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La contrarrevolución del Pato Donald


A principios de la década de 1970, Estados Unidos diseñó una crisis económica en Chile para desestabilizar el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende. Allende había nacionalizado la industria del cobre y estaba colocando al país en la senda del socialismo. El plan de Washington, en palabras del presidente Nixon, era “hacer que la economía grite”. Se paralizaron los créditos del Banco Interamericano de Desarrollo, no llegaban los repuestos de las máquinas industriales de EE.UU., y la CIA financió una enorme huelga de camioneros. Durante ese “bloqueo invisible”, algunas materias primas extranjeras sí que consiguieron entrar en Chile: equipamiento militar para los golpistas del ejército, como es lógico, pero también cultura de masas: programas de televisión, anuncios y revistas, incluido el cómic de aventuras de Mickey Mouse y el Pato Donald. 

Supuestamente, los cómics de Disney afirmaban tener un millón de lectores en un país de casi diez millones de personas. Para el intelectual chileno Ariel Dorfman y para el sociólogo belga Armand Mattelart, esa hegemonía cultural debía ser contrarrestada. Y por ese motivo escribieron Para leer al Pato Donald: ideología imperialista en los cómics de Disney. Su argumento, que ofrecen con rigor e irreverencia, es que la inofensiva diversión de Mickey y Donald está cargada de pensamiento contrarrevolucionario. La recientemente creada editora nacional Quimantú (“sol del saber” en la lengua indígena de los mapuches) publicó Para leer al Pato Donald en 1971. Fue un éxito de ventas total y se tradujo a más de una docena de idiomas. John Berger lo calificó como un “manual de descolonización”. 

Dorfman y Mattelart no atribuían a Walt Disney motivaciones conspiratorias, Para leer al Pato Donald es una obra de crítica ideológica: te dice lo que los cómics no saben que dicen. La ausencia de padres y madres en el universo de Disney (solo hay tíos, tías, sobrinos y sobrinas) sirve para naturalizar las formas de autoridad, porque el sobrino no puede desafiar a su tío de la misma manera que un hijo puede hacerlo con su padre. La búsqueda de dinero es la responsable de muchas de las desgracias de Donald, pero Dorfman y Mattelart destacan que no se produce ninguna ocupación de la clase obrera en Patolandia, donde vive Donald, y por eso “se incorpora la riqueza a la sociedad mediante el espíritu” en lugar de mediante la explotación del trabajo. Canalizando las ideas de Adorno y Horkheimer sobre la industria cultural, sostienen que el problema con el mundo de fantasía de Disney es que reconcilia de forma errónea los antagonismos entre hijo y padre, capital y trabajo: “Cada uno de estos antagonismos, puntos neurálgicos de la sociedad burguesa, queda absorbido al mundo de la entretención [sic] siempre que pase antes por la purificación de la fantasía”. 

Otra de las contradicciones que disimula el Pato Donald es la del colonizador y el colonizado. Un 47% de los cómics que estudiaron los autores presentan enfrentamientos con “buenos salvajes” en países como Inestablestán y Aztecland. Lo más siniestro es lo que sucede cuando llegan al país. Después de ahuyentar a los estafadores disfrazados de conquistadores españoles, Mickey y su banda reciben como ofrenda rangos en el ejército de una tribu indígena; a cambio, Mickey recompensa a la tribu con “el derecho para vender sus bienes en el mercado extranjero”. Es como si recibiera órdenes de la política exterior estadounidense de posguerra, que por aquel entonces estaba interesada en acelerar el declive de las potencias europeas en favor de un sistema de mercados libres dominado por Estados Unidos. Otra de las tiras presenta una banda de revolucionarios parecidos a Fidel Castro que secuestran a nuestros héroes. El Pato Donald anhela que les salve “la buena y vieja armada, símbolo de la ley y el orden”. El marco analítico en este caso es profético: el trato benevolente que da Donald a sus amigos infantilizados del Tercer Mundo es “convencerlos de que no todos los patos (blancos) son malos”, como sostienen los autores, en una frase que podría haberse escrito ayer. Este es un análisis marxista que surge de mayo del 68: se reconoce a las relaciones sociales como algo más que la relación entre salario y trabajo: familia, sexo y raza giran en torno a la superficie de las cosas.

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