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Los cruceristas usan el espacio público como un ‘fast-food’. Es una invasión en toda regla



Hablemos de turismo de calidad y de cruceros. Aquellos que reclaman un turismo de calidad suelen asociarlo a gente con un mayor poder adquisitivo, pero eso, en todo caso, más que un turismo de calidad es un turismo que lo que hace es generar circuitos de lujo cerrados. Por eso el turismo de calidad no puede ser otro que aquel que respeta los derechos de las personas que viven en el lugar visitado y de quienes trabajan en el sector. ¿Son los cruceros un turismo de calidad? No, no lo son. 

¿Qué hace que no lo sean? ¿Por qué, desde la óptica del interés general, los cruceros no interesan a la ciudad? En primer lugar, es necesario mencionar la contaminación, las emisiones vertidas. Una polución que no se subsana únicamente electrificando los puertos o haciendo que los barcos usen un carburante menos contaminante. También hay que tener presente la cantidad de residuos que se vierten al mar durante los trayectos. Y no hay que olvidar el hecho de que en general no se abastecen de productos kilómetro cero. 

Por otro lado están las condiciones laborales de quienes trabajan en los cruceros. Ha costado mucho que empezaran a aparecer informes que mostraran las condiciones a que se someten a menudo las tripulaciones, las cuales están amparadas por la legislación laboral de la bandera que lleva el barco, con jornadas que pueden superar con creces las 70 horas semanales, sin días de descanso. Los salarios pueden no ser precarios para el país de origen de los tripulantes, pero lo son extremadamente para el continente en el que opera el crucero o al que pertenece la empresa crucerista. Y a todo esto cabe añadir la estancia de los empleados en el propio barco, a menudo en condiciones muy precarias. 

Por último, es preciso destacar el impacto que los cruceros tienen en la ciudad. No solo por el aire contaminado que nos hacen respirar, ni porque, si aplicásemos un criterio de maritimidad, los barcos con menos eslora tendrían que atracar cerca de la ciudad, mientras que los más grandes deberían hacerlo más lejos, sino por cómo los cruceros afectan a nuestro espacio público y a la morfología comercial de nuestros barrios. 

Los movimientos vecinales llevan años impulsando la campaña Stop Creuers, sin que las instituciones competentes les hayan escuchado. El Port de Barcelona, con una miopía urbana aterradora, no ha parado de planificar la ampliación de la capacidad crucerista del puerto, importándole poco el efecto de la masificación turística, que es palpable en el centro de la ciudad. 

Los cruceristas, según un estudio del propio puerto, solo pasan una media de cuatro horas y media en la ciudad. Hacen un uso del espacio público como si fuera un fast-food, consumiendo productos no relacionados con la vida cotidiana y masificando los iconos turísticos de la urbe, la Rambla entre ellos. Una invasión en toda regla que no hace más que asfixiar la ciudad, mientras contribuye a su parquetematización. Por eso, cruceros, de entrada no, gracias. Y de salida tampoco. 

Fuente Externa


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