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El fetiche del crecimiento económico dominicano


El 72% de los dominicanos dice que aquí es difícil encontrar trabajo, el 59.35% de los que trabajan se queja del salario y el 63.01% de la juventud quiere emigrar, un cuadro que nos obliga a repensar el país que tenemos. 

Cuando se estudia la percepción pública sobre la economía dominicana inmediatamente se descubre una población, sobre todo joven, fatigada por un modelo económico que no responde a sus necesidades y expectativas. 

De acuerdo con los resultados de la investigación Imaginar el futuro: ciudadanía y democracia en la cultura política dominicana (ISD, 2017), la mayoría de las personas no ve en el sistema económico la esperanza de materializar sus aspiraciones, especialmente las personas de bajos ingresos. Más de la mitad de la población (55.69%) se encuentra insatisfecha y apenas un 17.50% entiende que la situación económica mejoró con relación al año anterior. 

El mismo descontento se observa en el nivel personal, solo un 13.09% de las personas de hogares con ingresos iguales o inferior a los 5,000 pesos mensuales entiende que su situación personal mejoró con relación al año anterior frente a un 44.70% que expresa lo contrario. A medida que aumenta el nivel de ingreso aumenta la percepción de mejoría, el 31.09% de las personas con ingreso superior a los 50,000 pesos considera que su situación económica personal está mejor. 

Además, alrededor del 54.12% entiende que la mayoría de las personas ricas lo son porque cuentan con ventajas económicas gracias a su familia o tienen relaciones con políticos o son políticos; apenas el 38.75% lo atribuye al trabajo duro o al grado de capacitación. 

El panorama pone de relieve el trasfondo de la desesperanza, el 72% de los dominicanos piensa que en el país es difícil conseguir empleo. Y de las personas empleadas más de la mitad (59.35%) se muestra insatisfecha con el salario recibido. 

De allí que casi la mitad de la población adulta ha considerado irse a vivir definitivamente a otro país si tuviera la oportunidad. El porcentaje es significativamente mayor en personas de bajos ingresos (54.11%) y entre los más jóvenes (63.01%). 

Se recuerda que uno de los elementos que más ha aportado a la precaria legitimidad del gobierno ha sido el mantra de la estabilidad macroeconómica. El texto económico dominicano se plantea a partir de un marco teórico (las escuelas neoclásica y neoinstitucionalista) fundamentado en que la economía funciona eficientemente en la medida en que se acerca a la dinámica “natural” del mercado. 

El mito derivado es que si contamos con alto crecimiento y estabilidad cambiara la economía va viento en popa. Solo importan el PIB y la inflación. La economía se mide a través de números sin personas. No se mide el bienestar de la gente sino la acumulación de riquezas de unos pocos. 

Del mito se pasa a la falacia. Si el crecimiento y la inflación están dentro de márgenes controlados y previstos entonces el empleo, la pobreza, la desigualdad, los bajos salarios, los costos ambientales, etc. quedan automáticamente solucionados. 

En esta visión el crecimiento económico se convierte en fetichismo y no en bienestar de la mayoría. 

Otro mito es la creencia de que la economía funciona en la medida en que cada agente se integra en la búsqueda de la satisfacción de sus necesidades, intereses y aspiraciones. La competencia “natural” entre estos actores hará que los mejores emprendedores se coronen con el éxito. 

De este modo el rol del Estado se constriñe a incentivar o motivar la inversión en cada sector (amnistías fiscales, exenciones o exoneraciones) sin importar las condiciones de trabajo, la productividad, el medioambiente, la sostenibilidad y el impacto intersectorial. Al final el Estado termina premiando al que se haga de más dinero. 

Bajo este modelo la prosperidad o el fracaso en los negocios o en el ámbito laboral se atribuye a deficiencias individuales y no al sistema económico y social que se encuentra diseñado para que solo unos pocos puedan ser “exitosos”. 

El fetiche económico dominicano se alimenta de la injusticia, es decir, de que se mantengan grandes privilegios de la elite económica, política y eclesiástica a costa del trabajo duro de las grandes mayorías. 

Superar la insatisfacción pasa entonces por desmontar el mito del crecimiento y centrar la discusión en el bienestar de la gente. En un Estado democrático y de derecho la economía opera como el recurso principal para la materialización de los derechos individuales y colectivos. 

Para Balibar, lo que caracteriza las democracias modernas es su pareo con una ciudadanía social que no se limita a la participación política, sino que incluye el derecho al excedente de la producción a través de una protección social (salud, educación, seguridad social, vivienda, agua potable, entre otros). 

El inmenso progreso histórico registrado en el último siglo fue posible, como señala Piketty, por la instauración en los países ricos del Estado social, que garantizaba una serie de derechos sociales indispensables para el vivir bien de la gente. 

Por esto la discusión central de las democracias modernas es cómo organizar y distribuir los recursos para construir un sistema social que garantice que todos los ciudadanos puedan ejercer plenamente su libertad. Ese es el reto de la política en la República Dominica. 

La crisis del medioambiente y del empleo que se registra tanto en lo nacional como lo mundial presenta una gran oportunidad para reorientar el aparato productivo dominicano. Ante la creciente automatización del trabajo, aquellos países que no inviertan en tecnología solo podrán ofrecer empleo precario (bajos salarios y condiciones de semiesclavitud). 

Un nuevo modelo productivo demanda dejar atrás las empresas de mano de obra barata, invirtiendo en energías renovables, vivienda, transporte, salud, agroindustria y turismo desde una perspectiva que tenga en cuenta los efectos del cambio climático. El objetivo a corto plazo sería impulsar y dinamizar la producción. Esto a su vez nos lleva a rediseñar el sistema educativo en función del desarrollo tecnológico y la demanda de conocimientos. 

Asimismo, pensar en la redistribución como una oportunidad de producción. Una de las principales palancas del desarrollo económico la constituye la inversión pública en servicios y bienes básicos como seguridad, justicia, salud, educación, transporte. Esta inversión no solo implica la producción de bienes necesarios, sino que genera una clase media profesional capaz de sostener con su consumo otras áreas de la economía. 

Para hablar de democracia en nuestro país urge cambiar el modelo económico enfocándolo en el bienestar de los ciudadanos, lo que implica poner menos atención en indicadores como el PIB, y más atención a indicadores del bienestar común e individual.

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