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Conectar con el votante y rebeldía democrática en el 2020


A raíz de mi reciente participación como moderador de varios Grupos Focales sobre Tácticas de Psicología Política aplicadas a las Campañas Electorales, Psicología del Votante, Mapa psicológico de la población y Perfil Psicológico del Rival, me sentí motivado a compartir algunas notas de Psicología Política, de cara a las campañas para las elecciones del 2020. 

Aquí ningún partido ni ningún candidato pueden estar seguros de cuantos votantes le otorgarán su voto. No importan las lealtades compradas y manipuladas ni las marrullerías que afecta a casi todos los partidos por igual. Es evidente que muchos votantes indiferentes y otros tantos decepcionados emitirán un “voto reflexionado”, con exigencias y garantías claras de las soluciones a los problemas que los afectan. 

Muchos partidos políticos más que atraer seguidores sincerizando y dando un toque ético y transparente a su discurso, a su imagen y a sus finanzas más bien procuran restar prestigio a los contrarios pretendiendo ser el “bueno” aunque con métodos perversos. 

Las campañas políticas siguen usando un lenguaje ruinoso y los políticos condenan a los ciudadanos “a ser como ciegos con cortos bastones blancos, que acompañan su paso golpeando aceras que no llevan a ninguna parte, contemplando fachadas –los discursos de los políticos– tras las cuales se adivina la nada”. 

Muchos políticos, expertos en simulaciones teatralizadas y en falsos encantamientos se acercan a la gente sencilla pintándole cielos que después de las elecciones terminan siendo verdaderos valles de lágrimas plagados de esperanzas traicionadas. 

Olvidando que el pueblo tiene una memoria política que convierte en “voto de ira” lo que fuera un “voto de hambre” o un “voto de miedo”, los políticos, con fotos retocadas y ruidosas comparsas musicales pretenden crear escaleras que los lleven a grandes beneficios personales, de sus grupos y de sus familiares. Burla y engaño desconsiderados convertidos en pecado social. 

En la votación, el elector no sólo se encuentra y se reencuentra con la urna, sino también con sus problemas, sus necesidades, sus sueños, sus emociones, sus pasiones, sus deseos, sus expectativas y sus sentimientos. 

Ante la falta de educación política, que por obligación deberían realizar los partidos políticos y de la falta de educación electoral que también por obligación debería realizar la Junta Central Electoral, los ciudadanos han aprendido solos a defender su voto hasta convertido en un “voto reflexionado” y decoroso que no se vende. 

La realidad social, política económica y educativa del país ha cambiado notoriamente desde las últimas elecciones. De ahí que para el 2020 los votantes exigirán rigurosos “momentos de verdad”, garantía de la solución de sus problemas y el de sus comunidades más allá de la demagogia y las evidencias aparentes de las encuestas y los “milagros mercadológicos”. 

Los candidatos se verán obligados a “conectarse con los ciudadanos y conectarse con sus problemas”. Deberán convertir estos problemas no sólo en temas de campaña, sino en compromisos de campaña”. En política no se puede permitir que los adversarios le quiten a uno los temas. 

Repetimos. Problemas. Lo que estimula al cerebro humano son losproblemas. Cada uno piensa en los suyos. Procura y espera soluciones a esos problemas y dedica a los mismos la mayor de sus energías mentales y emocionales. “Es que realmente el cerebro es eso: una compleja maquinaria biológica para a resolver problemas”. 

Para conectar con los votantes, necesariamente, hay que conectar con sus problemas. Con los suyos, no con los del político. Con los problemas cotidianos que le hacen pensar y preocuparse y que sepultan sus esperanzas y sus sueños. 

Después de tantas decepciones políticas, los ciudadanos votantes del campo y la ciudad exigirán a los candidatos y a los partidos que les aseguren las verdaderas soluciones a sus problemas. Y exigirán también verdaderas garantías cuya violación o incumplimiento conlleve, al mismo tiempo, a revocaciones obligadas en nombre de una “rebeldía democrática”. 

Por: Héctor Rodríguez Cruz



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