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Nuestra deficiente democracia

Si la democracia, según una frase ya manida de Abraham Lincoln, es ´´el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo´´, entonces en nuestra pateada república o no existe la democracia o es muy endeble y deficiente. 

El pueblo es, simplemente, esa legión pasiva de pendejos que han sido convertidos, según la larga tradición autoritaria de nuestros verdugos en el poder, en meros espectadores, en entes pasivos que no deben tener la menor incidencia en las decisiones que toma una cúpula que ha convertido la política en el negocio más rentable. 

Según esta cúpula, al pueblo hay que mantenerlo ignorante, embriagado, enreguetonado, sometido al vicio del juego y distraído para que no piense mucho y no se dé cuenta de la verdadera realidad del país. 

Según un miembro de esta cúpula, de cuyo nombre no quiero acordarme, ese pueblo, esa chusma que solo produce votos, no ´´sabe conceptualizar´´, y como no sabe, no debe interferir en las altas decisiones de estado. 

Es esta visión elitista de la administración del estado las que nos tiene empantanados en el atraso. El pueblo sí sabe lo que quiere. Quiere menos ladrones en la administración pública, quiere más seguridad, mejores salarios para mantener a sus familias y mejores oportunidades de trabajo. 

Pero hasta ahora no ha aparecido una administración que vea al pueblo como el empleador a quien hay que responderle. Mientras un López Obrador, en México, da ruedas de prensa casi diarias, mientras da la cara, sin temor a las preguntas de una prensa que lo escrutina constantemente, tenemos un presidente que no habla, que se dirige al país solo cada 27 de febrero, en un despliegue de retórica propagandística con la que pretende convencer a los incautos de que vivimos en el mejor de los países, y que, por consiguiente, su continuidad en el poder es imprescindible. 

En la visión de nuestros mediocres legisladores, el pueblo es como esa ramera que debe ser fornicada incansablemente y quien, después del acto, debe conformarse con una miseriosa paga que le da de mala gana el fornicador. 

No acabamos de entender que no puede haber verdadera democracia en un sistema como el nuestro en el cual la acumulación desmedida de poder ha llevado a nuestros presidentes, desde Trujillo hasta nuestros días, a comportarse más como monarcas que como hombres que deben responder a los reclamos del pueblo que los llevó al solio presidencial. 

En nuestra deficiente democracia, el presidente otorga permiso a un profesional para que ejerza su profesión, nombra al procurador general de la república, preside el Consejo Nacional de la Magistratura, y acumula otros poderes que terminan obnubilándole la razón y haciéndole creer que sin él el país se hunde. 

Y Mientras en otros países expresidentes han terminado con sus huesos en la cárcel por cometer actos de corrupción, aquí se sigue reverenciando al presidente como si fuera una especie de semidiós inalcanzable que no debe ser nunca tocado. Todavía quedan resabios del trujillismo en el lenguaje que utilizan algunos periodistas y dignatarios para dirigirse al primer mandatario de la nación. 

El presidente sigue siendo para muchos, el ´´excelentísimo presidente´´ y no simplemente ´´el señor presidente´´. Es como si se quisiera rodear al presidente de una especie de aura real con este calificativo. 

Desesperada por la inhabilidad de nuestros partidos políticos para resolver los principales problemas que nos agobian como nación, y frustrada por la profunda crisis moral por la que atravesamos, mucha gente habla de la necesidad de un ´´hombre fuerte´´ que encamine el país hacia un mejor derrotero. Pero los hombres se van y las instituciones quedan. 

Nuestra caricaturesca democracia necesita de una profunda transformación institucional para evitar la desproporcionada acumulación de poder en pocas manos, para que ningún hombre, incluyendo al presidente, se crea por encima de la ley, para crear un sistema judicial con jueces que no respondan a intereses políticos, sino a un apego innegociable a la ley y para crear un congreso integrado por hombres que no sean simples súbditos del presidente de turno, sino del pueblo que los llevó a sus puestos. Solo entonces podremos hablar de democracia. 

Por: Felipe Kemp

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