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No nos volvamos a equivocar



El año 2018 concluye con un desenfrenado activismo político caracterizado por la ansiedad provocada por la inminencia de la reelección de Danilo Medina y los síntomas morbosos de una acción tan macabra como la nueva reforma constitucional ya pactada entre las oligarquías partidarias y los círculos íntimos del poder. 

El final de año nos deja en blanco y negro lo que antes de ser ya era en la brevedad circular del tiempo político dominicano, desde el fraude programado de 2016 Danilo Medina corría sin freno hacia una tercera repostulación presidencial que solo era posible detener desde la movilización ciudadana y popular bajo el programa democrático planteado en los tres manifiestos ciudadanos lanzados al debate público durante el auge del movimiento verde. 

El hilo conductor de aquellos manifiestos centraba la lucha del fin de la impunidad en la renuncia de Danilo Medina desde un enfoque que remontaba los límites del institucionalismo discursivo impuesto por la hegemonía peledeísta. 

A esta política se opusieron rabiosamente los autoproclamados voceros y dirigentes de la Marcha Verde quienes en los momentos decisivos de la lucha actuaron atados a las estrategias de sus respectivos grupos cuyos cálculos y prácticas antidemocráticas sirvieron para domesticar el movimiento, dejándolo vulnerable a la estrategia gubernamental del continuismo del grupo danilista en el poder. 

Aquellos locos, oportunistas, desfasados, radicales, sectarios, incapaces y movidos por la mala fe de politizar el movimiento verde fueron presentados por arriba y por abajo como tremendistas a los que había que cerrarles el paso y que nadie debía seguir so pena de ser purgados de un movimiento que se suponía sin dueños. 

Más que alentar el debate público se impuso la nomenclatura verde surgida de una alianza no explícita entre los medios de comunicación del magnate Pepín Corripio, Participación Ciudadana, algunas cúpulas de izquierda y una parte de los más encumbrados voceros verdes. Los que pedían la renuncia de Danilo Medina por ser el orquestador de la trama Odebrecht fueron convertidos en los enemigos del movimiento -los que querían el fracaso de la lucha por el fin de la impunidad- así se le abrió paso al discurso gubernamental al interior de la Marcha Verde. 

De esta manera el danilismo y sus aliados de la sociedad civil lograron enmarcar la lucha ciudadana en el discurso de la institucionalidad peledeísta hasta tal punto que quienes siguen abogando por la destitución de Danilo Medina aparecen hoy como ilusos y marginales políticos cuyo testimonio solo sirve para señalar la huella del fracaso, al no moverse con la suficiente agilidad para reajustar su táctica a la luz del nuevo momento configurado a partir de la retirada de la marea verde. 

Lanzar al pueblo a la calle bajo la consigna de la renuncia de Danilo Medina era factible durante el auge de la lucha de masas, pero las masas no actúan en el siglo 21 como correa de transmisión de los activistas políticos, ni detrás de una verdad predeterminada por muy verdad que esta sea para los militantes de los pequeños grupos de las izquierdas, las coyunturas políticas son puertas que se abren y se cierran constantemente, adelantar una determinada estrategia se hace imposible sin tomar en cuenta los marcos en disputa en cada momento de la lucha política, lo contrario conlleva quedar fuera del escenario atados a una visión que mira la confrontación política como la eternidad de una historia lineal que al final nos asegura la victoria. 

El nuevo momento político que vive la sociedad dominicana es un tiempo electoral, guste o no a los que quisieran el eterno presente de las movilizaciones callejeras para sacar del poder a Danilo Medina y el PLD; resultando que la gran mayoría del pueblo, ese pueblo que los pequeños grupos dicen representar, entiende que a la mafia hay que sacarla con votos, lo que no es solo otro método sino también la más básica de las luchas democráticas independientemente de que las reglas del juego y el árbitro electoral beneficien a quienes detentan el poder. Las historias políticas del mundo, y la nuestra en particular, están llenas de ejemplos al respecto. 

Que los traumas anti electoralistas de nuestro pasado sirvan de neuropolítica contra la pulsión de llenar las urnas de votos contra la mafia danilista, no es más que el sedimento de la memoria de algunos dirigentes izquierdistas que ubican el presente dominicano en 1961, la demencia senil de una parte de la oposición impide ver que nuestra sociedad, mayoritariamente joven, poco tiene que ver con aquellas luchas de tipo ideológico. Este anclaje le hace el juego, sin proponérselo, a la continuidad de la mafia danilista en el Palacio Nacional más allá de 2020. 

Nadie puede poner en duda con eficacia argumentativa que las elecciones de 2020 son un fraude programado, pero tampoco que los activistas que cuestionan y pretenden que no participemos en la lucha electoral, de nuevo saldrán “junto al pueblo”, como en casi todos los procesos electorales del pasado, a exigir el respeto a la “voluntad popular”. Esto constituye forma y fondo de la pírrica legitimidad de una buena parte de la izquierda testimonial dominicana. 

De allí que lo hacen bien quienes desde la Marcha Verde animan la vía electoral para superar el régimen decadente, el haber fallado cuando en su momento tuvieron la oportunidad de echar abajo a la mafia danilista aprovechando políticamente las grandes manifestaciones verdes, no quita justeza al propósito de hacerlo ahora contribuyendo a llenar de votos contrarios las urnas moradas. 

Como dice Bad Bunny la vida es un ciclo, yo agregaría que la política también. Hay momentos de auge de la lucha de masas, momentos de reflujo, momentos no electorales y momentos electorales. 

Perderse en esto sería volvernos a equivocar y es de personas poco inteligentes insistir en el equívoco sobre la base de una fidelidad a algo que pudo ser y no fue. Danilo Medina y sus socios van a la reelección, el PRM saborea el caramelo envenenado de una nueva reforma constitucional para reunificar las elecciones, lo que encumbre el propósito de habilitar la repostulación de Danilo Medina en el 2020. 

Los actores políticos que desean un cambio de verdad no pueden obviar una realidad tan patente como esta por permanecer abrazados a traumas autobiográficos. No nos volvamos a equivocar. El momento es electoral y son los votos los que ahora nos pueden servir para tumbar la mafia. 




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