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Los rotos y los honorables

Los rotos somos los esclavos, los de abajo, los que a duras penas logramos levantar los pesos necesarios para cubrir nuestras necesidades.

Los rotos no vivimos, sobrevivimos.

A los rotos nos buscan los leguleyos en tiempos de campaña, y vestidos de ovejas, prometen lo que saben en su interior que no cumplirán. Y nosotros, con nuestros votos, les damos el poder, en la vaga esperanza de que nos representarán defendiendo nuestros mejores intereses. Pero una vez instalados en sus lujosas oficinas, una vez terminada la actuación, el simulacro hipócrita de la campaña, los embaucadores empiezan a darse la mejor de las vidas, mirando constantemente las pantallas de sus celulares en las sesiones del congreso (por cuya asistencia, si no me equivoco, hay que pagarles, aparte de sus jugosos salarios), degustando suculentos platos acompañados de vinos caros en los mejores restaurantes, protegiéndose de las inclemencias del sol brutal dejando el aire acondicionado de sus vehículos encendido mientras participan en sus sesiones fútiles y mediocres, y siendo conducidos a sus torres o apartamentos de lujos por un chofer que los espera pacientemente en sus carros. 

A esta vida de privilegios le llaman ellos desvelarse por la patria. 

Los rotos somos los pendejos, los que votamos. Los miembros del congreso, que en su mayoría actúan sin consultarnos, aun cuando somos nosotros los que les damos sus empleos, son ´´honorables´´.

Los rotos tenemos que coger prestado a veces para cubrir emergencias familiares, como la de conseguir ese medicamento que el médico le ha recetado a uno de nuestros hijos, (después de pagarle los los setecientos pesos de consulta) y tenemos que indagar constantemente dónde nos salen más baratos los artículos que necesitamos diariamente, recurrir al ´´san´´, sistema de ahorro para generar ingresos extras con los que planeamos sortear problemas familiares que ameritan solución.

Pero a los ´´honorables´´ les pagamos seguro médico universal, chofer, querida, bebidas importadas, automóvil, gasolina, viáticos, y otros privilegios porque, según ellos, el trabajo de legislar es intrínsicamente superior a cualquier otro tipo de trabajo.

Los rotos, los pendejos, tenemos que tener la licencia de conducir en orden, pagar el marbete a tiempo, y los impuestos abusivos de los frecuentes ´´paquetazos fiscales´´, que casi cada año, después de la euforia de navidad, nos caen encima.

Pero los honorables hacen su declaración jurada de bienes cuando les da la gana y a su conveniencia porque, a final de cuentas, ´´esa vaina´´ no tiene importancia para ellos.
En ausencia de un transporte público y colectivo, los rotos nos las ingeniamos para conseguir el motorcito o la pasola que pone en peligro nuestras vidas, debido al desorden en el tráfico salvaje de esta jungla de país.

Pero los ´´honorables´´ tienen derecho a tres exoneraciones de carros de lujo y algunos de ellos quieren distinguirse tanto que tienen automóviles personalizados diseñados en el exterior. 

Los ´´honorables´´ pontifican sobre los avances en la construcción de hospitales que ha construido la presente administración; pero cuando se enferman no van a ellos, ni tampoco participan en la ´´revolución educativa´´ de la que tanto cacarean porque no mandan a sus hijos a escuelas públicas, sino a ´´colegios´´, palabra que tiene la connotación de escuelas para hijos de papi y mami. 

El filósofo español Séneca, exponente máximo de la filosofía del estoicismo, que entre otras cosas, exhorta a una vida frugal, predicaba el desprendimiento de lo material y la entrega a una vida sencilla y alejada de las cortes del poder de su tiempo. Pero había una duplicidad entre su prédica y su práctica porque Séneca llegó a acumular una gran fortuna y grandes propiedades. Por eso alguien dijo sobre él que ´´Séneca habla sobre la pobreza en grado heroico, pero le gusta escribir sobre ella en una mesa de oro maciso´´. 

Y lo mismo pasa con los ´´honorables´´ de este país. Hay una distancia abismal entre su prédica y su práctica. Hablan sobre los pobres complaciendo sus paladares con opíparas comidas, incluyendo a sus familiares en la nómina de las instituciones en las que trabajan, viajando al exterior en viajes que no tienen nada que ver con sus funciones, y todo, todo esto cargándoselo a nosotros, los de abajo, los pendejos, los rotos.

La empatía es la cualidad de conmiserarse del dolor ajeno. Esta cualidad no la tienen los ´´honorables´´ título que se da cualquier trepador que se impone en la fauna política de este país, no a través de méritos propios, sino por medio del lambonismo y la lealtad no a principios éticos ni morales, sino al cacique político de turno.

Todas las noches, mientras conduzco a mi casa, veo a uno de estos rotos. Es un anciano vestido siempre con la misma camisa y pantalón desteñidos ya por el sucio y que a diario, a eso de las nueve de la noche, trabaja limpiando las calzadas en la avenida Eugenio Kunhard. Con su espalda ya doblada por la edad, expuesto al frío nocturno, el anciano barre todas las noches un largo trecho para ganarse una miseria de salario con el que apenas podrá comprar los medicamentos para tratarse los achaques de su edad. No le alcanzará lo que gana para una decente cena de navidad, o, ¿quién sabe? tendrá que humillarse y pelear como un animal para obtener una de esas cajas navideñas que el oficialismo a veces les lanza a la gente en esta época como se les lanzan trozos de carne a un grupo de perros famélicos para que se despedacen entre ellos. 

Pero el año pasado, un grupo de hombres tuvo que cargar sobre sus hombros la canasta navideña que le enviaron a Reynaldo Pared Pérez a su residencia.

Pero según el oficialismo, nuestra economía crece.

Desde luego, para los de arriba.

Para nosotros, los de abajo, solo llegan migajas.

Por: Felipe Kemp

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