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Bocetos urbanos, bajo un apagón


´´Escapad gente tierna
que esta tierra está enferma´´ 

Joan Manuel Serrat. ´´Pueblo Blanco´´ 

Unido a las diarias irritaciones del caos vehicular en las calles, a la procacidad a flor de labios de choferes desconsiderados, al motoconcho bruto y prepotente carente de la más mínima civilidad; sumado al inconveniente de calles agrietadas de las que se levanta una polvareda intoxicante todos los días, y a la ola de calor brutal que se ha desatado en estos días por casi todo el país, los puertoplateños sufrimos ayer un apagón maratónico que vino a sumarse a las plagas irritantes que nos azotan constantemente. 

Fue un apagón que puso a prueba la más recia de las paciencias, y que hizo pensar a este columnista en el estoicismo que hay que desarrollar para vivir en este valle de torturas que es este país. 

Mientras sufría con mi familia el inconveniente del apagón de ayer, que para colmo fue de noche, mientras nos alumbrábamos con una simple vela, buscando el alivio al calor en una brisa que descendía de la montaña, pensé en todas esas torturas que tiene que sufrir la gente en nuestro país y que hacen que el dominicano común viva en un estado de desgano, de irritabilidad constante, de depresión que lleva a muchos al alcoholismo en no pocas ocasiones al suicidio. 

Pensé que ese apagón no era más que otro mal que venía a sumarse a los otros males que tenemos que sufrir los dominicanos: al temor de ser asaltado al llegar a nuestros hogares; al de ser agredido por un ´´desaprensivo´´ (eufemismo por un antisocial) que descarga sobre un ciudadano su frustración por el simple roce a su vehículo; al temor de no poder financiar la debida atención médica a un miembro de nuestra familia porque la salud en este país de mierda es una mercancía y no un derecho; al temor de tener nuestro teléfono intervenido por una Gestapo gubernamental que no tolera la disidencia. 

En todo esto pensaba anoche, mientras sufría la tortura de un apagón y mientras la lluvia golpeaba las calles del barrio Montemar. 

Recordé que dos días antes, al final de una clase que dicto en la Universidad Dominicana O & M, una de mis estudiantes, al enterarse que viví largos años en Estados Unidos, me preguntó asombrada por qué había regresado a mi país. 

Fue entonces cuando comprendí lo que vienen revelando encuestas y estudios recientes que revelan que la mitad, o tal vez más, de los dominicanos quieren abandonar su tierra y probar suerte en otras naciones donde se respetan los derechos humanos fundamentales que deben prevalecer en toda sociedad civilizada. 

Comprendí entonces que la patria no está constituida tanto por la lealtad al territorio geográfico donde uno hace sino por la lealtad a principios como el derecho a la dignidad, a una alimentación sana, a un trabajo decente, a una justicia independiente y a un clima de paz. Y el estado casi policíaco en que vivimos no está garantizando esos derechos.

Por: Felipe Kemp


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