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¿El fin de la larga noche peledeísta?



La larga noche peledeísta que ensombrece el futuro dominicano no da señales de conclusión. Todavía hemos de esperar los aletazos propios del final de una era política. 

Desde el pacto de 1996 entre boschistas y balagueristas, nuestro país atraviesa una era conservadora y autoritaria de larga duración semejante al bonapartismo de los 22 años de Joaquín Balaguer, divididos en 12 de exterminio de la juventud revolucionaria de posguerra (1966-1978) y 10 de sedimentación del racismo antihaitiano (1986-1996). 

La era de 20 años del pld incorpora la condensación posterior de ambos momentos afincados por un lado en una política necrófila aplicada a la juventud de los sectores populares, donde dar la muerte desde el Estado se justifica sobre la base de la guerra contra la delincuencia común, siendo los mecanismos de exterminio ejecuciones extrajudiciales similares a los del Balaguer de los 12 años. Por otro lado se acude a la isla al revés para implantar un Estado de terror contra lo negro-haitiano confinando todo aquello que nos conecta con los derechos humanos, la democracia y la ciudadanía como pilares fundamentales de la política peñagomista del combate al autoritarismo y el continuismo de un caudillo en el poder. 

La más acabada expresión resultante del pacto de los rencores de 1996 la constituye el grupo danilista que en dos períodos consecutivos de gobierno (2012-2016, 2016-2020) se ha encargado de sepultar políticamente a Leonel Fernández, quien había sentado las bases del dominio peledeísta con la promulgación de la Constitución de 2010. El nuevo marco institucional le sirvió a Medina para derrotar a Fernández tanto al interior del pld como en la pugna por el control de los órganos reguladores del Estado. Los hitos de la derrota leonelista se remontan al último congreso partidario Norge Botello y a la reciente reconfiguración del árbitro electoral y las altas cortes. 

Para esto último resultó determinante el tránsito de un equipo especializado de abogados acólitos de Leonel Fernández y Miguel Vargas unos y aliados de Guillermo Moreno y de la sociedad civil otros a las filas danilistas. Uno de los casos más conspicuos corresponde al del pretérito leonelista Flavio Darío Espinal cuyo protagonismo en el golpe constitucional de 2010 por medio de una asamblea revisora controlada por Fernández, unido a su rol de intelectual mediático y renombrado profesor de derecho, sirvieron al danilismo para rearticular sus relaciones con sectores relevantes de la sociedad civil organizada al punto que el exembajador en Washington aparece hoy no como el instrumento de Medina para encabezar la Suprema Corte de Justicia y con ello salvaguardar el blindaje jurídico y la impunidad del grupo gobernante, sino como el candidato de varias ONG´s, sectores de la sociedad civil y connotados abogados autosituados en instancias de imparcialidad que, según propagan, en manos del jurista y académico se garantiza una justicia independiente. Con maniobras de prestidigitación política como esta es que Danilo Medina se ha convertido en dueño absoluto tanto del partido hegemónico como del Estado. 

Es importante subrayar que aunque la reconquista danilista ha pasado por momentos de altas y bajas, en todas las batallas a las que se ha enfrentado desde que llegó al gobierno ha salido airoso: una primera reelección, las recomposiciones de (Cámara de Cuentas, Junta Central Electoral, Tribunal Superior Electoral, Tribunal Constitucional), la aprobación de la ley de partidos y las primarias abiertas, faltando solo por coronar la Suprema Corte de Justicia. La magia del danilismo ha estado en hacerle creer a los principales opositores que todas esas batallas han sido ganadas por ellos. Así han defendido desde la reconfiguración de la JCE y las altas cortes hasta la aprobación de una ley de partidos inconstitucional como logros propios. 

Momento de debilidad 

El momento de mayor debilidad del danilismo sin dudas ocurrió en 2017 durante los meses de la Marcha Verde por el fin de la corrupción y la impunidad a propósito del destape del escándalo de corrupción de Odebrecht. El dislocamiento gubernamental se hizo evidente dada su incapacidad de dar respuesta a la gente en la calle y su demanda de justicia debido a que, según los informes provenientes de Brasil, en la trama internacional de sobornos para la asignación de obras públicas estuvo involucrado el Presidente y sus colaboradores más cercanos. Tanto así que Medina instaló en el mismo Palacio Nacional la oficina internacional de sobornos de la multinacional brasileña. 

Frente a su debilitamiento Danilo Medina jugó al tiempo como jugaba Balaguer para disminuir la energía de la protesta social a la vez que, también herencia de la escuela balaguerista, penetraba y cooptaba una parte de las cabezas influyentes en el movimiento verde. 

El danilismo logró así que en su momento pico la Marcha Verde no exigiera la renuncia del presidente de la república por ser el principal responsable de los sobornos de Odebrecht, para ello se valió de su dominio de los principales medios de información dando protagonismo a destacados líderes de opinión y voceros del movimiento para que hablaran en los términos de la política, el lenguaje, la estética, las demandas y los métodos de lucha concebidos, diseñados y programados desde la Diape y el Palacio Nacional. En ese marco la Marcha Verde sería presa fácil del poder danilista hasta convertirla en un movimiento inocuo, dócil y subordinado a la estrategia discursiva gubernamental. 

La subordinación y en consecuencia el desgaste y el reflujo del movimiento ciudadano por el fin de la corrupción y la impunidad dieron lugar a las aguas apacibles que posibilitaron la reanimación del presidente Medina solo tocado por la punta de la marea verde ya en retirada y la huelga regional episódica de las 14 provincias del Cibao del 29 de octubre del pasado año. 

La arremetida oficialista 

El último trimestre de 2018 fue aprovechado entonces para la arremetida oficialista que buscaba poner de nuevo a Medina a la ofensiva y en el centro del tablero político. Apertura sorpresa de relaciones diplomáticas con China, nexos con el gobierno de Donald Trump, ruptura con la revolución bolivariana, rearticulación con las familias oligárquicas y el gran empresariado, limpieza de comunicadores críticos y rediseño del mapa mediático, tope al repunte de Leonel Fernández, cercanía y condicionamiento a la cúpula del principal partido de oposición, reconciliación con actores de la sociedad civil, recuperación ilusoria del bipartidismo, recomposición del Tribunal Constitucional y la Suprema Corte de Justicia, venta de Punta Catalina, congelamiento del expediente Odebrecht y lanzamiento de la segunda reelección. 

Con el trazado de esa ruta política entramos al año 2019. Un Danilo Medina recuperado, un Leonel Fernández tratando de sacar la cabeza con un techo predeterminado por el Estado y una oposición tirando patadas voladoras y más dispersa que nunca tanto en lo organizativo como en lo narrativo. 

A un año de las próximas elecciones la sociedad respira desconcierto y perplejidad, se repite la historia de la recompra de legisladores al triple del precio anterior para aprobar la segunda reelección presidencial en el Congreso y se hace patente el abismal desbalance institucional entre el candidato presidente Danilo Medina y la posibilidad del cambio político mediante elecciones libres, equitativas y transparentes como manda la Constitución. 

En tal contexto el reto que afronta el pueblo dominicano sigue siendo el de derrotar el continuismo avasallador de Danilo Medina y el PLD, hoy más fusionado a los poderes oligárquicos, militares, religiosos, transnacionales y de hombres cúpulas de la sociedad civil que sirven de correa de trasmisión a las pretensiones continuistas por medio de un nuevo pacto desde arriba que sería una repetición de las experiencias frustratorias del Pacto por la Democracia (1994), el Pacto de las Corbatas Azules (2009), o la experiencia desmovilizadora de las energías ciudadanas reunidas en torno al movimiento del 4% por la educación (2012). 

Salir de la encrucijada 

Como hemos reiterado, salir de esta encrucijada implica un acuerdo político entre la pluralidad de los actores de la oposición democrática que tenga en el centro el rol estelar de la ciudadanía libre e independiente de los partidos políticos, y que priorice la articulación en redes horizontales programadas con el objetivo central de desplazar del poder al grupo danilista abriendo las compuertas de la democracia de calle. Para esta gran tarea tenemos que utilizar de manera eficaz las herramientas políticas de la sociedad del espectáculo, competir por la data y la información de calidad y adentrarnos en el mundo de la tercera revolución tecnológica. 

El momento exige una propuesta compartida para reformular las reglas del juego político superando la declaración de intenciones y la búsqueda de culpables ante una justicia secuestrada. El horizonte de esta propuesta tiene que expresar la diversidad de los grupos que componen el mapa político actual, en especial de los que integran el gran conglomerado de los desilusionados. 

Este es el camino para desactivar la desilusión: forjar un proyecto político donde la palabra cambio sea más que una voz formal carente de emoción y de sentido. Por eso el imperativo de abrazarnos en un gran frente político con horizonte democrático, que entienda la corrupción y la impunidad como dispositivos del poder y que se presente frente a las grandes masas populares decidido a poner fin a la larga noche peledeísta extirpando de una vez y por todas los tumores cancerosos que corroen nuestra convivencia social.





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