Breaking News

Ocurrió en la Era



El convenio incluía detalles, guiños irrenunciables para lograr el éxito. Nada podía fallar, un error arriesgaría demasiado. La complicidad, la discreción, tenían que ser inexpugnables. Confianza e interés mancomunados. Sólo la osadía era capaz de gestar propuesta semejante y avalaba la embestida el deseo de conseguir el objetivo. 

Candidez y valentía de la mano eludían el peligro inconmensurable sin posibilidad de atenuante. 27 años con látigo y cadenas dejan huellas, atemorizan al más gallardo, también desesperan. 

En el año 1957 no había persona segura en la isla cercada por los cuatro puntos cardinales. Interregno entre la celebración de la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre y el antes del 1959, fecha que permitió la exhibición de la capacidad para la crueldad del sátrapa y su cohorte de sanguinarios e impiadosos secuaces. 

Después del boato del 1955, de la obsecuencia y genuflexión, del armiño cubriendo escotes sin frío y al mismo tiempo tiñéndose con sangre, el tufo a derrumbe acechaba, intuían conspiración por doquier. La única compensación era el terror desmedido. La represión proporcional al declive presentido. 

Entonces, en Puerto Plata, tierra sin cobardes y con valientes, esperaban la presencia del hombre. No le agradaba al déspota visitar ese reducto de desafectos. 

Desde antes de la experiencia del 1949 en la Bahía de Luperón, sabía que la rebeldía crecía entre Isabel de Torres y el Océano Atlántico. Decían que alguien le había advertido que el infortunio era amenaza en la región Norte.Con advertencia o sin ella, fue surta la fragata en el puerto. 

El gobernador había solicitado al jefe que le concediera el altísimo honor de bautizar a uno de sus nietos y el tirano aceptó para aumentar el número de compadres serviles. 

La misa previa al magno evento se celebraría en la capilla del Colegio San José, antiguo asilo regenteado por las Hermanas de los Ancianos Desamparados que se convertirían en la congregación de Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha. Todo perfecto, adecuado. 

El olor de los lirios y claveles se esparcía por el espacio, competía con la fragancia del Imperial de Guerlain. 

La feligresía variopinta, con representantes de la élite provinciana que tanto envidiaba Trujillo. Adulones, espías, matones, junto a las estudiantes uniformadas con las galas correspondientes a la excelsa presencia. El sacerdote oficiante, padre Velazco y la Madre Superiora, Sor Belarminia, tenían el guion a su cargo, diseñaron el libreto que pretendían salvífico. El momento para ejecutar lo planificado sería en medio de la solemnidad sacra. El instante estratégico: la elevación del cáliz. El cura hizo la señal convenida con el Kyrie eleison. Sonaron las campanillas, el humo del incienso se expandió por la capilla y una niña se abalanzó hacia el omnipotente. Apretando la impecable chaqueta de Rafael Leónidas Trujillo Molina, ante la estupefacción colectiva suplicó: suelte a mi papá, suelte a mi papá. 

Las campanillas dejaron de sonar, el incensario quedó sin monaguillo, “el jefe”, conturbado, preguntó ¿quién es esa niña?¡Quítenmela! Y abandonó el templo con su atónito séquito. Antes de que Velasco y la superiora se compusieran y la feligresía decidiera qué hacer, el pueblo, desconcertado, susurraba lo acontecido. 

La niña tenía 9 años. Es mi hermana Martha, su papá también el mío. La estratagema del sacerdote y la monja fracasó. Segundo Imbert Barrera continuó privado de libertad. Fue el preso político con más tiempo encerrado durante la “era gloriosa”, desde el 1955 hasta que la cobardía decidió su asesinato y el de Rafael Augusto Sánchez Sanlley, después del tiranicidio. 

Ahora que el Colegio San José celebra el cincuentenario de su primera graduación de bachilleres y el apostolado de las Hermanas Sanchinas cumple más de 100 años de existencia, es pertinente reconocer cuanto hicieron, durante la tiranía, muchos religiosos, a pesar del contubernio de la jerarquía católica con el régimen que en el 1960 denunció “llagas y llanto”. 

Hoy, cuando tantas sotanas están depreciadas, vale el recordatorio de la solidaridad, la mención de historias que la Historia no cuenta.

Por: Carmen Imbert Brugal


No hay comentarios