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Solo el PLD derrota al PLD



En su ensayo sobre la destrucción de la experiencia Agamben plantea que las dos concepciones predominantes sobre la historia en occidente han sido la lineal y la circular provenientes la primera del cristianismo y la segunda del materialismo. El Caribe ha sido hasta nuestros días un territorio mítico que aunque sujeto a las tradiciones de la narrativa cristiana no dejan de aparecer en su archipiélago fragmentos circulares de textos que nos hablan permanentemente de lo que somos. 

El enunciado “Solo el PLD derrota al PLD” evoca un presente que aguijonea nuestra memoria dejándonos la sensación de que en algún momento ya lo habíamos vivido. Este sería un devenir circular del tiempo histórico en el Caribe dominicano. 

La frase fue acuñada en un periodo de gran conflictividad dentro del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), organización política de la que surgió el PLD, tras su llegada al poder en 1978 y sus posteriores canibalismos durante la década de los años ochenta. 

Una cronología descriptiva de las circunstancias económicas y políticas que provocaron la pérdida del poder del PRD se encuentra detallada en tres artículos publicados por Ignacio Nova en el periódico Listín Diario entre el 14 y el 28 de octubre de 2010 precisamente bajo el título: “Solo el PRD derrota al PRD”, frase popularizada por su máximo líder José Francisco Peña Gómez. 

La proposición denota la fuerza que había acumulado el partido blanco fruto del respaldo de las masas populares timoneadas por Peña Gómez y a la vez el desgaste y el debilitamiento resultantes de la confrontación interna entre sus principales dirigentes y tendencias, situación que suele atribuirse al caudillismo, la miseria ideológica y el hambre de poder personal. 

Las batallas internas y las sucesivas divisiones entre Antonio Guzmán, Jorge Blanco y Jacobo Majluta con Peña Gómez en el medio facilitaron el nuevo ascenso de Balaguer al gobierno en 1986 y el del PLD una década después. La última vuelta del PRD al poder con Hipólito Mejía al frente entre 2000-2004 y la expulsión de Hatuey De Camps al final del periodo era ya narración repetida que al poco tiempo en el caso de la disputa con Miguel Vargas retornó bajo una de las categorías dantescas de la historia. 

Ahora se presenta el caso del PLD que aunque distinto al del PRD ejerce un poder inconmensurable que le ha permitido dominar todas las esferas de la vida pública dominicana tras derrotar a sus oponentes en cinco contiendas electorales consecutivas. 

Es cierto que el dominio peledeísta tiene diferentes bordes, algunos lo asocian a la bonanza económica y el progreso que sus gobiernos han traído al país unido al sentido de cuerpo unificado de sus principales dirigentes. Otros a una política patrimonial y clientelar sin comparación que se ha aprovechado de la cultura autoritaria, la debilidad institucional y la corrupción administrativa. 

Ambas vertientes tienen en común la incapacidad de los adversarios como condición de posibilidad del poder peledeísta. De allí que el sentido común haya comenzado a sentenciar que solo el PLD derrota al PLD aplicando la circularidad del enunciado referente al ascenso y declive del PRD. Sin embargo, contra el sentido común, pienso que el PLD no derrotará al PLD no solo por la imposibilidad de la repetición de la experiencia en el mundo contemporáneo como señala Agamben, sino por el tipo de subjetividad y de régimen político que han emergido a partir de la biopolítica morada en el (con) texto dominicano del siglo XXI. 

La hipótesis de que solo el PLD derrota al PLD se sustenta en una potencial ruptura entre Danilo Medina y Leonel Fernández dado el supuesto de que el primero imponga al segundo una nueva repostulación presidencial rompiendo el acuerdo firmado entre ambos jefes de facciones a propósito de la reelección danilista de 2016. 

Ríos de palabras van y vienen sobre esta doble suposición para terminar explicando la contradicción en términos de la repetición de la experiencia del PRD en el PLD. ¿Estamos destinados a la circularidad del eterno retorno de lo mismo? Creo que no. Los proyectos políticos a largo plazo de Bosch y Peña Gómez apelan a coordenadas diferentes de la historia y de la democracia y esto en mi perspectiva constituye el nudo principal de la cuestión. 

Aparte de simbolizar dos personajes formados en el lenguaje boschista, es decir, en la historicidad de un partido modernista fundado para completar un pasado imposible (“Completar la obra de Juan Pablo Duarte”), y forjado en un totalitarismo (“Sacar a las masas populares de su enajenación para conducirlas a la plenitud de la reconciliación de la sociedad con ella misma”), Leonel Fernández y Danilo Medina encarnan dos grupos cuya vigencia deriva más que de la seducción, en el sentido que Baudrillard le asigna a esta palabra, del control del presupuesto público y del aparato estatal. 

Por otro lado, una lectura detenida de la Constitución de 2010, suscrita en el nombre y la sustitución del pueblo, deja claro que transitamos un proyecto biopolítico que excluye la posibilidad de que las mayorías sociales gocen de las suficientes libertades creativas como para configurar desde la justicia sus modos material y existencial de vida. No hay que sorprenderse entonces que más de la mitad de la juventud dominicana albergue el deseo de emigrar del país. 

De complemento tenemos la reciente ley de partidos políticos y el proyecto de normativa electoral negociados entre Danilo y Leonel con el sello del principal partido opositor. Vistas en conjunto las dos piezas legislativas, además de que buscan impedir la ruptura entre sus dos grupos, expulsan la ciudadanía de la comunidad política, refundan un bipartidismo en el que solo venza el mismo bando y le cierran el paso jurídicamente a un virtual outsider que pudiera atentar contra la estabilidad del sistema. 

Estos hechos significan discontinuidad del presente con relación al pasado inmediato, lo que en términos agambenianos podríamos llamar la destrucción de la experiencia democrática dentro de la democracia bajo el influjo de una política que ha edificado un orden completamente nuevo, en este caso un orden biopolítico en el cual el PLD no solo controla y programa la forma y el fondo de lo que políticamente pensamos y hacemos, sino también la calidad del aire que respiramos, la salud o la enfermedad según la clase social y niveles de ingreso, la estética representativa del pueblo dominicano; el arquetipo de la pareja, la familia y las relaciones interpersonales, lo que es y no es delito, nuestras creencias y religiones, los conocimientos alcanzables y el futuro que podríamos soñar. Este nuevo orden haría real la novela de Hoellebecq La posibilidad de una isla. 

Siendo así una discusión sobre el cambio político cimentada en el supuesto de una fractura entre las facciones de Danilo Medina y Leonel Fernández pierde todo sentido dado que aunque esa sea una eventualidad lo más importante es que uno y otro forman parte indisociable del algoritmo constitutivo del nuevo orden biopolítico realmente existente. 

En clave mundana Medina y Fernández son artífices de la consolidación paradójica de la ideología boschista y neoliberal que ensambla el ethos dominicano de la primera mitad del siglo XXI cuya inmanencia requerirá constantes negociaciones desde arriba que serán mediadas contingentemente por estos dos personajes. 

Dicho de otra forma, aun rompiendo ellos seguirían siendo aliados políticos en la retención del poder impensable del uno sin el otro, ya esto sucedió en el debate de la ley de partidos y las primarias abiertas, sus opositores atizaron la enemistad de la que emana el marco de la política partidaria negociando con Danilo para derrotar a Leonel pero a fin de cuentas fortaleciendo al PLD. 

Disputar ese marco implica desbordar la imaginación del lenguaje peledeísta desde otra política, en este caso afianzada en los sedimentos históricos de la lucha peñagomista por la democracia, la cual, no ingenuamente, los sucesivos gobiernos de Fernández y Medina han intentado borrar con la colaboración consciente o inconscientemente de muchos de sus adversarios.


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