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Un trapo de pueblo

Para los cercanos al presidente Danilo Medina será el “pueblo” quien decidirá, mediante otra reforma constitucional, su habilitación electoral. El mismo pueblo que, para la oposición, se opondrá a la postulación de Medina y que según Leonel Fernández aprobará su segura candidatura por el partido oficial. ¿Cuántos pueblos hay? ¿En qué estamos? 

En nuestra crónica política, “pueblo” es una noción reciclable y elástica que resiste todos los estiramientos. Es pretexto retórico; una apelación más literaria que política invocada por todo el que pretende acreditar expectativas públicas. Hoy no sabemos con certeza qué es o quién es. Podemos teorizar inútilmente y citar a Platón, Aristóteles, Cicerón, Maquiavelo, Rousseau, Hobbes, Locke, Engels o Marx. ¡Pérdida de tiempo! En democracias de facha, “pueblo” es una noción antojadiza. Barniz retórico para pintar con distintos tonos la misma demagogia. 

En la cultura electoral suele afirmarse que el pueblo es “la mayoría”, es decir un abstracto numérico, un porcentaje mecánico para validar poderes. Pero ¿cómo se construye esa mayoría? ¿Qué tan puras y legitimantes son sus “decisiones”? En un medio de corta conciencia crítica y en el que el comercio de voluntades es un mecanismo de transacción política la “deliberación popular” no deja de ser un barato teatro. Esa mayoría, artificiosa y postiza, nace de todo tipo de maniobras y constreñimientos, más cuando tiene bajos estándares de valoración crítica. 

Más que unidad política o colectivo social, pueblo es, para el científico social y político checo Karl Deutsch: “Un grupo de personas con hábitos complementarios de comunicación. (...) Lo esencial para constituir un pueblo es que sus miembros compartan una comunidad de significados en sus comunicaciones, de modo que puedan comprenderse en forma efectiva en un amplio ámbito de diferentes temas”. Esa es la visión funcionalista del concepto compartida por importantes sociólogos como el español Juan Francisco Marsal Argelet, entre otros. 

¿Tiene la sociedad dominicana de hoy una “comunidad de significados en sus comunicaciones”? Creo que ahí reside esencialmente uno de nuestros problemas orgánicos. Cierto, tenemos una cultura común que modela nuestra identidad. Nadie puede negar que bailamos merengue y bachata, comemos mangú, disfrutamos la pelota, nos gusta la juerga, somos cálidos, estridentes e informales, pero ¿hemos consolidado una “comunidad de significados” que nos interprete socialmente como visión y realidad colectivas? Debemos convenir en que no hay una perspectiva de conjunto ni una comunidad de objetivos troncales. Somos una yuxtaposición de grupos con intereses y arraigos distintos. Y no se trata de pensar de la misma manera o de tener igual nivel educativo o social, sino de construir un relato relevante como colectivo. 

Una nación es más que gente, territorio y gobierno: es proyecto de vida común sobre una visión racional de objetivos trascedentes. ¿Tenemos un sueño dominicano (dominican dream)? ¿Reconocemos un proyecto mínimo de realización individual en el sistema? ¿Sabemos lo que colectivamente somos? ¿Existe un sentido claro, común y robusto de lo que queremos? 

Debemos admitir que si en algún momento existió esa comprensión hoy está en franca disolución. Solo considerar que el futuro de las generaciones emergentes (la mayoría) descansa en la esperanza del éxodo es para reevaluar el aludido concepto. Que seis de cada diez jóvenes desearían emigrar a toda costa (si tuvieran la oportunidad para hacerlo) es un dato que si no ha despertado la alerta social es porque la colectividad no ha entendido, en su catastrófica escala, su crisis de cohesión. Un pueblo que no ha cimentado esa conciencia social pierde toda razón de pertenencia. Más que pueblo, es un agrupamiento de gente con afinidades culturales... y punto. Desde esa base, el término “nación” nos queda grande. 

Y es ahí donde las elites políticas y sociales, que son las que marcan las rutas y coordenadas, han arruinado todo buen propósito. No han podido señalar ni mucho menos construir ese ideal. Las razones están pendientes porque todavía no tenemos un verdadero enfoque autocrítico de la historia, pero se han dado todas: por inconsciencia, deserción, omisión o intereses. Creo que han concurrido todas, por una profunda crisis en las elites y el interés de estas en mantener el status quo por dominio o conveniencia. ¿Acaso no quiere la clase política contar con ese caudal de votos comprados por mil pesos? ¿Puede importarles a los núcleos dominantes un régimen de consecuencias cuando la impunidad ha sido factor de concentración de riqueza? ¿Les interesan a los oligopolios reglas claras de mercado y competencia? Estemos claros: a los que dirigen el poder les asustan los cambios, se sienten inseguros. Su discurso es falsamente optimista y eternamente conservador: “vamos bien; es cuestión de ajustes”. Se han acomodado a la desorganización porque ella les reditúa. El orden los confunde, las reglas los importunan, los reclamos los aturden. Nos venden el bienestar en paquetes de cifras comparadas para no perder el control social de la manada. 

Ese concepto político de pueblo usado por los centros de poder como corso, condón, membrete o aval es embustero. Es subterfugio, coartada y construcción virtual. Un pueblo de presencia astral en los números de las encuestas, cuya voluntad se ensambla en los laboratorios de marketing no es más que una torcida manipulación del poder. Ese no es el pueblo que merece ni aspira el verdadero pueblo. Su pueblo es otro: plástico, artificial y espurio; hechura de dominación para mantener el control de los que deciden en nombre de su trapo de pueblo.

Por: José Luis Taveras

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