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Después de la ruptura del juego democrático



Después de la ruptura del juego democrático una sociedad comienza a dar tumbos que la alejan del encuentro con ella misma. Ha sucedido en República Dominicana desde la imposición de la Constitución de 2010 diseñada por la facción leonelista dentro del PLD. 

Leonel Fernández lo hizo sustrayendo la imparcialidad de los órganos constitucionales y procurando la legitimidad democrática por medio de la exacerbación del clientelismo y la consolidación de un Estado corporativo y neopatrimonial que pocos años después su archienemigo Danilo Medina supo aprovechar. 

La zapata institucional del pacto de las corbatas azules le posibilitó a la facción danilista reconvertir el Estado y el presupuesto público, nada nuevo, en extensiones de su hambre ancestral de dinero, fama y poder. 

No se olvide que con el retorno del PLD al gobierno en el año 2004, lo muestran los estudios, se acelera la destrucción de la democracia dominicana cuyos picos se ubican en las elecciones de 2012 y 2016, siendo el último, de acuerdo con los informes de los observadores nacionales e internacionales, el que presenta mayores niveles de inequidad electoral. 

En 2020 asistimos a otro proceso comicial donde todo parece indicar que será la repetición multiplicada de las elecciones de 2016, donde más que competencia lo que hubo fue la derrota programada de la oposición marcada por la parcialización del árbitro electoral, la compra generalizada de votos y las acciones arbitrarias del oficialismo continuista. 

Una lectura desapasionada de las más recientes encuestas da para percibir la profundidad del calado de la narrativa morada en la mente pública. La gente quiere cambio pero duda que el PRM sea la herramienta para materializarlo. La explicación podría estar en la ambivalencia de la dirigencia del partido del dedo, acomodada a lo políticamente correcto y distanciada de la ciudadanía activa e independiente. 

El PRM negoció equivocadamente el lazo legal de su propia atadura, además de validar el sesgo oficialista de las instancias de imparcialidad que toda democracia requiere, le aprobó a Medina las leyes anti-ciudadanas de partido y electoral, con lo cual el danilismo logró inclinar la balanza del nuevo juego y conservar el as bajo la manga. 

No solo eso, el PRM se autoengaña persistentemente frente a la táctica peledeísta de pautar la agenda pública con los aspectos secundarios de los temas políticos. Temas espantapájaros detrás de los cuáles se va la dirigencia tanto de Luis Abinader como de Hipólito Mejía como el niño al que le ponen en la boca una chupeta para que deje de llorar. 

Expedientes de corrupción, composición de los órganos constitucionales, primarias abiertas-ley de partidos, evaluación de los jueces de la Suprema Corte de Justicia (prontuario jueza Mirian Germán y designación de un socio de Medina al frente del sistema judicial) y recientemente el arrastre de los senadores por los diputados, en todos ha ganado el PLD y ha perdido la ciudadanía, y en todos el PRM ha preferido la tangente o el camino trazado por el poder. 

Si vemos el contexto, el PLD ha sido vapuleado por la protesta ciudadana de la marcha verde, arrinconado por la explosión del escándalo de la trama Odebrecht e interrumpido por la disputa entre sus dos facciones, sin embargo, ninguno de estos sucesos ha sido enmarcado por una narrativa que tensione el dominio morado y genere cortocircuito en su relato. 

De allí el equívoco de la gramática opositora plasmado en el insuficiente avance del PRM que se queda en un 22% de simpatía popular (Gallup-Hoy) y el nulo crecimiento de los demás actores políticos, en cambio, pese al descenso, el PLD conserva un 39.4% de simpatía, suficiente para quedarse en el poder tras romper las reglas del juego democrático.



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