de coalición entre la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas, con el que ahora mantiene conversaciones para tratar de formar un Ejecutivo de unidad que evite las elecciones anticipadas. 

Gramsci interpretó la unión de corrientes políticas de izquierda en torno a un proyecto común fundado en las luchas de los grupos dominados como la posibilidad de una catarsis histórica. Superó así el significado dramático tradicional del término para introducirlo en la política. En el arte teatral, la catarsis remite al momento en el que el espectador, a partir de mecanismos de identificación, experimenta un profundo impacto emocional que lo purifica, renueva y pone en disposición de repensar sus valores, prejuicios e intereses; su sentido común, en definitiva. Gramsci creía que hay coyunturas que pueden propiciar una catarsis ética y política capaz de transformar las concepciones, las prácticas y el sentido común, capaz de asumir la potencialidad de un orden social alternativo al dominante. Ese proceso catártico constituye el punto de partida de la gran política. 

Todo parece indicar que la posibilidad de una catarsis que evite el castigo de la repetición electoral y abra las puertas de la gran política se disipa. De ser así, el PSOE y Unidas Podemos seguirán instalados en la pequeña y derrotista política, a la que Pablo Milanés puso brillantemente letra y música: “Cuando se pasaron los años se acumularon rencores, se olvidaron los amores, parecíamos extraños. Qué distancia tan sufrida, qué mundo tan separado”.

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