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Las migajas del poder

Algunos llegaban solos, caminando lentamente, el rostro con la expresión de desgano del que se siente derrotado por la vida y la miseria. Venían de los diferentes barrios a donde los poderosos van solo en tiempos de campaña. Uno de ellos, anciano, pero todavía con suficiente vigor para caminar iba con unas botas de goma, la camisa por fuera y el olor a sudor cuajado del hombre que se expone constantemente al sol por el trabajo. Muchos estaban de pie, recostados sobre una de las paredes de concreto del Polideportivo, centro de deportes donde supuestamente se llevaría a cabo la entrega de canastas navideñas. Otros estaban sentados sobre las aceras sin saber con certitud cuando les llegaría la borona que sobre ellos tal vez lanzarían los poderosos en aquella mañana de sol.

Movido por la curiosidad me acerqué a una señora que estaba sentada sobre el borde de una acera. 

--¿Cuándo llegan las canastas?-le pregunté

--No sé, señor- me dijo con una expresión de dolor en su rostro.

Me confesó que había estado enferma en un hospital por varios días y que ahora necesitaba un poco de agua para tomarse una pastilla. Entonces caminé hasta el campo de fútbol donde estaba mi hijo con sus compañeros, encontré una botella de plástico que había dejado uno de ellos, la llené con un poco de agua y se la llevé. 

--Gracias, m´i hijo—me dijo con un poco de alivio en su rostro. Poco después la vi alejarse, un poco encorvada por la enfermedad, tal vez desilusionada por irse con las manos vacías.
La espera continuaba y la desesperación aumentaba.

--¡Quiera dios que den eso temprano!—dijo una señora recostada sobre la pared de concreto, con las manos recogidas sobre la parte baja de su espalda y con la actitud resignada e impotente de los que se saben a la merced de los poderosos.

--¡Ayer yo no pude conseguir na´ porque no tenía la maldita vaina!—dijo otra. Se refería a un grillete que ahora les están poniendo a los miseriosos que acuden a buscar las migajas del poder.

En varias provincias del país se ha montado la misma escena: miles de infelices que acuden a buscar las canastas navideñas que sobre ellos lanza el gobierno en una falsa actitud de conmiseración hacia los desposeídos. Y el resultado ha sido el mismo espectáculo degradante y bochornoso que ha ocurrido en años anteriores: una cantidad de gente hacinada que se trata a empujones y a trompadas, y una policía que reparte culatazos tratando de imponer el orden en una multitud hambreada que acude a buscar estas dádivas como lobos hambrientos que quieren saciar su hambre aunque sea por un día. 

--El año pasao vine yo y no depachán na—dijo un hombre, sacudiendo la cabeza de un lado a otro en señal de disgusto. 

Llevaba una gorra, y tenía el rostro cubierto por una barba espesa y mugrienta de meses, sino de años. Me confesó que era miembro del Comité de base del PLD en su barrio.

---Yo y ella somos miembros de uno de los comités del partido en mi barrio —dijo, señalando a una señora que permanecía sentada sobre la acera esperando la llegada de unas canastas que tardaban cada vez más en aparecer. Me imaginé su historia: como muchos otros, se había inscrito en el partido, asistiría a las reuniones para tener visibilidad frente a los caciques que le reportan a los de arriba, y hasta juraría dar su voto por el partido en las próximas elecciones. Aun así, en esta mañana expresó en voz alta su frustración porque en dos años su lealtad no había sido premiada ni siquiera con una insignificante canasta con las provisiones para su cena de navidad. 

Una camioneta apareció cargada de cajas. Inmediatamente, como una manada de leones tras su presa, la multitud empezó a caminar hacia el fondo del estadio donde se estacionó la guagua.

---Está cargadas de panes solamente---dijo un hombre que estaba reclinado sobre la capota de un carro y que había leído el letrero indicando el contenido de las cajas. Aun así la multitud permaneció alrededor de la guagua, husmeando, esperando con ansias la dádiva que no acababa de llegar. 

---El asunto e tan desorganizao que uno se desepera y se va---dijo otro.

La mañana avanzaba. Las cajas no llegaban. La desesperación aumentaba. Algunos me confesaron que se habían levantado desde las seis de la mañana y que aún no habían comido nada.

Continué hablando, intercambiando impresiones con aquella gente que representaba la ignorancia política de nuestro país. Había allí una muestra de los resultados de un sistema político que ve a la gente de abajo con desprecio, como elementos desechables, como hambreados que por satisfacer las necesidades de su estómago venden su voto, y que al momento de las elecciones van a las urnas a votar no por programas políticos ni por ideas sino por hombres o mujeres que les prometen regalos para comprarles su consciencia.

----¡La política es un negocio---afirmó el miembro de uno de los comités de base que en dos años no había conseguido nada del partido en el poder.

Estuve totalmente de acuerdo con él.

Es un negocio, claro.

Pero muy jugoso solo para una pequeña cúpula que sigue amasando fortunas indecentes mientras los de abajo se siguen degradando esperando las sobras que les caen desde arriba. 

Por: Felipe Kemp

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