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¿Qué es lo que pasa en Nicaragua?



La más brutal y conmovedora imagen de la represión en Nicaragua tuvo lugar el segundo día de este mes. Junior Gaitán, 15 años, suplicaba de rodillas que no lo mataran. Una bala en el pecho lo dejó sin vida. Había llegado a Monimbó, un barrio de la histórica ciudad de Masaya para ayudar en las barricadas. Aura Lilia, su madre de 45 años, en medio de lágrimas mostró la foto de quien jaló el gatillo en el Mercado de Artesanías: Jairo Alemán, un policía que bien conocía su hijo. 

En 70 días ya se cuentan 215 muertos y 1400 heridos, según la Asociación Nicaragüense Pro- Derechos Humanos (Anpdh), el país se desploma en medio del caos de una profunda crisis sociopolítica y el presidente Daniel Ortega responde con la fuerza a las exigencias de sectores opositores de abandonar el poder. 

La rebelión ciudadana comenzó el 18 de abril con el rechazo a una reforma de la Seguridad Social que afectaba a trabajadores y pensionados. Y aunque el gobierno la reversó, la crisis se agudizó tras la violenta represión contra los manifestantes. La vicepresidenta Rosario Murillo, esposa de Ortega, los llamó “vampiros”, el presidente -se dice en círculos de Managua-, se encontraba en La Habana en un tratamiento contra una enfermedad autoinmune que padece de tiempo atrás. Tres días después daría su primera declaración. 

Centenares de barricadas – “trenques” las llaman los nicaragüenses- se alzaron en 14 de las principales ciudades del país de 6,15 millones de habitantes, los estudiantes -mayoritariamente- se pusieron frente a ellas, las carreteras quedaron paralizadas por un centenar de bloqueos, mientras paramilitares y fuerzas policiales desataban el terror con asaltos y asesinatos dejando desiertas las noches de bulliciosas ciudades como Managua que vio a sus 1,4 millones de habitantes encerrarse desde el atardecer, porque hasta la Catedral Metropolitana acabó con la misa de seis para no exponer a los feligreses. 

Masaya, a 35 km de Managua, ha sido el centro de la resistencia. Como hace 40 años, cuando soportó el asedio de la dictadura de Somoza, y los sandinistas luchaban entre barricadas para liberar a Nicaragua. Ahora, como entonces, los vecinos reúnen la comida en las parroquias para alimentar a los jóvenes atrincherados, las mujeres preparan comidas en enormes ollas, y colectan el dinero para los “morteros” artesanales. Después de declararse “independiente de la dictadura de Ortega”, la ciudad recibió los más feroces ataques del gobierno, durante los últimos cuatro días de la semana pasada. 

En estos dos meses más de una vez se ha buscado una salida. La oposición de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia ha estado dispuesta al diálogo que intermedia la Iglesia católica. Se exige la renuncia de Ortega o elecciones anticipadas que algunos sectores desechan por considerar que solo darían tiempo al mandatario. Como en un círculo vicioso los intentos mueren tan pronto empiezan para dar paso de nuevo a la desobediencia civil y la represión oficial. El último de estos episodios se dio el martes 19 cuando la Alianza se paró de la mesa porque Ortega había incumplido invitar a los organismos de Derechos Humanos y la Unión Europea a verificar la situación en el país. 

Cumplido el requisito, al comenzar esta semana se reanudó el diálogo, pero el presidente omitió tocar el tema electoral, frustrando todas las expectativas. En el aire quedó nuevamente la pregunta ¿Ortega alguna vez aceptará marcharse pacíficamente? Difícil cuando él y Rosario llevan once años en el poder, y con sus hijos tienen participación en muchas empresas. 

El impacto de la crisis es devastador. Un análisis de Funides señala que si esta termina “a más tardar a finales de julio”, la tasa de crecimiento de la economía se reduciría a 1.7 % con pérdidas de hasta 20 000 puestos de trabajo. Y si se prolonga el resto del año, habría un decrecimiento económico de -2.0 %, se perderían 150 000 empleos. 

En este punto crítico la OEA ha tomado un papel más decisivo: El Consejo Permanente se prepara para emitir una resolución en un plazo no superior a dos semanas, mientras le pide a Ortega cesar la represión y desarmar los paramilitares. Estados Unidos sigue la misma línea. Se habla incluso de mensajes directos del gobierno de Trump buscando que Ortega se haga a un lado, pero el presidente reelecto que tiene cada vez más tinte de dictador insiste en quedarse atornillado en el poder.

Por: Elisa Pastrana


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