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Polyplás ¿tragedia o poesía?


Si por culpas vamos, todos resultaremos condenados por el caso Polyplás. En una sociedad indulgente, de bajaderos y atajos, las reglas suelen sortearse entre el poder, los compadrazgos y los desganos. La sola presencia de esa y cientos de industrias en centros urbanos sobrepoblados puede ser la razón remota de este desastre y hay que anotársela al Estado, como la mayoría de las faltas. Pero este asunto no parece tan simple como determinar quién llegó primero (si las casas o las industrias) para redimir, según el caso, la culpa histórica. Descontando esa realidad, aquí el tema es comprobar si en esa convivencia ambiental han existido los contrapesos razonables empleados por las empresas para aminorar los riesgos en una zona de alta sensibilidad. La seguridad es una condición de racionalidad y no de legalidad. La responsabilidad civil no se cubre con tener al día las licencias y permisos; resulta de los comportamientos empeñados en la gestión de los riesgos o en la prevención de los daños; si los operadores en un evento concreto han sido o no omisos, negligentes o imprudentes. Punto. 

A pesar de que la información dada por Polyplás ha sido sesgada y tardía, el tiempo se encargó de revelar bondadosamente la verdadera anatomía de la tragedia, aunque no contemos con un informe oficial todavía. La entrevista realizada por la periodista Alicia Ortega a los ejecutivos de la empresa fue patética. Su expresión gestual los desmentía. Lucían inseguros, medrosos y a la defensiva, armados con argumentos que ni a ellos mismos convencían. Apelaron a un libreto de respuestas preconcebidas que dejaron más suspicacias que satisfacciones. Ante el alud de críticas por su ausencia y parquedad, el presidente de Polyplás activó una estrategia de comunicación reactiva que por su doblez no logró inmutar la percepción de la gente ni cerrar la brecha entre sus palabras y los hechos. El dominicano promedio percibió a leguas la falta de sinceridad de esa campaña por su posado efectismo y “poliplástica” elaboración. 

Pero lo que remató el fracaso de esa estrategia fue la divulgación masiva de una nota de audio que recogía, en circunstancias aún no aclaradas, una grosera discusión entre el presidente de la empresa suplidora del gas y el de Polyplás. Eso fue un pedo. Arrimó todas las sensiblerías elaboradas en el laboratorio del marketing y puso en su contexto los intereses en juego. Parece que lo único real y sincero en esta oscura crónica del dolor ha sido el canibalismo mercantilista desatado tempranamente. Si miserables fueron el tema y el tono de ese pleito, peor fue masificarlo a niveles nunca imaginados. Una defensa artera y siniestra. Faltaron pocos usuarios de móviles por recibirlo. A mí me llegó ¡dieciocho veces! Aunque no dejo de admitir que a la postre resultó provechoso para que la gente conociera de la misma fuente cuál es la distancia que separa los discursos de las intenciones, las poses de los compromisos y la imagen corporativa de esa “vaina” abstracta que el esnobismo empresarial del patio suele etiquetar como “responsabilidad social empresarial”. Siete muertos, casi una centena de heridos, daños materiales por cuantificar, hondas heridas emocionales, el trauma todavía fresco de una sociedad impotente… y los aparentes dueños del desastre discutiendo argucias para diluir responsabilidades. ¡Increíble! 

Y no es que nos abanderemos de un humanismo idealista con el que pretendamos utópicamente desconocer la realidad y naturaleza de los negocios: business son business; lo repulsivo e irracional fueron el momento, las intenciones y los manejos cuando todavía hay cadáveres carbonizados en espera de identificación oficial. Aún respira en la memoria pública la imagen de María Altagracia Garabito, aquella joven que en medio de una espesa niebla gaseosa grabó el preludio de su fin sin sospechar que bajo sus pies latía el designio que le arrancó la vida, muy a pesar de Polyplás haber observado el protocolo de evacuación según “el olímpico decir” de sus ejecutivos. 

El testimonio de María Altagracia hablará por siglos en la historia de nuestras tragedias y desmentirá mil veces las mendacidades de corbata, esas que ni la fina estirpe puede tapar con sutiles manipulaciones. No es verdad que hubo un protocolo de evacuación oportuno ni ordenado. Basta analizar sin mucho rigor el cronograma de los eventos. Más cuando algunos empleados vecinos de la empresa llamaban, en medio de la tragedia y desde sus puestos, a sus familiares rogándoles abandonar las casas. Aquí hay responsabilidades compartidas y conscientes que deben ser establecidas de forma objetiva, imparcial y justa, pero también nacen reparaciones que esperan pagos multimillonarios. Y ¡cuidado, cuidado con recodarse en el Estado para que este asuma como propia responsabilidades con apellidos propios! Sí, porque al amparo de ese cobijo se han excusado muchas obligaciones privadas. Aquí nos conocemos muy bien y sabemos quién es quién. 

Hace cierto tiempo el presidente de Polyplás visitó con sus altos ejecutivos el despacho del presidente de la República. Uno de los temas fue anunciarle con salves a Medina el financiamiento que había obtenido su grupo empresarial por parte de Goldman Sachs de cuatro mil millones de pesos en supuesta consideración a sus estándares de solvencia y desempeño. Esa visita con menos aspavientos (y sin saco ni corbata) deberá hacerla el señor Díez Cabral repetidas veces a todas las víctimas y familiares para anunciarles que su responsabilidad inevitable es reparar los daños. No es con cánticos angelicales, notas gregorianas, ni sinfonías cristalinas. 

Lo que sigue en buena voluntad es hacer un levantamiento de los perjuicios e iniciar un justo proceso de compensación cubierto o no por las pólizas. Ir a los tribunales es el derecho y opción de Polyplás, pero abrir litis judiciales para eludir responsabilidades dejará como poesía esta declaración de la empresa: “Nos levantaremos junto a la comunidad que nos premia con su solidaridad, y junto a nuestras familias, y a toda la sociedad, caminaremos hacia un mañana donde esta triste historia no se vuelva a repetir y donde el legado dejado sea crear nuevas oportunidades, con mayor seguridad, para contribuir a construir un mejor país”. Ya veremos.

Por: José Luis Taveras


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