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Lo que la Marcha Verde nos dejó


Un movimiento social puede pensarse desde distintas perspectivas pero al final serán los resultados políticos concretos lo que hablarán de su impacto en una sociedad dada. 

A dos años de la irrupción espontánea de la marea verde el 22 de enero de 2017, provocada por la explosión del escándalo de corrupción de los sobornos de Odebrecht y bautizada como Marcha Verde por un conglomerado de actores sociales y políticos, algunos activistas celebran el onomástico destacando entre sus principales logros el aumento de la conciencia ciudadana sobre los daños de la corrupción y la impunidad, la reafirmación y la ampliación del compromiso de un mayor número de personas con una sociedad mejor y la significación positiva del movimiento de protesta para los procesos de lucha por venir. 

Sin ánimo de aguar la fiesta hay que decir que esos logros son sino imposible muy difícil de medir y que, en todo caso, los puntos de partida para una evaluación revestida de rigurosidad son las metas que el conjunto de actores asumió como la razón de ser del movimiento verde: cárcel para todos los involucrados en los sobornos, devolución del dinero robado y salida del país de Odebrecht. No hay que ir muy lejos para comprobar que ninguna de las tres cosas ha sucedido. 

Mientras tanto, más que aprovechar el momento para crecer en el análisis y la responsabilidad ética frente al resultado de nuestras acciones, persistimos en escurrir el bulto en vez de meter el bisturí allá adonde se esconden las limitaciones que provocan nuestras constantes derrotas en la lucha por la democratización real de nuestra sociedad. 

Sin asumir la acción y el pensamiento como parte de un proceso que nos confronta con nuestras propias debilidades y fortalezas, difícilmente podamos salir del facilismo y la ensoñación de ver avances adonde hay retrocesos. 

La retirada de la marea verde nos dejó en la puerta la amenaza de una nueva reelección de Danilo Medina, principal armador de la trama Odebrecht en nuestro país, la atomización y la división de varias organizaciones progresistas, la multiplicación inconexa de microproyectos electorales, el alejamiento y la desconfianza de importantes segmentos de la clase media, el residuo de aparatos asamblearios de decisión reducidos a un puñado de militantes y una gran nostalgia de lo que pudo ser y no fue. 

En caso de que no fueran temas para llamarnos a la reflexión sobre nuestras prácticas políticas tenemos en nuestras narices el peor de los resultados posibles: el desplazamiento del único proyecto progresista que en la última década había alcanzado un cierto posicionamiento forjado con la participación independiente en tres procesos electorales consecutivos, el proyecto de Alianza País y Guillermo Moreno que en este momento se encuentra muy por debajo en la simpatía popular del proyecto neofascista de Ramfis Trujillo. 

Esto debería ser más que suficiente para dejar a un lado el infantilismo político y afrontar con responsabilidad ética y voluntad de cambio los grandes desafíos que se nos presentan a las nuevas generaciones en esta segunda década del siglo XXI. 

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