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El olvidado arte de la contemplacion


El de ayer fue un domingo como todos los domingos en casi todos los países: tranquilo, sin estridencias ni ruidos, excepto los producidos en alguna esquina o acera por los trogloditas urbanos que solo encuentran su éxtasis en la bullanga y el alcohol. Fue domingo en el que el cielo se cubrió en su totalidad por nubes que opacaron la ciudad y que formaron una especie de techo bajo el cual soplaban unas brisas refrescantes. Desde la azotea de mi casa contemplé la montaña Isabel de Torres, tranquila e imponente, pero despojada ya del misterio que tenía cuando mi imaginación infantil la poblaba de toda clase de seres mágicos. 

En la Puerto Plata de hoy, convertida en un amasijo intolerable de automóviles, de basura, de calles y aceras agrietadas ocupadas por vehículos y mercados ambulantes, la loma Isabel de torres no es ya ese lugar mágico que nos invitaba a que nos internáramos en ella; es ya un lugar común en la Puerto Plata de hoy.

El domingo de ayer, en el que la mañana parecía detenida en el tiempo, me recogí un poco sobre mí mismo; escuché las aguas de la cañada al lado de mi casa producir ese agradable sonido que producen las aguas cuando se deslizan suavemente sobre una superficie; sentí el suave toque de la brisa, el elemento natural que más amo, penetrar cada poro de mi cuerpo, y sentí también la cafeína en mi torrente sanguíneo elevarme a un agradable estado de relajación. Todo eso lo sentí en esa plácida mañana de domingo en la que contrasté mi tranquilidad con la locura colectiva que todos los días observo en las calles de esta ciudad. 

Hoy lunes la ciudad retoma su ritmo frenético y alocado. Y al contemplar, como lo hago todos los días, el irracional revoltijo de carros, motores y peatones en esa agresiva lucha por el espacio cada vez más reducido de la ciudad, pienso en la paradoja de la modernidad: pensábamos que con toda la tecnología a nuestro alcance dispondríamos de más tiempo para vivir; sin embargo, hemos caído en una rapidez patológica y el tiempo no nos alcanza para todo lo que queremos hacer. A juzgar por la manera en la que conduce la gente, uno piensa que los automóviles de hoy no parecen ser lo suficientemente veloces para llevar a la gente a su destino y nuestras vidas siguen siendo controladas por el reloj y no por los ritmos de la naturaleza.

Se ha perdido en nuestra época ese arte de aprender a estar solo, a escuchar los susurros del alma, a sumergirse en el silencio para contemplar nuestros pensamientos. Nuestros antepasados practicaban el arte de la contemplación y el silencio por obligación. La razón era sencilla: no había la abundancia de invenciones tecnológicas que existe hoy día. Así antes de la revolución tecnológica que nos ha traído la modernidad, el hombre de antaño sincronizaba sus ritmos internos con los del mundo exterior: se acostaba al caer la noche, se levantaba al despuntar del día y aprendió a interactuar con el mundo animal. Toda esa sabiduría fue producto del arte de la contemplación que le enseñó al hombre de antes a leer los mensajes de la naturaleza.

En contraste, el hombre moderno ha caído presa de la sobreestimulación de los sentidos causada, entre otras cosas, por una adicción a la tecnología. La contemplación de la pantalla del celular es la adicción del siglo XXI: la gente se dedica, durante casi todo el día, a la contemplación de imágenes que aparecen en las redes sociales; cuando no, se sumerge en la embriaguez del alcohol y la música estridente; porque aunque los dominicanos no han inventado el ruido sí son sus mejores cultores. El dominicano no conoce la conversación tranquila y estimulante; socializarse para él es hablar por encima del ruido de una bocina. Ya he sugerido anteriormente que esta adicción al ruido pueda explicar tal vez el carácter beligerante de nuestra gente. Un cerebro sobreestimulado por el exceso de alcohol y ruido es un cerebro dispuesto al combate, en oposición a una mente calmada y despojada de beligerancia. 

En un arranque de inspiración, uno de los más grandes poetas del siglo XVIII, William Blake escribió las siguientes líneas que constituyen un verdadero tratado en miniatura sobre el arte de vivir:

To see a Word in a wild in a grain of sand
And heaven in a wild flower
Hold infinity in the palm of your hand
And eternity in an hour 

(Descubrir el mundo en un grano de arena
Y el cielo en una flor silvestre
Sostener el infinito en la palma de la mano
Y la eternidad en una hora ) 

En esta época, cuya divisa es la rapidez en todo, hemos perdido ese arte de la contemplación del que habla Blake en las líneas transcritas más arriba, unas de las más citadas de la literatura inglesa. Todos los grandes creadores que ha producido la humanidad han practicado ese recogimiento y ese aislamiento contemplativo tan esencial para la creatividad y el arte del buen vivir. Flaubert lo conocía, ya que en una ocasión afirmó que ´´solo hay que contemplar algo detenidamente para volverlo interesante´´.

Pero lanzarse a las calles y contemplar a la gente es al mismo tiempo contemplar a una masa humana desesperadamente tratando de ganarle la carrera al tiempo y no tratando de saborear cada momento que nos brinda la vida. Tal vez basado en eso fue que Ralph Waldo Emerson, el gran ensayista y poeta norteamericano afirmó que ´´estamos siempre preparándonos para vivir sin llegar a vivir plenamente´´.

Por: Felipe Kemp



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