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La whatsappización de la política y la nueva verdad

Brasil es un laboratorio. Vivo aquí hace ocho años y hay días en los que pienso que si llego a entender bien este coloso podré entender el mundo. Aquí la complejidad social y política es apabullante. Todo palpita. Dicen que Brasil no es para aficionados. No lo es. Brasil es un escenario privilegiado para los que quieren entender los actuales procesos democráticos y antidemocráticos en el mundo. En este gigantón pasa de todo. La política es tenebrosa y fascinante al mismo tiempo. La elección de Bolsonaro así lo demuestra. Entenderla es entender la democracia actual. Vamos allá.

A veces no sé si en Brasil ha ganado las elecciones Bolsonaro o las fakenews. En la campaña electoral ellas han sido reinas indiscutibles mangoneando todo, omnipotentes, a su total antojo y dejando boquiabiertos a los ingenuos que todavía pensaban que política se podía hacer como antes. El puñetazo en el estómago ha sido tan duro que ya no lo piensan más.

Un fenómeno que nos desafía y atropella todo. Veamos. No toda noticia falsa llegó al panteón de las fakenews brasileño. Para ser compartida frenéticamente y causar una tormenta cognitiva esta tenía que sintetizar, con simplicidad y sin ningún pudor, alguna de las cuestiones que inundaron la candidatura de Jair Bolsonaro y que calan hondo en la sociedad brasileña. 


El mundo online se nutre del mundo offline y viceversa. Aquí algunas de las fakenewsmás compartidas durante la campaña electoral: el candidato petista, Fernando Haddad, habría dicho que quien define el sexo de los niños es el Estado; el PT, junto con otros países bolivarianos, estaría preparando un golpe comunista en Brasil; los códigos de las urnas electrónicas que se utilizan en Brasil para votar habrían sido entregados a venezolanos para manipularlos en favor del PT. La más abominable, la más vil, producida un día antes de la segunda vuelta, que Haddad habría violado a una niña de once años.

Realizando una rápida autopsia a este contenido, podemos verificar las causas de la celebridad desmedida que algunas de estas informaciones tuvieron. 


Bolsonaro fue el señor del caos. Su candidatura no fue ni propositiva, ni programática. Era pura demagogia de la negación. No importaba lo que Bolsonaro era, importaba lo que no era. La candidatura del “anti”: antipolítica, antisistema, antipetismo, antiprogresismo, anti-intelectualismo. Las fakenews tenían que explotar la idea de que el sistema político era una hecatombe, una calamidad de la que sólo un líder mesiánico como Bolsonaro nos podía salvar (su nombre completo es Jair Messias Bolsonaro; la vida, a veces, se pasa de irónica). 

Una tragedia nacional con un héroe y con un culpable porque sin chivo expiatorio un populista de ultra derecha no sabe hacer nada. El culpable era fácil de identificar, el Partido de los Trabajadores, expuesto ante la opinión pública bolsonarista como el partido más despreciable de la historia democrática brasileña. Linchamiento colectivo. 

El problema de la ultra derecha es que como no tiene nada que ofrecer, ofrece odio. El PT no era un adversario político, era un enemigo, y por tanto, aniquilable, exterminable. Las reglas de un juego político bélico donde no hay honor entre caballeros, sólo destrucción del otro. ¿Cómo destruir un partido que gobernó Brasil durante 16 años con un presidente Lula con el mejor índice de aprobación de la historia brasileña? Dos estrategias. La lucha contra la corrupción, la misma que está encerrando 2018 con dos llaves de oro para la degradación democrática, Lula en la cárcel y el juez Sergio Moro indicado para ser el próximo Ministerio de Justicia de Bolsonaro. La otra estrategia, el miedo. 

 El miedo es magnífico. Gana presidencias a destajo. Pero para que el miedo funcione tiene que ser visceral, profundo, que salga de las entrañas. Comunismo, Venezuela, bolivarianismo. La campaña de Bolsonaro instauró un marketing delirante al mejor estilo guerra fría. El peligro rojo. El muro de Berlín parecía no haber caído todavía en Brasil. Y sexo, eso siempre, porque la represión sexual se alía muy bien al fascismo. El PT quiere corromper nuestros niños inocentes, quiere “transformarlos en gays”. 

Los petistas son pervertidos que quieren imponer clases de sexo en las escuelas. Lo que el PT quería, en verdad, era incluir en el currículo escolar educación sexual, debates sobre género y LGTBfobia. Listo, ya tenemos los ingredientes para la fakenews perfecta en un país de mayoría conservadora y religiosa. 

La política es cosa de emociones y afectos, sólo que, casi siempre, quien pasa mucho tiempo en gabinetes y mediocridades administrativas, se olvida de esta dimensión. El PT se olvidó porque, al final, gobernar Brasil pasó a ser más una tarea burocrática que una lucha por ideas. Vinieron otros e impusieron las suyas. A la política no le gustan los vacíos.

El hecho de que este tipo de información triunfe masivamente sería más digno del análisis de un diván psiquiátrico que de una socióloga, pero hay algunos elementos clave que podemos discutir. Primero, en Brasil la prensa tradicional sufre de un descrédito terrible. Para unos, la prensa mainstream es golpista porque apoyó el impeachment de Dilma Rousseff y la prisión de Lula. Para otros, la prensa es comunista y petista. De la prensa los brasileños se fían poco, pero de quien cada vez se fían más es de las redes sociales. 


El número de brasileños que se forman e informan políticamente por Facebook y Whatsapp aumenta cada año. La whatsappizaciónde la política fue impresionante en estas elecciones. Si estaba en Whatsapp era verdad. En un país con más de 147 millones de votantes, 120 millones utiliza a diario esta plataforma y el 66 % de ellos consume y comparte noticias sobre política, según datos del Instituto Datafolha. 

El inconveniente tremendo de Whatsapp es que se impone una lógica comunicativa en torno a grupos de familiares, amigos, conocidos. Feudos informativos basados en relaciones de proximidad, afinidad y confianza donde los desconocidos y los que se atrevan a perturbar la armonía con opiniones contrarias serán bloqueados. Es muy fácil, sólo hay que expulsar del grupo a quien se empeñe en desafiarme con una información que no confirme mi visión de mundo previamente establecida. Pensar que mis ideas pueden estar equivocadas es demasiado incómodo. 

Olvidando un pequeño detalle, que sin opiniones divergentes no hay democracia. Es el terreno perfecto para las fakenews y para un proceso informativo desdemocratizante. Una fertilidad impresionante sin casi ningún tipo de control. En Brasil existe una justicia electoral que se encarga de vigilar la transparencia de los comicios, pero esta vez el Tribunal Superior Electoral estaba totalmente perdido. Las fakenews decidiendo las elecciones y los magistrados con cara de circunstancias, por no decir de tontos. Mucha toga y poca reacción.

Hay otro elemento que posibilita este reinado de las informaciones falsas. Una cuestión un tanto espeluznante. Muchas de las fakenews que llegaron al panteón no tenían nada de dudosas (será verdad, no será). 


Eran fanfarronas, ostentosas, descaradamente falsas y, aun así, repetidas como verdades absolutas. Hasta ahora, estaba socialmente pactado y establecido que políticos, prensa, profesores, intelectuales eran los mediadores para entender el mundo, los que daban las pistas del camino al conocimiento y la información, pero la sociedad se rebela contra estas mediaciones, ya no cree tanto en ellas.

 ¿Quién decide lo que es verdad? En el pasado eran la Biblia y la sotana, después fue la ciencia, ahora… ¿el Whatsapp? Durante siglos la ciencia ha ido construyendo un método de acceso al conocimiento y producción de verdad, pero un método muchas veces oscuro y elitista todavía más para países periféricos como Brasil donde una buena educación continúa siendo un privilegio, no un derecho. Parece que ahora esta metodología académica de construcción de la verdad está en entredicho. 

El anti-intelectualismo fue muy fuerte en la campaña de Bolsonaro. Profesores e intelectuales serían grupos arrogantes, elitistas, doctrinadores, sospechosos de los que tenemos que apartarnos. 

El motín de los ignorantes. Últimamente parece que está de moda ser idiota. Es guay. Estamos delante de una nueva forma de producción de la verdad, que algunos llaman de posverdad o auto verdad. Algo absolutamente retador. Hay un punto importante en esta opulencia del anti-intelectualismo.

 La universidad y la ciencia, productoras contemporáneas de la verdad, están muy lejos del ciudadano común. En Brasil, la intelectualidad es todavía muy elitista, está a años luz de millones de personas que, a menudo, no entienden el lenguaje científico. 

La pobreza habla más alto y silencia otras lenguas. Sin embargo la lógica neoliberal está muy cerca del pueblo: trabaje duro si quiere vencer en la vida, no se queje, estudiar demasiado no compensa, las humanidades son inútiles, sólo sirve el conocimiento práctico… Quizá esta insurrección de los zoquetes nos esté diciendo que el conocimiento científico tiene que ser menos pomposo y arrogante, tiene que estar más próximo de la gente, ser más fácil de entender, más concreto, tiene que meterse en la vida de las personas y dialogar con ellas, salir de los muros académicos, conquistar plazas y calles. El conocimiento científico tiene que servir, siempre, para mejorar el mundo. Si no lo hace tal vez la gente prefiera una fakenews a un profesor.
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