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La ausencia de un verdadero Plan de Desarrollo Urbaano para Puerto Plata

Si fuera alcalde de Puerto Plata sentiría lo que en buen dominicano se llama vergüenza ajena. No me sentiría orgulloso de una ciudad donde impera el desorden, donde una buena parte de las calles están deterioradas por falta de mantenimiento, y en donde la basura se desparrama de contenedores para ofrecer un espectáculo mugriento y pestilente. 

Me sentiría orgulloso, en cambio, de una ciudad limpia en su mayor parte y con contenedores más pequeños para evitar el deplorable espectáculo de basura acumulada por días sobre aceras y esquinas. Pero la estrategia de la privatización es, precisamente, esa: el estado dejar de poner los suficientes fondos para resolver un problema, lo cual lleva a ofrecer a ofrecer un servicio deficiente, en este caso por parte del cabildo, para argumentar luego que hay que privatizarlo para hacerlo más eficiente y empezar a cobrarle cuotas exorbitante a la población. Ya lo han hecho con el agua. El próximo paso será la privatización de la basura. No sé qué compañía lo hará, pero quien consiga el contrato se frotará las manos de alegría. 

No me sentiría orgulloso de una ciudad exclusiva, donde lo mejor de todo es para los extranjeros porque traen los codiciados dólares y donde los peor es para nosotros los del solar. Me sentiría orgulloso de una ciudad inclusiva con un transporte eficiente y cómodo para todos, extranjeros y locales, y no esa plaga de motoconchos agresivos y vulgares, violadores de las más elementales reglas del buen conducir, y que andan siempre con el insulto a flor de labios para todo aquel que se le interponga ligeramente en su espacio. 

No podría sentirme orgulloso de una ciudad cuyas calles están cada vez más saturadas de vehículos cuyos conductores no demuestran la más mínima cortesía hacia el peatón, el cual cruza las esquinas con los ojos azorados por el espanto y el temor de ser arrollado en cualquier momento por un conductor bruto y agresivo. Me sentiría orgulloso de una ciudad con un buen sistema de señalización y con un flujo ordenado en su tráfico, no de una ciudad donde a diario vemos ejemplos de conductas anárquicas y autoritarias: en el motoconcho que se sube a la acera cuando el tráfico está congestionado, en el chofer que estaciona su vehículo en la acera sin que nadie se lo impida, en el individuo que pone un puesto de venta en cualquier espacio público, o en el troglodita que calibra su motor porque no tiene otra manera de hacerse notar. 

Son las conductas anteriores las que hacen de Puerto Plata una ciudad estresante e incómoda para el que tiene que transitar sus calles ya sea en vehículo o a pie. Esa es la que he llamado en otro artículo, la otra Puerto Plata, la que no ven los turistas, y si la ven, la ven fugazmente desde el interior confortable de sus guaguas. 

El resto de nosotros tiene que enfrentarse a esa realidad soez que ofrece la cotidianidad de Puerto Plata, una realidad sin maquillaje que no es la de la ciudad inmaculada que aparece en las tarjetas postales. Esa Puerto Plata que se promociona para turistas es solo una parte de la realidad. La otra es ignorada por las autoridades.
No me sentiría orgulloso de una ciudad donde apenas existen buenos lugares de recreación públicos, donde las familias puedan llevar a sus niños a recrearse y donde el ciudadano común pueda ir, al final del día, a olvidarse de las tensiones cotidianas. 

Estos lugares existen en otras provincias; en contraste lo que predomina aquí es el colmadón estridente donde se consume el alcohol de manera olímpica y en donde en cualquier momento puede explotar violenta la trifulca que ya hemos visto en las redes sociales. 

No me sentiría orgulloso de una ciudad sin una verdadera biblioteca pública donde exista un archivo que preserve la memoria histórica de la ciudad y donde cualquier ciudadano pueda ir a conversar, a través de la lectura, con las grandes mentes que ha producido la humanidad. 

Puerto Plata necesita ser repensada y rediseñada como ciudad. Pero para eso se necesita un alcalde y un cabildo que tengan una estrategia, una visión general de desarrollo. Todo empieza con una visión clara de cuál es el objetivo que se quiere alcanzar y lo que ha predominado en Puerto Plata hasta ahora es la inmediatez y no el diseño de políticas públicas que beneficien a todos y no exclusivamente una élite. 

Por: Felipe Kemp

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