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La República atrapada entre apetencias y rencores


Leonel Fernández, por azar de las circunstancias ascendió a la presidencia en el 1996 y, con la interrupción del 2000-2004, gobernó el país por 12 años. Desde que recibió la banda presidencial arrió las banderas sobre las que Juan Bosch había esculpido el partido que estaba llamado a completar la obra iniciada por Juan Pablo Duarte. 

Leonel Fernández, desarraigado de las décadas precedentes, convirtió la “liberación nacional” en “globalización neoliberal”, privatizó los servicios públicos y arrojo los derechos sociales fundamentales a la hoguera del mercado. 

Leonel Fernández, desde su primer gobierno distribuyó como golosinas —en las apetencias de los trepadores de su partido y de una oligarquía insaciable— el invaluable patrimonio del Estado representado en ingenios, las tierras del CEA, las empresas de CORDE, la CDE. 

Una horda depredadora de la cúpula peledeista inició el proceso de acumulación originaria —apropiación de recursos públicos, participación en los negocios e inversiones del Estado, el cobro de peaje al narcotráfico, lavado de activos y otras actividades ilícitas— más acelerado de nuestra historia, solo comparable con los 31 años de la dictadura de Trujillo. 

Para 2012, la mayoría de los miembros del Comité Político y de los altos dirigentes del peledé ya eran tutumpotes multimillonarios. Para ellos, administrar el Estado como fuente de acumulación se hizo adictivo. Esta nueva claque política entendió que el único modo de garantizar impunidad era con el control de todos los poderes del estado y, además, hacerlo por un largo periodo hasta borrar las huellas del origen mal habido de las riquezas que ostentan. Para ello se hicieron mayoría en el congreso, en la justicia y en los demás órganos del Estado. 

Danilo Medina, desde un segundo plano, durante todo el primer gobierno y hasta 2006, fue artífice y beneficiario de esa estrategia de poder implantada por el peledé. Él y sus cercanos, también hicieron un amplio proceso de acumulación. En ese año sintió estaban sentadas las bases para impulsar su proyecto personal y desde entonces se produjo una ruptura con Leonel Fernández que dura hasta hoy. 

Danilo, en 2012, terminó imponiéndose. En su afán de poder actuó sin respetar límite alguno. Heredó de los gobiernos de Leonel Fernández la sociedad con empresas delincuentes que le proveyeron recursos y asesorías a cambio del patrimonio público. Ya en el solio presidencial, Danilo Medina y su facción, profundizan su propio proceso de acumulación y de control del Estado para garantizarse impunidad. 

Danilo Medina y Leonel Fernández y sus facciones, desde hace más de una década libran una lucha casi fratricida por el control y dominio del poder político del Estado Dominicano. 

Danilo Medina, en su casi 8 años de gobierno se ha encargado de hacerse del control del partido, de generar, en base a los planes de asistencia del Estado, de una base social propia y se ha empleado en desmontar de los poderes públicos a los partidarios de Leonel Fernández y sustituirlo por favorecidos suyos. 

Danilo Medina y Leonel Fernández, como jefes de dos facciones políticas, hoy están enfrentados en un duelo por la candidatura presidencial y ambos saben que quien la obtenga, anulará para siempre al otro, no importa lo que acuerden o lo que se prometan o lo que pacten y, mientras tanto, la república es su rehén. 

Esta es la gran tragedia que hoy vivimos como nación: nos encontramos atrapados entre los odios de dos mafias políticas carentes de escrúpulos en su ambición de poder. 

El destino de la república está en manos de estas dos facciones, de sus rencores primarios, de sus apetencias insaciables. En la lucha que libran nada queda al margen, ni la Constitución, ni las instituciones, ni la aplicación de la Ley. Nada se hace en el Estado que no responda a esta confrontación destructiva: ni las políticas públicas en ejecución, ni la labor del Congreso, ni el funcionamiento de los ayuntamientos, ni la política exterior, ni la emisión de bonos y el endeudamiento, ni las decisiones del Consejo Nacional de la Magistratura y la composición de la Suprema Corte de Justicia, ni las decisiones de la Junta Central Electoral, ni de las altas cortes. 

Y mientras la república es desguazada por el partido gobernante y su lucha de facciones, una parte importante de la llamada oposición política se entretiene y ocupa en asegurarse pequeñas cuotas del “pastel”, sin distanciarse un milímetro de las prácticas y ofertas clientelares del partido oficial y se muestra incapaz de articular un proyecto político de ruptura, diferenciado sustancialmente del peledé. Es una oposición atrapada en darle continuidad a las políticas neoliberales y que no está exenta de gente al acecho para desatar sus propios procesos de enriquecimiento en base a la corrupción y la impunidad. 

La nación espera por una propuesta política trascendente, realmente alternativa y con la autoridad política y moral para emprender el proceso de reformas y transformaciones para hacer de la nuestra una república justa, democrática y soberana.

Por: Guillermo Moreno

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