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Bolsonaro, comienza la era del Donald Trump tropical



Con la posesión del mandatario como presidente de Brasil comienza el giro de ese gigante hacia una política sazonada de gritos, insultos y medidas retardatarias. El mundo lo mira con asombro y miedo. 

Bolsonaro llegó a la presidencia de Brasil y como se esperaba lo peor de él, lo poco que ha hecho en estos meses previos a su posesión no ha caído más mal, entre quienes lo critican, que su propia elección. 

Cuando Brasil regresó a la senda de la democracia, en 1985, la gente salió a celebrar el final de dos décadas de dictaduras militares. Hoy, sin embargo, los hijos y nietos de esos manifestantes están en las calles, pero para celebrar la llegada al poder de un excapitán de paracaidistas que solo les critica a los generales haberse quedado cortos en asesinar izquierdistas. 

“¡Habría que matar incluso al presidente Cardozo!”, gritaba en 1993 el joven diputado Jair Bolsonaro en una entrevista por televisión. Acababa de ganar su primer cuarto de hora de fama al plantear la necesidad de cerrar el Congreso. “¡Estoy a favor de una dictadura. Nunca resolveremos nuestros graves problemas nacionales con esta democracia irresponsable!”, dijo desde el podio de los oradores. Los periódicos nacionales se burlaron, y uno publicó una caricatura suya disfrazado de dinosaurio. 

Pero semejante exabrupto no le salió tan mal, a juzgar por las cartas a los diarios y los telegramas de apoyo de los que alardeaba. Tanto así, que algunos vieron en esa salida casi folclórica una señal de alarma. El diario The New York Times publicó un artículo sobre él, y el autor hizo una reflexión que hoy suena profética: “Cualquier idea de restaurar un régimen militar (en Brasil) solamente sería posible con un sólido apoyo popular”. 

En esa época la idea sonaba delirante, pues la democracia brasileña florecía con apoyo, cómo no, de los propios militares. Bolsonaro siguió en una relativa oscuridad. De hecho, en sus 26 años en el Congreso nunca dejó de ser un personaje de segunda línea. Ni siquiera lo respaldaba una actividad parlamentaria provechosa: presentó muy pocos proyectos, casi todos de poca o ninguna relevancia. En realidad casi a nadie se le ocurría considerar seriamente que ese personaje pudiera llegar al palacio de Planalto. 

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No contaban con la capacidad del sistema político brasileño para autodestruirse. En 2002 llegó al poder tras varios intentos el exobrero metalúrgico Luiz Inacio Lula da Silva, al mando del socialista Partido de los Trabajadores, y encabezó un proceso que el mundo llamó el Milagro Brasileño. A lo largo de sus años en el poder, 70 millones de personas superaron la pobreza, mientras Brasil se encaminaba a ejercer un papel importante en la escena mundial. 

Pero con el tiempo, el PT perdió la perspectiva reformista y se acomodó al viejo patrón de la política corrupta, mientras seguía concitando un fuerte rechazo en amplios sectores. La recesión que se apoderó del país desde 2015 vino a complicar aún más las cosas, mientras la inseguridad en las calles, con 175 asesinatos diarios en 2017, hacía sentir a la gente presa en sus casas. Al mismo tiempo, empresarios expresaban cada vez en forma más abierta su descontento, en especial con el régimen tributario. 

El escándalo de corrupción conocido como Lava Jato confirmó que el modelo Lula da Silva estaba en su ocaso. En 2016, cayó la sucesora de este, Dilma Roussef, destituida por el Congreso por una infracción administrativa. Y en 2018 el sistema judicial, altamente politizado, se encargó en una acción muy cuestionada de impedir que Lula participara en las elecciones, al condenarlo a 12 años de cárcel por recibir sobornos de una constructora. 

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Sin Lula, reemplazado por un poco carismático Fernando Haddad, las posibilidades de triunfo petista se esfumaron en forma inversamente proporcional al crecimiento de las de Bolsonaro. El curioso diputado del discurso golpista se había convertido con el pasar de los años en una verdadera opción presidencial, y hasta sus declaraciones más extremas, antes casi risibles, se volvieron un imán para millones de brasileños necesitados de una respuesta a sus frustraciones. 

Bolsonaro llegó a la presidencia de Brasil y como se esperaba lo peor de él, lo poco que ha hecho en estos meses previos a su posesión no ha caído más mal, entre quienes lo critican, que su propia elección. 

Con los primeros nombramientos de su gabinete demostró una vez más que es impredecible. Por ejemplo, al Ministerio de Justicia llevó a Sérgio Moro, el magistrado que al frente de la operación anticorrupción Lava Jato llevó a la cárcel a decenas de empresarios y políticos, incluido el expresidente Lula. También nombró como ministro de ciencia a un astronauta, Marcos Pontes, a quien el diario El País de España describe como un hombre “con pasado de estrafalario personaje mediático”. En su equipo también está la primera promesa incumplida pues había dicho que reduciría el tamaño del Estado a 15 ministerios y ya ha nombrado 22, de los cuales siete son militares. 

El arranque de su gobierno no ha estado exento de polémicas y escándalos. Por un lado, su hijo -el senador Flávio Bolsonaro- terminó envuelto en un enredo pues le detectaron a su conductor giros de dinero por más de 300.000 dólares que no han podido explicar. Por otro lado, un tribunal suspendió por tres años los derechos políticos del recién designado ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, por fraude a la administración pública relacionado con hechos de su trabajo como secretario de Ambiente. 

Una de las primeras apuestas que hizo en materia de política exterior fue lógica: estrechar relaciones con el gobierno Trump, a quien le profesa una admiración pública profunda. Bolsonaro recibió al secretario de Seguridad de Estados Unidos, John Bolton, en su residencia en Barra da Tijuca, Río de Janeiro. Allí hablaron de todos los temas polémicos del continente, entre ellos la situación de Venezuela. Al final, lo invitaron a la Casa Blanca. 

Un hombre al límite 

La hoja de vida de Bolsonaro muestra a un personaje siempre al borde del conflicto. Tras hacer un curso de electricista por correspondencia, entró al Ejército, pero solo llegó a capitán. En 1987, la revista Veja publicó un reportaje según el cual ese oficial planeaba emplazar bombas de bajo poder en los baños de la Academia Militar Agujas Negras, en Resende, y en la colectora de aguas de Guando, Río de Janeiro. Lideraba entonces un movimiento por mejorar los sueldos de los miembros de las Fuerzas Armadas y le había contado todo a la revista, aunque luego lo negó. El Tribunal Militar no lo condenó, pero su carrera llegó a su fin. 

El activismo, sin embargo, le gustó, se lanzó al Concejo de Río y logró salir elegido. Ya estaba casado y tenía sus tres hijos mayores, cercanos colaboradores de su campaña: Flavio, candidato a alcalde de Río, Carlos, concejal de la ciudad y Eduardo, el menor, de 34 años, artífice de su exitosa campaña de redes. Los llama, respectivamente, Cero Uno, Cero Dos y Cero Tres. Tiene además una hija de su segundo matrimonio y otro de una relación informal. 

Agresivo y desconfiado, suele llamar imbécil o idiota a su interlocutor, así sea periodista. Cuando concede entrevistas las graba en video y audio porque teme que tergiversen sus palabras. Y si las preguntas son demasiado detalladas en materia política o económica, contraataca al entrevistador por querer acorralarlo. En un debate de Cero Uno cuando aspiraba al concejo, este la pasó mal y casi se desmaya frente a las cámaras. Otra candidata, médica de profesión, intentó ayudar al muchacho, y Bolsonaro le impidió tocarlo: “¡Le va a dar estricnina a mi hijo!”, decía a los alaridos. Ella le contestó llamándolo violador (tiene una denuncia por incitar a ese delito). Y él le contestó que no se preocupara, que ella era tan fea que nadie la violaría. 

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Bolsonaro niega que el 31 de marzo de 1964, cuando las Fuerzas Armadas tumbaron al presidente Joao Goulart, hubo un golpe de Estado. Se trató, según él, de una “elección indirecta” que llevó al gobierno a Castello Branco. Y lo enfurece que digan que los militares torturaban a los opositores, aunque él mismo ha defendido públicamente la tortura. Tanto, que uno de sus ídolos es el coronel Carlos Alberto Brillante Ustra, el mayor torturador del Ejército. Entre tanto, planea llevar a su gabinete a varios generales activos: es el regreso de los militares al poder que dejaron en 1985. 

¿Cómo ganó y qué viene? 

Bolsonaro ganó las elecciones con la retórica que desplegó desde el día uno de su carrera política, sazonada de gritos, insultos y muy pocos aspectos concretos en materia de políticas públicas. Y a juzgar por lo que dice, los demócratas de Brasil, y por extensión, los del resto del mundo, están muy preocupados. 

En uno de sus discursos de cierre de campaña ante miles de seguidores, dijo que purgaría al país de los “criminales de izquierda”. “¡Somos la mayoría, somos el Brasil real. Juntos, construiremos una nueva nación. Esos criminales rojos desaparecerán de nuestra patria!” Aseguró que Lula se pudrirá en su celda, y que Haddad estará con él pronto, “y no de visita”. 

La frase preocupó por dos aspectos: por una parte, sugiere que Bolsonaro considera absoluto el poder ganado en elecciones, lo cual contradice el sentido mismo de la democracia, precisamente proteger los derechos de los perdedores. Esa “dictadura de las mayorías” abre la puerta para otro de los temores expresados por varios críticos: que una vez posesionado, consiga imponer una reforma constitucional de consecuencias imprevisibles para el futuro de la democracia brasileña. 

Y por la otra, resume la violencia que permea todas sus intervenciones. La fascinación por Bolsonaro tiene que ver en muy buena parte con su supuesta mano dura contra la criminalidad, pues incluso ha dicho que un policía que no mata es un mal policía. Su gesto característico, de usar las manos como si fueran pistolas, lo simboliza muy bien. 

Solo que, en las calles, esa retórica ha coincidido con un aumento ostensible de los ataques armados de ambos bandos (él mismo recibió una puñalada), aunque sobre todo contra los seguidores del PT y los periodistas. En la votación de la primera vuelta, una reportera, Fernanda Villas Boas, fue agredida por un hombre que lucía una camiseta de Bolsonaro que le decía: “Cuando gane nuestro comandante la prensa morirá”. En Curitiba, diez hombres atacaron a uno que llevaba una gorra del PT y publicaron la foto de su rostro ensangrentado en redes sociales. Y el 8 de octubre, un popular compositor murió a puñaladas en un bar de Sao Paulo por decir que apoyaba a Haddad. 

Bolsonaro también ganó por su alianza con las iglesias evangélicas, de importancia multitudinaria en Brasil. En marzo de 2016 se afilió al Partido Social Cristiano, a instancias de su presidente, el pastor Everaldo Dias Pereira. Aunque supuestamente sigue siendo católico, se hizo bautizar simbólicamente en el río Jordán por Everaldo, con quien firmó un acuerdo programático. De ahí su virulencia al atacar a la comunidad LGTBI, su posición ultraconservadora en cuanto a la composición de la familia y su absoluto rechazo a la educación sexual que aborde cuestiones de género y homosexualidad. Todo ese discurso se da por descontado en el gobierno que comienza este primero de enero. 

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Así mismo, la propia prosperidad de los años del PT, que logró acercar a miles de brasileños a la clase media, conspiró a favor del exmilitar: a partir de 2016 las encuestas comenzaron a mostrar consistentemente que las familias con un ingreso entre 4.500 y 9.000 reales al mes constituían su franja más destacada. Es decir, personas de clase media baja, que antes votaban por el PT, pero que ya tienen un estatus y algunos bienes por conservar. Ese electorado, simplemente se derechizó. 

También influyó en su triunfo su política contra la conservación del medioambiente, que le ganó el apoyo del poderoso grupo político que se autodenomina Coalición Carne, Biblia y Bala, que defiende la deforestación para abrir paso a la ganadería. Con él, llegaron a su bando franjas de votantes en el interior del país, como Goaiás y Mato Grosso. Ha planteado la posibilidad de retirar a Brasil del Acuerdo de París sobre cambio climático, eliminar el Ministerio del Medio Ambiente, acabar con las reservas indígenas, que han demostrado ser una de las mejores defensas contra la deforestación, construir hidroeléctricas masivas y, como cereza en el pastel, reducir sustancialmente las penas para los transgresores de las leyes ambientales. En pocas palabras, acabar con las selvas amazónicas, uno de los últimos pulmones del planeta. 

En términos generales, Bolsonaro logró convertir a Brasil en un nuevo escenario del viraje de muchos países hacia regímenes autoritarios, excluyentes y retardatarios, o como los llama Fareed Zacharia, iliberales. Gobiernos que adquieren el poder por medios electorales, apoyados en un discurso nostálgico de supuestas épocas mejores, y apalancados por la incertidumbre de una población que siente miedo ante lo que percibe como un mundo cambiante. Pero que una vez en el poder, amenazan las instituciones democráticas que juraron defender. El resultado ya se ha visto en otras oportunidades: al desaparecer las garantías, hasta los propios votantes del caudillo comienzan a verse amenazados. A la larga, ¿quién debe temer a Bolsonaro y lo que él representa? La respuesta es corta: todos los brasileños. 

Por: Mauricio Sáenz



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