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Reflexiones


En las reflexiones iniciadas en el artículo del pasado lunes 26 de marzo quedó planteada la preocupación siguiente: ¿Tiene futuro un país cuyas instituciones públicas no funcionan ni son creíbles; en que los gobernantes no se someten a la ley, hipotecan el país y nos hacen cada vez más dependientes; en el que los asociados no pueden garantizar bienestar para sí y los suyos y los que dirigen el Estado están enfocados principalmente en su propio interés? ¿Es posible construir una salida viable que permita librarnos de la claque enquistada en el Estado y enfrentar y superar los graves males que padece el país? 

Lo que agrava el panorama descrito en el artículo referido es la ausencia en el país de una clase social en actitud y con el compromiso de asumir e impulsar el Proyecto Nacional denominado República Dominicana. Incluso los dos partidos, el PRD y el PLD, que en su momento se organizaron en torno a definiciones y un discurso político y programático que suponía la defensa de la democracia, la soberanía e independencia nacionales, una vez llegaron al poder, renunciaron y traicionaron sus propios postulados fundacionales. 

En estas circunstancias, construir una salida en la actual encerrona en que nos encontramos requiere, ante todo, de articular y ejecutar una precisa y definida propuesta de país para refundar el proyecto nacional de una República Dominicana democrática, justa, independiente y soberana. 

La propuesta de país tiene que afincarse en un proceso que garantice, como uno de sus ejes fundamentales, instituciones participativas y legalidad democrática; propiciar una cada vez más equitativa distribución de la riqueza social para garantizar a todos la oportunidad de una vida digna y prosperidad moderada. 

La propuesta de país tiene que asumir el impulso de la producción nacional y la soberanía alimentaria, para reafirmar nuestra independencia y soberanía política; la preservación y protección del medio ambiente, condiciones imprescindibles para la existencia de la vida misma. La propuesta de país tiene que estar inspirada en un profundo amor patrio, en la valoración de nuestra cultura y valores, todo ello expresándolo en respeto a los símbolos que nos sintetizan como nación: La bandera, el himno y honrando las gestas de nuestros héroes, heroínas y mártires en las luchas libradas para nuestra independencia y su posterior restauración. 

En la actual coyuntura política ha tomado cuerpo y se viene expresando una nueva ciudadanía como movimiento social amplio que, a pesar de carecer de una precisa direccionalidad política y organizativa, se manifiesta en clara ruptura con el poder y partidos tradicionales, la corrupción, la impunidad, la depredación del medio ambiente, entre otros. 

Esta nueva ciudadanía, en ausencia de respuestas y de vías institucionales adecuadas ha puesto de manifiesto su potencial tomando las calles y movilizándose, para denunciar el caduco régimen político y el injusto modelo económico social vigentes en el país. 

En este contexto, se hace imprescindible, cada vez más, articular una fuerza política que le dé una salida a la actual situación del país, fuerza política en la que pueda converger todo el potencial emancipador que se encuentra larvado en la presente coyuntura. 

La fuerza política que necesitamos tiene que estar unificada, en voluntad y acción, en una práctica nueva de la política y en una definida propuesta política para construir un país democrático, justo, productivo, independiente y soberano. No se trata por tanto de armar un aparato electoral, con un programa formal, fraccionado en decenas de aspiraciones personalistas que, al llegar a un poder del Estado, sólo se muevan por el interés de ascenso social y enriquecimiento personal. 

Esa fuerza política hay que construirla articulándola a la nueva ciudadanía, que es el actor político más dinámico de la coyuntura actual, para impulsar su movilización y desarrollar una cada vez más beligerante oposición en todos los frentes, tanto a nivel nacional como local. 

Esa fuerza política tiene que actuar con definida vocación de poder y ponerse en capacidad para, llegado el momento, ganar la dirección del Estado y desde ahí, junto a la sociedad, enderezar el rumbo torcido que le han impuesto al proyecto nacional. 

Poco a poco avanzamos en estos propósitos, aunque tal vez no a la velocidad que a todos nos gustaría. La clave está en no confundir el norte que nos guía ni desviar el camino. La parte crucial y más difícil es construir, a nivel nacional y local, la necesaria dirección política del proceso de cambio democrático, la que, para ser efectiva a los fines perseguidos, tiene que estar cimentada en una autoridad moral bien ganada. Esa autoridad moral se construye predicando con el ejemplo, anteponiendo el interés nacional a cualquier interés particular o grupal, dándole valor a los compromisos contraídos con la ciudadanía, distanciándose de las prácticas de los mercaderes que han convertido la política en negocio sucio, y siempre, diciéndole la verdad al pueblo y desenmascarando a los demagogos y farsantes que de modo permanente lo estafan.

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