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Cruceros: ¿apostar por ellos o ponerles coto?


El beneficio económico que reportan los más de tres millones de cruceristas que pasan por Barcelona cada año choca con la visión de ecologistas y otras entidades, que denuncian los perjuicios que provoca la llegada masiva de turistas para vecinos y medio ambiente 

La controversia sobre la idoneidad del turismo de cruceros ha resurgido con fuerza en Barcelona. Lo han favorecido advertencias como la que ha lanzado recientemente la ONG Transport and Environment, en cuyo último estudio asevera que la capital catalana es la ciudad europea más afectada por la contaminación originada por estos barcos, o los continuos toques de atención de la Comisión Europea, que amenaza con imponer una sanción a España por superar tanto en Madrid como en el área metropolitana barcelonesa los límites legales de dióxido de nitrógeno (NO2), un compuesto que se genera también en los cruceros. El Ayuntamiento de Barcelona ya se prepara para declarar la emergencia climática en enero de 2020, cuando tiene previsto intensificar las medidas para luchar contra la contaminación del aire, que podrían incluir incluso un peaje urbano de entrada a la ciudad. Entretanto, la alcaldesa, Ada Colau (BComú), sigue manteniendo que es necesario limitar la actividad del puerto y también la del aeropuerto. Pero el crecimiento del turismo marítimo se mantiene, y por ahora no hay quien le ponga freno, que es lo que algunas entidades ecologistas y vecinales piden desde hace tiempo. 

Los cruceristas crecieron en mayo un 15% 

En 2018 pasaron por Barcelona 3.041.963 cruceristas, el 12% más que en el ejercicio anterior, cuando se superaron los 2,7 millones. De enero a mayo de este año, se acumuló una reducción del 1,9% en relación al mismo periodo de 2018. Sin embargo, en el mes de mayo –el último con datos– se registró un aumento del 15%, y la Autoritat Portuària –el Port de Barcelona, el ente que gestiona los muelles de cruceros– vaticina que 2019 terminará con cifras similares a las del anterior o incluso algo superiores. Los partidarios de mantener el crecimiento se aferran a los beneficios multimillonarios , mientras que quienes piensan lo contrario esgrimen la masificación turística y la contaminación como principales argumentos. Pero lo cierto es que todavía son pocos los estudios –al menos los que se han hecho públicos– que examinen al completo los efectos del negocio en la ciudad. 

El análisis más relevante en cuanto a los beneficios es el Estudio de impacto económico de la actividad crucerista en Barcelona, elaborado por el Laboratori d’Economia Aplicada AQR-Lab de la Universitat de Barcelona (UB). La primera edición se realizó en 2014 por encargo del Port de Barcelona, y su actualización de 2016, que encomendó la Asociación Internacional de Líneas de Cruceros (CLIA), calculó una facturación de 1.083 millones de euros al año en Catalunya, 790 solo en Barcelona, así como la generación de 9.056 puestos de trabajo, 6.809 de ellos en la gran ciudad. El análisis subraya también el incremento del peso de la infraestructura como puerto base –el 58% de los cruceristas embarcaron o desembarcaron en 2016, y un 55% lo hicieron en 2018– en detrimento de su función de puerto de escalas, algo que la infraestructura busca potenciar, porque quienes cogen el barco aquí gastan más. 

La dirección del Port de Barcelona subraya que es el primero de Europa en volumen de escalas de cruceros –con 830 anuales– y también de pasajeros, y recalca que la contribución de estas embarcaciones a la contaminación de la ciudad es solo del 1,2% en cuanto a los óxidos de nitrógeno (NOx) y del 0,23% en relación a las partículas PM10, según un estudio de la agencia pública Barcelona Regional. No obstante, el Port de Barcelona añade que está trabajando para reducir las emisiones derivadas de su actividad. 

Barcelona Oberta, que agrupa a ejes comerciales turísticos, recuerda que el turismo representa el 12% del producto interior bruto (PIB) de la ciudad y reclama más promoción para captar el de calidad. Lo destaca la directora de la entidad, Nuria Paricio, que se define como “proturismo” y se muestra “absolutamente en contra de la palabra decrecimiento” y “a favor de la reestructuración y la revisión”. Solo aceptaría menos turistas si ello se tradujera en un aumento de los que más beneficio aportan, y considera que, si los cruceros representan el 1% de la contaminación, “no son un problema”. Pero no todo el mundo está igual de convencido. Algunas de las voces más críticas han surgido desde el propio equipo de gobierno municipal, como la exconcejala de Ciutat Vella Gala Pin (BComú), que antes de dejar el cargo consideró que el turismo de cruceros es como una “plaga de langostas”. 

La misma alcaldesa Ada Colau ha puesto en duda el modelo. “Debemos poner límites; no tenemos una capacidad infinita”, sostiene, en referencia al puerto y al aeropuerto. Se trata de una de las ideas que figuró en la reunión de mediados de este mes sobre la emergencia climática, pese a que se contradice con los planes de ampliación de ambas infraestructuras. Y también falta ver qué política adoptará el nuevo Gobierno municipal con el área de turismo en manos del PSC. 

Colau alcanzó a principios de 2018 un acuerdo con el puerto para reorganizar y alejar del centro las terminales de cruceros. La alcaldesa lo calificó de “histórico” y la teniente de alcalde de Urbanismo, Janet Sanz (BComú), defendió que aquello suponía “poner techo a los cruceros”, obviando que, en realidad, se autorizó un incremento sin límite aparente: limita a siete las terminales, pero habrá más espacio para los barcos más grandes, donde llegan a viajar más de 9.000 personas entre pasaje y tripulación. 

En el estudio de la ONG Transport and Environment, Barcelona encabeza las clasificaciones de emisiones de óxido de azufre (SOx), óxidos de nitrógeno y partículas, según el análisis de 105 grandes cruceros diferentes en 2017. No es extraño, dado que es el puerto líder del continente europeo, si bien la entidad lo atribuye también al hecho de que en España se permita todavía utilizar el combustible menos limpio. El Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) calcula que las partículas en suspensión que emiten los barcos del puerto y los que amarran fuera de él contribuyen entre el 4% y el 7% a la media de la contaminación de Barcelona, según el investigador Xavier Querol. Este porcentaje dista sustancialmente del 0,23% que reconoce el Port en cuanto a las partículas PM10procedentes de los cruceros y del 1,5% del conjunto de la actividad portuaria. La diferencia radica en la metodología, y es que el CSIC también incluye las partículas secundarias que se forman en la atmósfera a partir de reacciones con gases. 

Todavía falta por determinar con certeza algo clave, las inmisiones. Es decir, de qué forma afectan las emisiones del puerto una vez alcanzan la ciudad. Y hay más incógnitas por desvelar, como por ejemplo el impacto en los barrios más cercanos –los del distrito de Ciutat Vella, el Poble-sec y la dos Marinas– y en los alejados. El Port y el Ayuntamiento han puesto en marcha en el último año diversos estudios para medir el impacto en la ciudad, pero su elaboración no ha estado exenta de dificultades, al menos en cuanto al estudio municipal, donde se han producido contratiempos en la coordinación y los equipos de medición han sido objeto de vandalismo. 

Maria Garcia, de la Plataforma per la Qualitat de l’Aire y Ecologistes en Acció, recuerda que emplazaron al Consistorio a desarrollar un estudio completo, pero que este solo aceptó parcialmente su demanda. Lo solicitaron junto con la Federació d’Associacions de Veïns i Veïnes de Barcelona (FAVB) y la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible (ABTS). Garcia reclama un plan de reducción de la actividad turística y reprocha al Gobierno de Colau que en el anterior mandato haya estado “promocionando y dando apoyo político” a su desarrollo. “Para nosotros, el decrecimiento es un crecimiento en salud”, afirma, y ve fácil desmontar el relato de los beneficios con un análisis detallado sobre la calidad del aire en los barrios cercanos al puerto. “Es como tener centrales térmicas o incineradoras dentro de la ciudad”, advierte, y no duda en calificar los cruceros de “mal negocio” para Barcelona. 

El Port reivindica que desarrolla desde hace años un ambicioso Plan de Mejora de la Calidad del Aire, para reducir “de manera efectiva” las emisiones de toda la actividad que desempeña y que, según detalla, representa el 7,6% de la concentración de NOxde la ciudad y el 1,5% de las partículas PM10. Además del acuerdo con el Consistorio sobre los cruceros, que incorporaba la aplicación de criterios de sostenibilidad en estas embarcaciones, está definiendo un mapa con zonas de bajas emisiones, las más próximas a la ciudad, en las que se limitará la actividad a los barcos de cero emisiones o que, al menos, “no superen cierto nivel de emisiones”. 

El Port promueve el gas natural licuado (GNL) como combustible, que reduce en un 85% las emisiones de NOxy elimina las de partículas y óxidos de azufre. En el año 2020, el 10% de las escalas –un total de 85– serán de cruceros propulsados con GNL. Ecologistes en Acció discrepa de que esta sea una buena solución, ya que se trata de un combustible fósil que puede generar emisiones de gases de efecto invernadero hasta un 9% superiores al uso de gasoil marino (MGO). El Port también apuesta por la electrificación progresiva, de forma que en pocos años los principales tráficos que hagan escala en Barcelona “tendrán la opción de conectarse a la electricidad” y por la bonificación de tasas, para atraer naves más limpias y eficientes energéticamente. Además, evalúa incorporar otras fuentes de suministro energético de cero emisiones y cero carbono, como el hidrógeno, el amonio y los combustibles sintéticos. 

Diversas voces creen que no basta con reducir la contaminación. Hay días en que por la ciudad pasan más de 20.000 cruceristas. Entre los meses de abril y agosto de este año, esto habrá sucedido en 20 días, con picos de más de 25.000 pasajeros, según los informes municipales de previsión de la actividad turística. Y todo ello tiene un impacto directo en la ciudad y en el día a día de los vecinos. Para Joan Itxaso, de la Associació de Veïns de la Sagrada Família, “el tema de los cruceros se ha desmadrado”. Considera que deberían estar “mucho más regulados”, empezando por la cantidad que puede asumir el puerto, que ve “sobredimensionada”, y exige poner orden a las visitas en autocar. “No pueden ir a un barrio y colapsarlo: primero es la vida del barrio y, después, el turismo”, argumenta. La basílica de la Sagrada Família recibe 4,5 millones de visitantes en un barrio de 52.000 habitantes, y el aumento de los últimos años se ha atribuido en parte a los cruceristas. Itxaso reclama un máximo de 3,5 millones de visitas. “Si no se miden los cruceristas, el barrio acabará muriendo”, advierte. 

Pere Mariné, de la FAVB, defiende que el turismo de cruceros “es uno de los que genera más problemas en la ciudad y también de los que aporta menos”, ante lo que reclama limitarlos “a un número adecuado”. Según Mariné, entre aumentar o disminuir, “está claro que hay que decrecer”, y rechaza la construcción de las nuevas terminales que Colau avaló en el acuerdo con el Port. Opina que en el mandato anterior la política municipal ha estado marcada por la “ambigüedad” sobre los cruceros, “que ha hecho que no se haya aplicado ninguna medida significativa”. 

Daniel Pardo, de la ABTS, es vecino de Ciutat Vella. “Aquí se vive en términos de invasión”, asevera, y agrega que en algunos puntos del Gòtic, alrededor del Palau de la Música y del mercado de Santa Caterina, los cruceristas actúan como si fuesen “una muralla y se hacen con el lugar”. Para Pardo, está de moda decir “cosas bonitas” sobre la emergencia climática, pero urge a actuar. Pide revertir el acuerdo “inadmisible” sobre las terminales, que ve como “una especie de condena del turismo de cruceros para la ciudad”. Reclama “hacer todo lo posible para generar espacios de consenso entre las Administraciones para cortar el crecimiento desbocado e iniciar caminos de decrecimiento” y carga contra la Autoritat Portuària, a la que reprocha que “se ha caracterizado por su opacidad”. 

LOS AVIONES, TAMBIÉN A DEBATE 

Muchos cruceristas llegan a Barcelona en avión, lo que supone contaminar más. La ciudad ha albergado en julio la conferencia Decrecimiento de la aviación, organizada por la red global Stay Grounded [Quédate en tierra], con una quincena de organizaciones. Han protestado en El Prat y han debatido medidas para frenar el uso de este transporte, como nuevos impuestos, promover alternativas como el ferrocarril e incluso limitar vuelos, aeropuertos y visitantes. Daniel Pardo, de la ABTS, defiende que el turismo “no es un derecho, sino un privilegio”, pero sí que lo es el descanso. “Para descansar no es necesario ir a la otra punta del mundo”, remarca. “El paradigma de la hipermovilidad es una elección que ha hecho el mercado porque le conviene”, concluye. 

Por: Jordi Bes 

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