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Catalina: La punta del diablo



Jesús dijo: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz” (Mateo 4:22). Una verdad más refulgente que cualquier luminaria. Justamente la luz que no ha podido encender Punta Catalina a pesar del dinero obsceno derrochado en ella y los años rendidos en la incierta espera. Si Danilo Medina hubiera intuido que el precio de su ligereza iba a comprometer la ruina moral de él y sus gobiernos, no se hubiera apurado en conocer a Luiz Inácio Lula da Silva. Pero estaba tan arrobado con la ilusión presidencial que perdió el sentido político de la realidad. Subestimó la fuerza mutante de los procesos y las volatilidades del poder. Jamás pudo sospechar que ese hombre inconmovible de estatura baja, voz trepidante y carisma magnético pudiera estar hoy en la postración que se encuentra. Ahora Medina está asustado, viendo en Lula su espejo y en la reelección una puerta para armar su impunidad. 

Cuando resultó ganador de las elecciones de 2012, su primer viaje al exterior fue a Brasilia. Gobernaba entonces Dilma Rousseff, pero todavía la aureola de Lula gravitaba como pesada neblina en las alturas del Palácio do Planalto (sede del gobierno federativo). Desde su plácido retiro Lula controlaba todos los circuitos del poder y sus conexiones troncales con las grandes corporaciones del armazón mafioso que develó Lava Jato. Conocía de memoria su diagrama, sus redes y líneas de mando a través del “mecanismo” operado desde el mismo centro de Petrobras y las cajas B de las constructoras Odebrecht, Andrade Gutiérrez, Camargo Correa, Grupo OAS y otras. 

Para un Danilo Medina recién estrenado en la presidencia, inexperto, tímido y apocado, tutear a un líder sin confines, como era Lula en ese momento, suponía gozar de un trance excitante de vida, más cuando conoció su carácter sociable, locuaz y cercano. Todas las razones y fuerzas del universo convencieron a Medina de que cualquier trato aun oscuro con los gobiernos del Partido de los Trabajadores de Brasil era más seguro y firme que el Cristo del Corcovado que guarda con celo la bahía de Rio de Janeiro. 

En ese viaje Medina entregó sin resistencia su virginidad sin reparar en las secuelas, persuadido de que no había ninguna, ni el embarazo indeseado de Punta Catalina que hoy amenaza con abortar su memoria histórica. Bastaba recordar que la recomendación con Dilma Rousseff vino de la mano de otro nombre más poderoso que Brasil: Marcelo Odebrecht. Esta fue su carta de presentación y encargo: “Dada la importancia de nuestro trabajo en el país (República Dominicana), sería importante que la presidenta Dilma pueda en su próxima reunión con el recién electo presidente dominicano, fortalecer la confianza que tiene la Organización Odebrecht para cumplir sus compromisos; la provisión de, a través del BNDES, para apoyar las exportaciones de bienes y servicios de Brasil, continuando con los proyectos de infraestructura prioritarios para el país”. 

Ahí nació el germen del maleficio, como pesadilla apresada en el silencio y atestada de sobresaltos encadenados que no le han dejado recrearse ni por un segundo de su soñada presidencia. Cuando ha creído atar un revés se desamarra otro. Así, a pocos meses de pensar que el caso de los sobornos iba camino a su archivo político y que las alfombras de una segunda reelección se tendían a sus pies se desparraman las vísceras de Punta Catalina pese a todas las componendas empeñadas para esconderlas. Vuelve el hechizo a zarandear los traspatios y los demonios de Odebrecht a perturbar los sueños del presidente. 

El pecado original de Medina fue su ambición, esa fuerza ciega y contumaz que no solo lo empujó a las redes de Odebrecht sino a consentirle servilmente aquellos agrados que ningún expresidente vinculado a su trama osó permitir: establecer su centro mundial de sobornos (departamento de operaciones estructuradas) a pocas esquinas del despacho presidencial; aceptar la asesoría de Joao Santana para dos periodos; privilegiarlo como contratista del gobierno en desmedro de otras firmas locales sin considerar los conflictos de intereses implicados; pagarle cientos de millones de pesos con dinero del Estado y bajo códigos opacos de contratación, y, claro, otorgarle la obra pública más costosa ejecutada por la constructora fuera de Brasil y de toda la historia de las contrataciones públicas dominicanas, bajo el mismo formato de cooperación delictiva. 

Como señal de un designio portentoso y cuando ya en el Palacio Odebrecht era caso cerrado, una investigación de un colectivo de periodistas latinoamericanos arroja la luz que Punta Catalina no ha dado. ¡Vaya milagro! En poco tiempo este equipo de investigadores logró lo que el flamante procurador de la República Dominicana no pudo (o no quiso) en años a pesar de tener (a pedir de boca) todos los poderes, instrumentos, medios y facilidades de cooperación judicial internacional como ningún ministerio público ha tenido en la historia: ¡los sobornos por Punta Catalina! ¡Dios no duerme! 

Leo otra vez el luminoso texto bíblico: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz (Mateo 4:22). Vuelve el silencio a gotear sudores en el Palacio; se activan las reuniones secretas, las visitas furtivas del Procurador, las agendas misteriosas, los apuros de Peralta, los voyerismos del DNI, los mensajes cifrados, las consultas a puertas cerradas con los empresarios del “chucho” y las corridas sanitarias. 

Y es que lo hecho con Punta Catalina no tiene madre. Es un concierto pandillero de reparto donde participan los mismos contratistas y empresarios que hoy aúpan la reelección. Punta Catalina nunca fue pensada como obra de desarrollo, esa fue la excusa; fue el negocio político más siniestro de nuestras baratas permisiones. Una muestra a escala modesta del submundo que nos maneja, soportado por una clase política torcida, un núcleo empresarial rapaz y una cortesanía de tecnócratas prestos para certificar con dinero sucio la “pureza” hasta del mismo infierno. Ahora el tridente mítico del diablo ya no tiene tres dientes; le basta con una sola punta para aguijonear la paz de los intocables de siempre: Punta Catalina.

Por: José Luis Taveras 



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