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La hipocresía manda


A Estados Unidos lo que es de Estados Unidos: cuando dijeron que cualquiera podría ser presidente, de verdad se referían a cualquiera. Hasta Donald Trump, un hombre que parece como si Dios hubiera retorcido unas cuantas hemorroides y les hubiera dado la forma de un animal globo, un hombre que convoca a sus asesores con solo tirar sus medicinas por el water. Esta es la persona que han elegido para liderarles: una rótula antropomorfa que se asoma bajo una visera mermelada de crupier; una persona con la dieta del contenedor de un pub inglés; una persona con más problemas personales que Batman; y una persona con el cuerpo de un oso de peluche empapado de agua recién rescatado de un desagüe. Sinceramente no pensaba que aguantaría todo un año, o que nosotros lo aguantaríamos, pero Trump es un enigma: le adoran tanto el Ku Klux Klan como los cristianos, aunque en realidad parece ser el mejor argumento tanto en contra de la supremacía blanca como a favor del aborto. 

A Trump le gusta utilizar un lenguaje de tipo duro, a pesar de que la única cosa que ha evitado con más asiduidad que los preliminares es el servicio militar. Hace poco se enzarzó en una guerra de palabras con Corea del Norte después de que lanzaran un misil que sobrevoló Japón. En una guerra de palabras nadie querría estar del lado de Trump, ya que habla como si estuviera en modo aleatorio y tiene menos vocabulario que una calculadora al revés. Sin duda ha sido estimulante ver cómo Estados Unidos daba lecciones de moral sobre –entre todas las cosas posibles– bombardear Japón. 

El autoritarismo necesita a los grupos excluidos, lo que a su vez requiere odio, que a menudo significa proyección. Esto puede hacerse extensible a la política exterior, ya que se acusa a Corea del Norte de amenazar a su vecino del sur, de anunciar que aumentará su capacidad nuclear y de asesinar a personas fuera de sus fronteras, a pesar de que este era más o menos el manifiesto electoral de Trump. Trump se enfurece porque los países deberían respetar a EE.UU. cuando él mismo constituye la máxima expresión de falta de respeto hacia EE.UU. Aunque seguramente no ande lejos de comenzar un discurso presidencial con las palabras “Hail Hydra!”, se indigna por las protestas en un país fundado por, ¡oh sorpresa!, protestantes, y sigue alentando una Guerra Civil sobre la Guerra Civil. 

Vivimos en una época en la que los más poderosos quieren revertir los avances que nos quedan, conseguidos por las generaciones previas, mediante la desregulación total. A pesar de haber sido testigo de décadas de propaganda en sentido contrario, estar en contra de la regulación supone por lo general poco más que apoyar los derechos de las empresas por encima de los derechos de los ciudadanos. En este sentido, Trump es una bola de derribo bastante eficaz, ya que siempre ha odiado las regulaciones, empezando por los Diez Mandamientos. Ha habido que abandonar cualquier componente intelectual a favor de la liberalización sin límites de los mercados, ya que Trump no sería capaz de formularlo, o incluso de entenderlo. En muchos aspectos, Trump sabe menos de legislación estadounidense que lo que simula saber un senador cuando visita un instituto. Así que las protecciones están sencillamente evaporándose, y toda justificación intelectual ha sido abandonada. Su promesa electoral, que repitió al frente del gobierno, era deshacerse de dos regulaciones por cada nueva regulación. Esta actitud de las élites hacia la regulación es un síntoma de que las corporaciones cuyos intereses representan están comenzando una carrera por adoptar su forma definitiva: más poderosas que los estados-nación y libres de cualquier supervisión. 

En este sentido, Guantánamo es un lugar muy interesante. Se trata de una situación única: ya que supuestas amenazas para la democracia occidental son enviadas a una auténtica y real amenaza para la democracia occidental por la mayor amenaza sin duda alguna para la democracia occidental. Por supuesto, existen numerosos y buenos argumentos en contra del uso de cárceles en islas extranjeras, siendo el principal Australia. Otra razón es que ISIS utiliza Guantánamo como herramienta de reclutamiento, tanto como la campaña de Trump utiliza el alcoholismo materno. Supongo que EE.UU. y Castro simplemente tenían visiones diferentes para Cuba. Castro les dio el comunismo y los EE.UU. dieron a los locales la oportunidad de convertirse en el componente humano de un casino combinado con un megaputiclub. 

Según todos los indicios, la bahía de Guantánamo se gestiona en base a la creencia sincera en la superioridad moral estadounidense y en base a la total falta de ironía que se podría esperar de un lugar que ha prohibido el libro 1984. También han prohibido la revista Runner’s World no fuera a ser que ayudara a los prisioneros a escapar. Aunque a decir verdad, Runner’s World es ampliamente conocida por sus artículos de largo formato sobre cómo correr con grilletes. Curiosamente, la serie de Harry Potter tiene bastante aceptación entre los reclusos y su lectura está permitida, aun cuando uno de los libros va sobre fugarse de una prisión en una isla. A pesar de que Guantánamo es un sumidero moral para un gobierno estadounidense detrás de otro, también es indudablemente un síntoma más de su deseo de liberarse de la regulación. La libertad que las élites reclaman es librarse ellos mismos del estado de derecho, que es algo para lo que han recibido formación de clase para sentirse por encima, y mandarán al extranjero todo lo que puedan para evitar someterse a él, desde dinero en efectivo hasta presos sin juzgar. 

Trump es como una abeja gorda golpeándose contra las paredes de un invernadero, que nunca logra comprender por qué el mundo no funciona como él pensaba y, a decir verdad, hay muchas posibilidades de que este lunático impenitente inicie la III Guerra Mundial. A menudo, cuando le escucho espetar las bazofias más atroces sobre querer privar a las personas de su asistencia sanitaria o sobre exilar a niños, en realidad me alegra que esté hablando del futuro, midiendo sus palabras como yo mediría las palabras sobre un posible suicidio. Con un aparato demócrata que casi se define actualmente por su odio patricio hacia el público, puede que tengamos que medir sus palabras durante siete años más.

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